La ofensa a Martí: una aventura nada recomendable

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Por Agencia Cubana de Noticias (ACN) | 15 enero, 2020 |
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José Martí. Pintura de Ernesto García Peña, perteneciente a la Colección del Centro de Estudios Martianos

Transcurre la segunda semana de 2020 y en toda Cuba no baja la marea de indignación por el agravio perpetrado el pasado primero de enero contra la figura de José Martí, por individuos que arrojaron sangre de cerdo sobre algunos bustos del Apóstol.
La reserva inagotable de vergüenza y patriotismo acumulada en el pueblo cubano se ha desbordado a partir de los hechos, expresada en actos de desagravio que acontecen en centros laborales, escuelas e instituciones de todo el país.

Esa ofensa contra el Héroe Nacional de Cuba, además de inadmisible para todos los cubanos, tiene una deshonrosa excepcionalidad: nunca antes en la historia del país un nacional había atentado tan expresamente contra tan excelsa figura de nuestra historia patria.

Martí había sido irreverenciado en los gobiernos corruptos de la seudorrepública que, con su accionar, se alejaron totalmente de los postulados que aquél profesaba pero nunca en forma abierta y directa como lo hicieran los dos individuos que iniciaron el actual año con la afrenta y se identificaron bajo el nombre de un supuesto grupúsculo.

El único atentado contra un símbolo representativo del más universal de los cubanos tuvo lugar a las nueve de la noche el 11 de marzo de 1949, cuando un marine yanqui borracho, trepó hasta la cima de la estatua de Martí en el Parque Central de La Habana y pretendió descansar de sus desvaríos etílicos, sentado sobre la cabeza de la escultura.

Ese hecho, captado por un fotógrafo que pasaba ocasionalmente por el lugar, devino inmediato rechazo de los transeúntes cercanos y de muchos otros que se les unieron, contra el grupo de marines que perpetraron la ofensa.

La marea de indignación creció rápidamente y los uniformados norteños fueron rescatados por la policía bajo una lluvia de botellazos, pedradas e imprecaciones de la multitud. Muy pronto la ola de repudio e indignación rebasó las calles de La Habana y se extendió por todo el país.

Los pedidos de disculpa y las coronas de desagravio que depositó el embajador estadounidense ante la estatua de Martí, no fueron suficientes para aplacar los ánimos del pueblo cubano; tampoco sus disculpas verbales por la infamia de los marines pudieron mitigar la indignación ante esa afrenta y aún hoy se recuerda.

En esa fecha, hace 71 años, como sucede ahora, las reservas morales y patrióticas de los habitantes de esta tierra fueron heridas y la indignación estalló por doquier.

El Apóstol de la independencia de Cuba  encarna todo el decoro de la Patria, es el más alto referente de la dignidad nacional y por ello constituye alma y raíz de la nación;  todo ello lo convierte en símbolo intocable para los cubanos.

Desde edades muy tempranas, con toda justeza, nuestros niños son instruidos, de manera natural, en el amor  hacia Martí.

A partir de la afrenta cometida y el apresamiento de sus autores, integrantes de grupúsculos de la disidencia en Cuba y de la mafia anticubana en el sur de La Florida, se apresuraron a distanciarse de los hechos y los condenaron a sabiendas de que todo alineamiento con los autores los arrastraría al mismo torbellino de descrédito y rechazo en que se sumieron los perpetradores.

Curiosamente algunos pocos se han declarado integrantes del autodenominado grupo Clandestinos y han dicho que no se compone únicamente de los apresados. Espuria forma de buscar protagonismo al proclamarse parte de tan deleznables acciones.

Al calor de lo sucedido y durante los acalorados pronunciamientos en los actos de desagravio que se realizan a lo largo y ancho del país, en las calles y en las redes sociales, no son pocos los que reclaman máximos castigos contra los ofensores del prócer de nuestra independencia.

Todo obedece a la comprensible cólera que generaron los hechos, pero vale recordar que lo repudiable de la ofensa perpetrada no debe llevarnos a los extremismos. No podemos dejarnos cegar por el odio, que siempre es mal consejero.

Confiar en nuestras leyes y sistema de justicia es lo primero. Dejémosle a los tribunales la responsabilidad del castigo ejemplar contra los malhechores y no nos dejemos ganar por  apasionamientos desmedidos.

El pueblo enérgico y viril que somos ha sabido llorar, lleno de coraje, por nuestros muertos, sin ceder en nada frente a la prepotencia y hostilidad de los gobiernos de Estados Unidos. Ahora nos indignamos justificadamente y esa actitud deviene advertencia y disuasión para aquellos que pretenden medrar con las ofensas a la dignidad nacional.

Los inescrupulosos, los mercenarios, los que procuran llamar la atención a toda costa y complacer a sus amos pagadores, en lo adelante, a no dudarlo, lo pensarán dos veces. Es que, por encima del futuro veredicto judicial que les corresponda a los perpetradores del agravio a Martí, una reacción del pueblo cubano como la que vivimos por estos días, deviene ejemplar respuesta.

Ofender la dignidad y el alma de un pueblo, de una nación como la cubana, será siempre una aventura nada recomendable.  ( Por Miguel José Maury Guerrero, ACN)

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