Las malangas de Alecder

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Por Angélica Maria López Vega | 22 enero, 2020 |
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El productor Alecder Martínez Sotomayor, de la CCS Genaro Záldivar, en Jiguaní, es uno de los pocos que cultiva malanga en el territorio

FOTO/ Angélica María López Vega

 

Decía José Martí que al hombre trabajador, al inteligente, al bueno, la tierra le brinda vida, y tuve la dicha de comprobarlo parada allí; donde se extendía el verde hasta perderse en  mis ojos.

Respiraba y se me llenaban los pulmones, el aire era diferente, nada que ver con la toxicidad de las ciudades. Por un momento me rendí ante las bondades del suelo y aquel que lo cultiva.

Alecder Martínez Sotomayor, es un hombre robusto, sencillo, que trae el campo en sus venas y cuida sus plantaciones como quien cuida a una madre, agradecido por todo lo que le ha dado.

Malanga, me dice orgulloso mientras señala la hectárea frente a nosotros y me explica:

“En estas tierras no hay costumbre de cultivarla pero me propuse hacerlo. Esto es un proyecto, hace dos años que empecé”.

Cuanta perseverancia y cuanto sacrificio, pensé; pero no imaginaba hasta qué punto.

“Hice una prueba, sembré las primeras, al año siguiente otras 30 y me dio resultado, obtuve de seis a siete libras por cada planta. Entonces localicé todas las semillas posibles e hice el sembradío que usted está viendo aquí”.

Después me contó de su viaje, el de un guajiro, término acuñado con cariño en el argot popular, que fue hasta La Habana a preguntar sobre cómo cuidar sus cultivos.

“Lleva su atención de verdad (me recalca), hay tierras que no son compatibles y no producen.Tenía un susto terrible porque han existido otras experiencias que no han funcionado, por eso nadie se arriesga”.

Se acomoda su sombrero de yarey, agarra una cubeta y me dice como quien da una clase: “Este es uno de los secretos de la malanga, la materia orgánica”. Camina por el surco abonando a su paso, le sigo con dificultad por la falta de costumbre.

“Esas verdolagas le quitan alimento, por eso hay que removerlas; al inicio, como no tenía un producto selectivo para las hierbas, las primeras limpias fueron manuales. Pero eso está resuelto, ya hay un campo que está limpiecito, sonríe.

FOTO/ Angélica María López Vega

“Esta es mi primera cosecha grande, tiene tres meses de sembradas y se demoran 11. En el manual de estudio de la malanga vienen temporadas específicas para sembrarla, pero se puede hacer todo el año, entonces quiero escalonarlo y así tener producción siempre. Estas ya están pariendo, el otro día hicimos el muestreo y ya tienen, miden una cuarta más o menos”.

Se para lleno de orgullo por el trabajo bien hecho, con las manos en la cintura y la felicidad en su rostro. Pasará algún tiempo todavía antes de saborear las malangas de Alecder, pero están ahí, creciendo y beneficiarán al pueblo.

Retomo al Maestro cuando digo que no hay nada como sembrar en la tierra y en las almas. Este campesino, que parece igual a tantos otros, cultiva el suelo y el corazón; es una muestra de que la voluntad no cree en las limitaciones y que el amor a lo que haces se refleja en lo que obtienes.

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