La tierra fértil hace brotar la semilla

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Por Diana Iglesias Aguilar | 6 mayo, 2020 |
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FOTO/ Autor desconocido

Ella creció escuchando las historias de heroicas mujeres y hombres que prendieron fuego a la ciudad donde vivían. Aquellos habitantes que prefirieron la incertidumbre de la manigua al ruido del látigo colonial.
Era la abuela bayamesa, Irene Alsina Zubieta la contadora de las emociones vividas por su familia, testigo de aquellas páginas de gloria y desgarramientos.

Así iban creciendo los hijos de Acasia y Manuel, en Media Luna, un pueblo hermoso y polvoriento a principios del siglo XX, al amparo de la bondad risueña y la mucha ternura de abuela Irene y los numerosos tios maternos y paternos, sobretodo cuando Acacia muere a causa de paludismo en diciembre de 1926 y ella toma las riendas del hogar y la crianza de los  nietos.

Celia Esther, la quinta hija del matrimonio Sánchez Manduley, mucho absorbe de su madre Acacia en los cortos seis años que pudo disfrutarla. Por eso fue difícil separarlas en aquellos terribles dias en que la fiebre consumía el cuerpo, pero no su bondad. Celia heredó por un tiempo las fiebres, pero eran expresión de tristeza profunda, que la alejaba de juegos y algarabías infantiles.

Los días de narraciones patrióticas de Irene y vivir la generosidad materna, una mujer que esposa de médico, era consultada por obreros y gente de pueblos para los que tenía siempre una sonrisa, un remedio, un consejo, palabras de esperanza, hicieron sin duda una extraña amalgama para construir el carácter de la prole, en especial, a la que pusieron Celia Esther de los Desamparados que naciera el 9 de mayo de 1920 en el chalet del Central Isabel y a la que el padre recibiera en sus brazos, como al resto de los hermanos.

En un hogar donde es ley ayudar al necesitado, curar al enfermo, aún al que sin recursos toca a la puerta con la muerte dibujada en el rostro, en ese hogar se forja una mujer que se distinguirá por la sencillez, la modestia, una exquisita delicadeza e inigualable capacidad para comprender el dolor y las preocupaciones del pueblo cubano, de los habitantes de lo que llamamos la Cuba profunda, con los que mantuvo nexos comunicativos por su extraordinaria sensibilidad y preocupación de los intereses populares.

Y esa es la Celia que nos llega, la heroína, la guerrillera, la incansable organizadora del movimiento revolucionario, temeraria clandestina, la Martiana convencida de la utilidad de la virtud. Pero nada es casual en ella, como en nada ni en nadie. Tuvo un padre médico del pueblo, martiano y amoroso con su prole. Madre, tias, tios y abuelas que sembraron la semilla del amor, esa capaz de transformar el barro en maravilla dorada.

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