Lecciones de vida

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Por Anaisis Hidalgo Rodríguez | 20 julio, 2015 |
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Oscar Ricardo LorenteOscar Ricardo Lorente (Pijo) lleva en los ojos el color de la herrumbre; en sus fornidos brazos la pasión por la tierra; en su cuello firme la esbeltez de las espigas de arroz, y en sus entrañas, el amor por el trabajo.
Era un adolescente cuando tomó por primera vez la mancera de un arado. La tierra fue su eje hasta que montó un T-55 en el servicio militar y se inclinó por los hierros a tal punto, que dejó atrás su profesión de veterinario, y no volvió a coger una jeringuilla en sus manos.

Fue por el 87 cuando un amigo suyo le vendió, en porciones, un tractor. Le costó 350 pesos(moneda nacional) en esa época, y lo adquirió trabajándole al Estado. Así inició el cambio de su vida.
“Cuando eso cualquiera regalaba una pieza, después con el período especial las cosas se dificultaron y hubo que mantenerlo con innovaciones y adaptaciones.

“Cuando solicité tierra, me dijeron, lo que hay es esa media hectárea de marabú. Me dije, voy pá allá. Y la amancé.”

Hoy, el laboreo de sus manos lo ha catapultado como uno de los productores líderes de arroz de la cooperativa Mateo Román, de Yara, con rendimientos, mediante la siembra directa, de 6.6 y 6.7 toneladas por hectáreas en las más recientes campañas, con las variedades LP-5, en su tiempo; y ahora la Selección 1.

También tiene ganado, se distingue por ser uno de los mejores productores de leche, con entregas directas a las bodegas del consejo popular y de carne de cerdo a la cooperativa.

La creación de una máquina sacharinera y un molino de martillo para moler arroz en cáscara, y hasta piedra, beneficia a los vecinos más próximos quienes trituran ahí la comida para sus animales.

Pijo siempre cavila algo en su mente. Próximamente montará una cochiquera y un biogás. Y entre ceja y ceja, tiene la recuperación de una mini combinada que no quisiera que se deshiciera con el tiempo.

“Esas maquinitas han reportado tantos beneficios a la cooperativa. Nos sacaron adelante cuando estábamos en el suelo”, comenta.
Quizás por eso, en señal de agradecimiento, Piro la voltea todos los días, como a un animalito enfermo. La mira por aquí, por allá, cuidándola… como queriendo escuchar hasta de su interior, la solución a su mal.

El pasatiempo de Pijo se traduce en asistir a la feria agropecuaria, “deleitarse con esos encantos de animales”, y sus dos caballos de raza Cuarejol, que monta ocasionalmente.

“Es un lujo. Los tengo para un día. Tequila y Bonito son los sementales de la zona. Deben tener 30 ó 40 yeguas gestadas. Hasta de Cayo Espino, Manzanillo, vienen.”

Yo como otros, me he cuestionado por qué Pijo aún sigue aplatanado en la Mateo Román, cuando su solvencia económica le permite radicar en Bayamo, La Habana…mas responde: “Este es mi mundo. De aquí me voy para el cementerio. Soy del campo y en el campo muero. La tierra me lo ha dado todo.”

Admirable me resultó su filosofía de vida, su manera de instruir a su hijo sin que los valores materiales lo adormezcan en el acomodamiento. “Ahora está en el preuniversitario. Él sabe que debe estudiar. Porque papá tiene arrocera, tractor y ganado, no se crea que le va a mantener. Nací sin nada. Nadie me la puso en las manos. Desde niño me iba a trabajar viernes sábado y domingo para ganar los 21 pesos para llevar a la escuela. Hasta hoy, trabajar, trabajar y trabajar, es mi fórmula.

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