Las huellas que nos dejó Martí (+video)

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Por Osviel Castro Medel | 19 mayo, 2020 |
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FOTO/Cubadebate

Era domingo y, como en días previos, el cielo anunciaba otro aguacero.Ya había pasado el mediodía cuando él salió montado en el brioso Baconao. Logró cruzar el crecido Contramestre y fue a la carga. Sería la primera, también la última.

Horas antes, no lejos de aquel espacio verde que hoy conocemos como Dos Ríos, había pronunciado un discurso humeante ante más de 300 hombres. Ellos, exaltados por aquel verbo que aceleraba la sangre, lo habían aclamado: “¡Viva el presidente!”.

En esa jornada quedó claro que lo admiraban porque se daba a querer con facilidad, tenía la sencillez en la conducta y traía a Cuba en el alma.

“Presidente me han llamado, desde mi entrada al campo, las fuerzas todas, a pesar de mi pública repulsa, y a cada campo que llego, el respeto renace…”, había plasmado en su Diario 10 días antes.

Quizás la resonancia de aquella arenga en Vuelta Grande influyó en la tragedia del 19 de mayo de 1895, pues para  José Julián Martí Pérez era cuestión de honor conjugar prédica con ejemplo. Entonces no podía obedecer la orden de “Usted, retírese”, dada por Máximo Gómez.

¿CABALLO DESBOCADO?

A la izquierda, antes de llegar al punto exacto donde derramó su sangre el Héroe Nacional, un pequeño muro sentencia: “Cuando me toque caer todas las penas de la vida me parecerán sol y miel”.

La frase es otra  prueba de su insistencia en la muerte inevitable con un significado diferente y acaso por eso varios han planteado que el Apóstol se inmoló con total conciencia.

Pero, ¿invitaría a un joven de solo 20 años a lanzarse a un deceso seguro? Decir que sí parecería un gran dislate.

Ángel de la Guardia, quien salvó la vida milagrosamente, hubiera sido un eslabón esencial para saber la verdad. Pereció en la toma de Las Tunas (agosto de 1897), no dejó testimonio escrito y las revelaciones orales de sus descendientes no se pueden tomar como definitivas.

Tampoco han faltado las teorías del “caballo desbocado”, las de “Martí extraviado” o las que insisten en que, por haber sido un combate confuso, quedó fuera de las voces de mando.

Rolando Rodríguez García, autor de varios textos sobre el más universal de los cubanos, asegura que resulta casi ilógico hablar de un corcel sin bridas. Si bien Bacanao, un regalo de José Maceo, era muy brioso, estaba acostumbrado a la guerra. ¿Cómo un hombre sobre un caballo sin control pudo haberle dicho a otro que lo acompañara a la batalla?

Se han armado tantas versiones a lo largo del tiempo que Gonzalo de Quesada y Miranda expresó con razón que probablemente jamás sepamos con certeza lo sucedido.

En cualquier caso, lo más importante es que la temprana muerte del Maestro –la única de los libertadores en las acciones- proyectó mucho más la luz del poeta-soldado.

José Ximénez de Sandoval, el coronel adversario que encabezaba a más de 600 hombres en Dos Ríos, lo calificaría luego como “el genio más grande que ha nacido en América”.

Por su parte, Máximo Gómez, célebre por no ser muy dado a los elogios, escribió siete años después de aquella acción preparada con premura en un terreno lleno de complejidades: “Yo no he conocido otro igual en más de treinta años que me encuentro al lado de los cubanos en su lucha por la independencia de la Patria”.

DÉCIMAS Y SANGRE CIERTA

En las proximidades de Dos Ríos Martí, esperando la llegada de la tropa de Bartolomé Masó, pasó el Delegado los últimos 10 días de su vida. Estuvo en los campamentos de Travesía 1, Travesía 2, Vuelta Grande, La Jatía…

En ese tiempo escribió circulares, escuchó relatos de las guerras pasadas, se curó un “nacío” –como le dicen en el campo a los abscesos-, tuvo un “sueño inquieto”, disfrutó de baños en el río, vio el cariño sano de la gente y redactó la famosa carta inconclusa a su amigo mexicano Manuel Mercado, devenida su testamento político.

El imán de su personalidad fue comentado por los pobladores de la región, quienes llegaron a quererlo mucho más con el tiempo. De manera que la pérdida del 19 de mayo hizo nacer versos por esos lares.

