La UE se desintegra sin avisar

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Por RIA Novosti | 17 noviembre, 2015 |
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Unión EuropeaLa Unión Europea se está desintegrando. No es una entelequia. Ni una fantasía. Ya está ocurriendo y de forma poco perceptible.

El ciudadano letón, húngaro, español o alemán no cae en la cuenta, pero el club europeo lleva semanas inmerso en su peor crisis existencial desde que fuera creada hace casi 60 años por Francia, Alemania, Italia y el Benelux (Bélgica, Holanda y Luxemburgo). La falta de solidaridad ante la gigantesca crisis de refugiados está a punto de provocar el colapso de uno de los pilares de la construcción continental: la libre circulación de personas.

El espacio Schengen —creado en 1995 para suprimir las fronteras comunes entre Estados miembros- agoniza, y algunos líderes centroeuropeos como los primeros ministros de Hungría o Eslovaquia miran para otro lado, esgrimiendo razones nacionalistas. Su actitud ruborizaría a Robert Schuman, Jean Monnet y Konrad Adenauer, los padres fundadores de  la Europa que conocemos.

En la última semana los mensajes de alarma se han ido multiplicando. “La Unión Europea podría caer a pedazos; esto podría ocurrir muy rápido, si tanto a nivel interior como exterior, en lugar de manifestarse la solidaridad, reina la división. Es posible que nos queden tan solo unos meses”, aseguraba el ministro de Asuntos Exteriores de Luxemburgo, Jean Asselborn, para quien la UE se encuentra en una “situación muy, muy crítica”.

En unos términos muy parecidos se expresaba, también en una entrevista, la máxima responsable de política exterior de la UE, la italiana Federica Mogherini. “La crisis irá a peor, con reacciones en cadena de la opinión pública y los gobiernos nacionales. Hay riesgo de desintegración”.

El futuro de Schengen está en juego, ha advertido el propio presidente del Consejo Europeo, el polaco Donald Tusk. Y se queda corto. Al menos cuatro países — Alemania, Austria, Eslovenia y Suecia- han empezado a introducir controles temporales en sus fronteras interiores para  hacer frente al incesante flujo de refugiados. Eso supone un duro golpe al tratado que liberaliza el paso de viajeros, fomentado el comercio y el turismo. Pero no sólo hay controles. Se levantan vallas fronterizas. Una construida por Hungría; otra, por Eslovenia. Eso contradice los principios mismos de la Unión, que abogan por impedir la construcción de muros que separan y no unen.

Un inciso políticamente incorrecto. El presidente de la Comisión Europea, el también luxemburgués Jean-Claude Juncker, dijo que no permitiría que colapse Schengen; así que tendría que presentar su dimisión si el tratado sigue haciendo aguas. En cualquier caso su renuncia no se producirá, porque sería muy difícil llegar a un acuerdo para encontrarle sustituto, antes de que acabe su mandato.

El salvaje atentado terrorista en París ha complicado aún más si cabe el panorama. Los investigadores franceses encontraron en uno de los lugares atacados el pasaporte sirio de una persona que entró en octubre en Europa por Grecia junto a un grupo de 68 refugiados. Esa circunstancia va a dar pie a una nueva ola de mensajes xenófobos que minarán la solidaridad  y el humanismo que caracterizan al Viejo Continente.

Antes de que la capital francesa se tiñera de rojo, ya había proclamas públicas contra la llegada de refugiados, proclamas que implícitamente estaban preñadas de islamofobia. En la hemeroteca se pueden revisar las palabras pronunciadas ta en 2013 por el primer ministro eslovaco, Robert Fico, cuando decía que su Estado fue “fundado para los eslovacos, no para las minorías”. Y Fico es uno de los que votó en contra de las cuotas de refugiados que se fijaron en la cumbre sobre inmigración celebrada en septiembre. Tanto se ha opuesto que ha llevado esas cuotas a los tribunales y se niega a cumplirlas.

La crisis de los refugiados — al igual que la que se vive en el seno de la zona euro- forma parte de un desequilibrio sistémico generado por un choque de valores e intereses asimétricos. La única solución pasa por compartir responsabilidades, costes y cargas. Los gobiernos, sin embargo, intentan minimizar sus obligaciones y prefieren pasar la ‘patata caliente’ al Estado vecino o a una Alemania dominante, lo que está destruyendp décadas de confianza y provocando nuevas tensiones innecesarias.

A menudo se argumenta, y la historia les da la razón, que la Unión Europea progresa ‘gracias’ a estas profundas crisis de identidad, porque estas tensiones tienen la virtud de centrar la atención de todos sobre la enorme necesidad de integración y terminan provocando un pacto positivo y enriquecedor.

No obstante, como escribe el profesor Philippe Legrain de la London School of Economics, esta vez es bien distinto porque no se dan los componentes necesarios para tan delicada ecuación, a saber: comprensión correcta del problema, acuerdo efectivo sobre una solución, voluntad de ceder más soberanía y capacidad política de impulso.

Gran parte de la cuestión radica en la división, debilidad e incluso mediocridad de un buen número de líderes europeos. Sus políticas son cortoplacistas; se basan en la obtención de réditos electorales inmediatos y no les interesa en absoluto apostar por los beneficios futuros que la integración europea podría tener en las vidas de sus ciudadanos.

Esas metas están demasiado lejos de ellos. Ese talante finalmente sólo afianza el unilateralismo y las descalificaciones mutuas asentadas sobre viejos estereotipos. Por eso los europeos del Norte insultan a los del Sur llamándoles perezosos, mientras que los griegos no dudan en calificar de nazis a los alemanes.

Esta fractura interna no ha hecho sino fomentar el desapego casi crónico que muchos ciudadanos sienten hacia las instituciones europeas. Y la crisis económica no ha hecho más que asociar la UE con la austeridad y los ‘hombres de negro’ que vigilan que se respeten los duros términos de los rescates financieros.

A ello hay que sumar el secretismo con el que se está negociando actualmente con Estados Unidos el Acuerdo Transatlántico de Comercio e Inversión (TTIP), un acuerdo comercial que pretende integrar ambas economías. El TTIP no augura nada bueno, es todo un caballo de Troya que sólo beneficia a los estadounidenses. Supondrá una sustitución gradual del comercio intraeuropeo por uno transatlántico, lo que en definitiva “llevaría a la desintegración económica de la Unión Europea” y provocaría una mayor inestabilidad financiera y pérdidas en exportaciones netas, ingresos de los trabajadores, ingresos públicos de los Estados y puestos de trabajo, según un estudio realizado por un experto de la Universidad de Tufts, en Massachusetts.

Con todos estos antecedentes negativos, aumenta el riesgo de que el Reino Unido decida abandonar la Unión en un referéndum que debe celebrarse antes de finales de 2017. Y eso que ya están fuera del euro, y tienen un buen montón de beneficios extraordinarios, incluidos el llamado “cheque británico”, un descuento que se les realiza en su aportación al presupuesto comunitario. El primer ministro británico, David Cameron, va a vender cara su permanencia en el club de los 28.

“Hasta hace poco la integración de la UE parecía inevitable. Podría detenerse, pero nunca iría hacia atrás. Los países se unen; ninguno se va. Pero con la UE ya en ruinas, el Brexit podría cambiar esta dinámica. Esa es una razón más para arreglar la UE antes de que sea demasiado tarde”, sostiene Legrain.

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