La Feria del libro y sus encantos

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Por Diana Iglesias Aguilar | 3 abril, 2018 |
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FOTO Rafael Martínez Arias

¿Qué mueve a miles de cubanos cada año hacia los recintos comerciales  durante la Feria del Libro: Las novedades editoriales, el encuentro con escritores famosos,  la cita con espacios de la cultura donde socializar la sapiencia obtenida en los últimos doce meses?

No está en sus mejores tiempos la poligrafía cubana, en particular las editoriales territoriales de Granma,  Bayamo y Orto, han tenido duros contratiempos, dígase falta de recursos, para acometer discretos planes editoriales, en contraposición a sus homólogas de Holguín y Camagüey, que exhiben  renovados títulos, tal como debiera ser, a tenor de la productividad de narradores, poetas, historiadores y ensayistas locales.

¿Son los nuevos títulos los motores impulsores del público consumidor? No lo puedo asegurar, aunque no niego que refrescar estantes con novedades editoriales que ameriten correr detrás de su lanzamiento, bien promovidas, puede revolucionar el deprimido mercado del libro cubano.

Cada año padres y madres  van detrás de los mismos títulos: La edad de oro, revista  escrita  por José Martí en 1889 y que presentada en forma de libro conserva la vigencia y la hermosura de un lenguaje universal. De la misma época (1886) pero en la lejana Italia, Edmundo De Amicis publica Corazón, el diario del pequeño Enrique, texto pleno de ternura y de una sabia orientación a los pequeños hacia el bien que no caduca con el paso del implacable.

Son dos ejemplos elocuentes de lo que puede lograr un buen libro mas allá de la fecha en que sale de las imprentas. El encuentro íntimo del lector con el título que no conoce, es lo más conmovedor de esta fiesta. El descubrir unas páginas que elevan, que permiten viajar a múltiples geografías y épocas sin los sustos de trámites aduanales y demandas de bolsillos estrechos.

La magia de la literatura salva, mas allá de los límites de idiomas y culturas, de saberes acumulados y gracia de escritores para plasmar las ideas en textos imperecederos que se transforman en cotidianidad.

Así podemos leer al escritor asiático Liu Shenyang con Teléfono móvil, novela ahora mismo que clasifica en los peldaños cimeros de la popularidad en China, junto a los muy cubanos Crónicas del ayer de Dulce María Loynaz,  El Diario Perdido de Carlos Manuel de Céspedes, y mas cercano en el tiempo La neblina del ayer de Leonardo Padura.

Propiciar ese encuentro es el mejor y más encumbrado objetivo. El del lector con la obra desconocida, esa que está por atraparlo mas allá del currículum del escritor, la belleza y calidad de sus páginas, cualidad también necesaria. Baste solo un buen mensaje, un oportuno recorrido por la planicie o la serranía de un país real o ficticio, unos versos que estremezcan  o el resultado de búsquedas ofreciendo más interrogantes como anclas hacia el futuro que certezas trilladas que no llevan a ningún lado. Son algunos condimentos para eso que llaman literatura.

Porque ella es eso: pálpito e inquietud, descubrimiento y arte. Por ello imbricar la música, el cine, la danza y el teatro, para ofrecer espectáculos durante la Feria, enriquece la espiritualidad de los lectores y magnifica las citas. En una época donde los soportes electrónicos le regatean adeptos al libro, del que numerosos apocalípticos se enfrascan en anunciar el próximo fin, sin saber que cada nuevo medio puede coexistir , como siguen siendo atractivas las Pirámides, la torre Eiffel, y el moderno edificio tornillo de Ciudad Panamá cada uno con sus encantos.

Quizá le falte a la concepción de la Feria del Libro más ofertas en línea, el acceso a esos deslumbrantes formatos electrónicos de forma masiva para copiar y llevar a solo un clic. Quizá habrá que habilitar mayores espacios donde leer sea ese remanso de paz que implica compromiso e iniciación renovada.

Y apuntalar con fuertes vigas la asignatura llamada promoción, imprescindible  e incomprendida, tan vital y necesaria  como hacer de cada libro una obra de arte, además de su contenido: la forma, donde intervienen imágenes, texturas, tipografías  y colores.  Argucias capaces de atrapar, porque de eso se trata, de mostrar los infinitos encantos de la literatura, a la que cada año se dedican en Cuba cuantiosos recursos humanos, materiales y financieros.

 

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