Gracias a la incansable labor del historiador Hugo Armas Pérez, quien ha pasado más de cuatro décadas investigando temas vinculados al hombre de la Edad de Oro, se han podido rescatar algunos.  Entre estos se encuentran los que memorizó  en 1983, con más de 100 años, el mambí Jesús Pérez  Maldonado,  quien residía en La Yaya:  «¡A esgrimir el machete insurrecto/ ¡Guerra muerte a la pérfida España!/ cuya inmensa ambición, cuya saña/ nuestro edén en brutal convirtió/ No haya tregua, luchad con denuedo/en maniguas, ciudades y llanos/Ya no pueden caber los tiranos/donde el noble Martí sucumbió.

Un asunto muy arraigado en la comarca es el de la tierra con sangre del Apóstol que enterró en una botella Emilia Sánchez, esposa de José Rosalío Pacheco.

Al respecto, el general independentista Enrique Loynaz nos dice en Memorias de la Guerra: “Llegué el 10 de octubre de 1895 al histórico campo de Dos Ríos.  Traía el encargo del presidente Cisneros (presidente de la República en Armas) de determinar exactamente con información local dónde cayó el Apóstol de la Independencia, y allí enterrar en una botella un acta en que así constase (…) Nos acercamos al bohío ocupado por la familia de José Rosalío Pacheco, fanático adorador de Martí. Él me llevó al sitio fatal (…) Allí se levantó la cruz…”

En el verano de 1896 Gómez y más de 300 hombres pasaron por allí y levantaron solemnemente un montículo formado con piedras del río conocidas como chinas pelonas.

Ese primer monumento sirvió de inspiración a José Estrada, concejal de Palma Soriano, quien sintió tristeza al pasar y ver que el sitio donde había perdido la vida el Maestro estaba abandonado, identificado solo con una cruz de madera, gastada por el tiempo, y un pequeña loma de rocas.

Estrada hizo ingentes esfuerzos y recaudó fondos para levantar un monumento, que finalmente resultó ser el actual obelisco, de 10 metros de alto y una base de 16 metros cuadro. La historia quiso que esas piedras colocadas por Gómez y sus hombres sirvieran de pedestales a la sagrada construcción.

NOMBRES QUE DEBEN ELEVARSE

Ahora no hay bullicios en Dos Ríos, no se sienten las voces de los estudiantes del centro mixto José Martí, antes  secundaria básica.

Reparamos en un dato curioso: los nombres de las escuelas primarias, por suerte, están vinculados a Dos Ríos: José Rosalío Pacheco (también aparece Rosalía en la literatura), Rafael Pacheco, Ángel de la Guardia y Francisco Blanco (Bellito).

Hugo Armas no deja de insistir en que estos nombres deben elevarse mucho más, no solo en la región. Bellito, por ejemplo, un bayamés que hizo vida en Jiguaní, es descrito así por el Héroe Nacional, en el primer encuentro, el 10 de mayo: “Viene Bellito, el coronel Bellito de Jiguaní, que por enfermo había quedado acá. Lo adivino leal, de ojo claro de asalto, valiente en hacer y en decir. Gusta de hablar su lengua confusa, en que en las palabras inventadas, se le ha de sorprender el pensamiento”.

Ángel de la Guardia demostró con creces su valentía y no en balde fue ascendido póstumamente a coronel. Y los hermanos Pacheco murieron en la década del 20 del siglo pasado después de numerosos servicios a Cuba. José llegó a comentarle a Martí en aquellos días de campamento por los alrededores de Dos Ríos: «Por usted doy mi vida».

NACIMIENTO DE UN SOL

Nos despedimos del obelisco, de la plaza vacía en la que se han celebrado tantos actos, incluido el del centenario de la caída de Martí, presidido por Fidel.

Pensamos en la ruta y en la vida del hombre que, sin proponérselo, se convirtió, como dijera Cintio Vitier, en un sol  para el mundo moral.

Reflexionamos en su ejemplo y nos vamos convencidos de que, aunque surjan versiones teatrales, el Apóstol no podrá ser desmontado de su caballo. Él seguirá dejándonos huellas para que sigamos su camino, más allá de rosas blancas, de versos y de la propia historia.

 

 

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