La primera piedra del Che en El Caney de Las Mercedes (+ fotos)

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Por Osviel Castro Medel | 23 noviembre, 2017 |
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Narran que cuando oyó los gritos y aclamaciones se le cargó la mirada de electricidad y volteándose a uno de sus acompañantes preguntó cortante: – ¿Hasta aquí han venido a joderme las mujeres?

Una de las muchachas, dicen que Elvira Ortiz, replicó sobresaltada: – No, Comandante, no hemos venido a joderlo. Venimos a lavar la ropa de los combatientes en el río, a cocinar, y a dar pico y pala si hace falta.

– Bueno, si es así tendrán que ganarse la comida trabajando de verdad, dijo el jefe bajando un poco el tono de disgusto.

– Descuide, que nos la vamos a ganar… y bien ganada, contestó la joven con los ojos alumbrados.

– Pues, ándele, che, ¡al trabajo!, cerró la conversación el hombre de la boina, quien meses atrás había tenido un brazo en cabestrillo a causa de una épica invasión guerrera.

Cincuenta y ocho años  se han descongelado ya desde aquel diálogo que precedió a la tremenda explosión: el primer trabajo voluntario masivo en Cuba. Y a pesar del desgaste del reloj, la evocación de aquel tercer domingo de noviembre de 1959 siempre provoca oleajes en el espíritu.

Cualquiera vibra al mirar a aquel médico de profesión y guerrillero de alma  viajando de madrugada en una destartalada avioneta, desde La Habana hasta El Caney de Las Mercedes (hoy punto del municipio de Bartolomé Masó), para picar piedras puntualmente en una cantera situada a más de 800 kilómetros de su residencia. O al repetir la historia conocida: jamás se quejó pese a los duros ataques bronquiales, ni eludió un segundo de las ocho horas que exigía.

“Desde ese día inaugural el Che nunca dejó de acudir a las labores más duras y varias veces lo vi terminar usando sus medicinas contra el asma, era profesor de la filosofía del ejemplo” contó una vez el veterano periodista Ramón Sánchez Parra, quien tuvo el privilegio de tomar la primera foto del Comandante hablándole a la multitud congregada para aquella faena en masa.

“No faltó a una movilización hasta el 26 de julio de 1960, ni una sola vez en siete meses”,  rememoró  emocionado Walfrido La O Estrada, ya fallecido, y quien entonces era secretario del Partido Socialista Popular en la región de Manzanillo.

Precisamente fue él quien recibió la reprimenda del Guerrillero Heroico por la presencia de aquellas muchachas en el primer trabajo voluntario: “Él me había dicho que para la gran jornada laboral convocara a los tirapiedras de Manzanillo, famosos por sus huelgas contra el batistato.

“Esos tirapiedras eran los obreros del calzado de la ciudad y a mí se me olvidó señalarle a El Argentino que entre ellos había mujeres. Es fácil adivinar su expresión cuando las vio en El Caney con aquellos gritos de: ¡Che, el Che, el Che!

“Pero, al conversar con Elvira y las otras, entendió. Y luego fue tomándoles aprecio. En una ocasión  hasta se hizo una fotografía con ellas”.

Vale destacar que durante mucho tiempo, hasta hoy casi, se conmemoró la fecha del primer trabajo voluntario el 23 de noviembre; sin embargo, varios participantes y el propio Walfrido rectifican que el suceso acaeció el 22 del propio mes.

ORIGEN

Ernesto Guevara no escogió a El Caney al azar para realizar el primer trabajo voluntario de la nación, en el cual se calcula participaron un “número indeterminado” de miles de personas.

Según el testimonio de Walfrido “tres agentes de la CIA, Manuel Artímez Bueza, Ramón Cubeña y Humberto Sorí Marín, pretendían dividir y desprestigiar al Ejército Rebelde que, con 300 hombres al mando del Comandante Piti Fajardo, estaba encargado de levantar en El Caney la primera obra educacional de la Revolución: un complejo para 20 000 niños de la Sierra, llamado en los meses posteriores Ciudad Escolar Camilo Cienfuegos.

Marín hasta quería provocar una ‘sublevación popular’ en la zona. Enterado de esos planes el Che planificó una jornada con las masas, que devino golpe contundente a los conspiradores.

Al primer domingo asistieron, además de unos dos 000 tirapiedras y otros obreros de Manzanillo –quienes se transportaron en 50 camiones hasta la futura escuela-, millares de campesinos y trabajadores de diferentes gremios. Mucho ayudó en la convocatoria la labor divulgativa radial del teniente Diógenes Villegas Tamayo (Tingue), hermano del hoy general retirado Harry Villegas.

“En esos trabajos voluntarios no había interrupciones, comenzaban a las siete de la mañana y concluían a las tres de la tarde. Al finalizar, antes del almuerzo del día, el Comandante Guevara hacía un resumen y felicitaba a los más destacados. Después se celebrara una actividad cultural. Fue una etapa muy linda, muy hermosa”, evocó nostálgico  Walfrido La O al dialogar con este redactor.

BAJARON LAS ESTRELLAS

Después del 26 de julio de 1960, fecha en que Fidel inauguró la primera parte del complejo estudiantil,  las caravanas de camiones con voluntarios hacia ese enorme recinto disminuyeron; mas un grupo de tirapiedras continuó la tradición varios años.

El testimonio de Margarita Figuerola, una de las mujeres que conversó con el Che ese domingo de noviembre asegura que “proseguimos lo que había iniciado el Comandante; seguimos lavando la ropa de los soldados del Ejército Rebelde y de los primeros niños de las lomas a paleta limpia, como nos habían enseñado las campesinas”

De paso, recuerda que lo más hermoso de los episodios relacionados con aquellos cándidos infantes de la Sierra sucedió a principios 1960. El 6 de enero de ese año uno de ellos, asombrado por las luces de los bombillos de la escuela, encendidos gracias una planta eléctrica, gritó: “¡Qué bajitas están las estrellas!”

Tal  hecho hasta inspiró el guión de unas aventuras (“Cuando bajen las estrellas”). Pero lo más hermoso de la historia está en que ese diminuto guajirito llegó a ser, andando el tiempo, el mismísimo director de la Ciudad Escolar. Otros como él fueron pintores (Nelson Domínguez), médicos (Miguel Fornaris) e ingenieros conocidos.

Esos soñadores con sombrero de yarey en verdad pellizcaron los luceros con los dedos. Ernesto Guevara fue justamente uno de los que contribuyó a descender tales luces, antes demasiado remotas. Él ayudó a sembrar una almendra que luego sería follaje, cuna y pan.

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