Los acompañantes de Maceo en Baraguá

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Por Aldo Daniel Naranjo (Historiador) y Osviel Castro Medel | 15 marzo, 2020 |
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Mucho, muchísimo se ha escrito sobre la histórica Protesta de Baraguá y el protagonismo del general Antonio Maceo en este bellísimo episodio patrio.

Sin embargo, por una cuestión o por otra, muy pocas veces nuestra historiografía se ha referido detalladamente a los hombres que acompañaron al Titán de Bronce en aquella gloriosa jornada del 15 de marzo de1878.

Ha de decirse que a Mangos de Baraguá fueron libertadores escogidos por el insigne patriota: 60 jefes y oficiales de las regiones que aún se mantenían en guerra.

Hoy debemos señalar que entre esta legión de escogidos se encontraban 13 hombres de las tierras de la actual provincia de Granma.

Estos privilegiados fueron: el mayor general Manuel de Jesús Calvar (Titá), el brigadier Félix Figueredo Díaz, el coronel Silverio del Prado, los tenientes coroneles Pedro Martínez Freyre, Fernando Figueredo Socarrás (camagüeyano devenido bayamés), y Juan Luis Pacheco, los comandantes Jesús Sablón Moreno (Rabí), Pepillo del Prado y Pedro Vázquez, los capitanes Manuel Calás y Néstor del Prado, y los tenientes Eduardo y Pedro Calás.

Otros tres bayameses: el coronel Modesto Fonseca, el comandante Carlos Tristá y el  capitán Esteban Tamayo acompañaron a Vicente García a las inmediaciones de Mangos de Baraguá. Como se sabe, el general tunero y su tropa estaban próximos a este lugar para sofocar cualquier traición española que se produjera.

La INDEPENDENCIA Y LA ABOLICIÓN

Aquella mañana de 1878 los insurrectos fueron los primeros en llegar al lugar acordado. Unos minutos después Arsenio Martínez Campos se desmontaba de su caballo y al instante preguntaba por Antonio Maceo. El bayamés Fernando Figueredo fue el encargado de recibir al jefe español y conducirlo al sitio donde se encontraba el Titán de Bronce.

Maceo saludó al “Pacificador” y con extrema cortesía le presentó a cada uno de los oficiales que lo acompañaban. El general hispano hizo algo similar con su comitiva, y luego comenzó un discurso retórico y adulador.

El manzanillero Titá Calvar, cortándole este torrente de palabrerías, expresó que los allí presentes no aceptaban lo pactado en Camagüey “porque este convenio no encierra ninguno de los términos de nuestro programa: la independencia y la abolición de la esclavitud a que tanta sangre y víctimas hemos sacrificado”.

“Nosotros – enfatizó Calvar – continuaremos luchando hasta caer extenuados, lo demás es deshonrarnos”.

Ante estas palabras Martínez Campos se enojó extraordinariamente y dijo que pactar con él no era ninguna deshonra. Titá ripostó: “Cuestión de apreciaciones”.

Inmediatamente otro bayamés, Félix Figueredo, recalcó la idea de la independencia y dijo que si ésta no era posible debido a las circunstancias reales (solo Oriente permanecía en guerra) él demandaba por lo menos la extinción de la esclavitud”.

A continuación el propio Félix Figueredo hizo un largo recuento de la burla de España a los tratados antiesclavistas firmados con Inglaterra y expresó que ya era el momento de cumplirlos.

Martínez dijo entonces que la abolición de la esclavitud sólo competía a las Cortes españolas y que él se comprometía a llevar el asunto a esas instancias. En cuanto a la independencia sentenció: “No es posible que ningún español que se respete a sí mismo la conceda”.

RECHAZO AL CONVENIO

Después de un intercambio con el teniente coronel Fernando Figueredo, quien buscaba ampliar las prerrogativas al ejército de Oriente, Martínez Campos quiso dar a conocer las bases del Convenio del Zanjón. Maceo le dijo que no se molestara en leer lo que ya se sabía y que los cubanos que se preciaban de tal estaban dispuestos a rechazar.

El general colonialista trató de insistir. Fue ese el momento en que el Titán de Bronce, colérico, exclamó:

¡Guarde usted ese documento; no queremos saber nada de él…!

Un último esfuerzo de Campos: reunir a los oficiales cubanos para que consultasen entre ellos: Maceo fue drástico: “Es inútil; yo soy el eco de esos jefes y oficiales que me rodean”.

“¿Entonces no nos entendemos, preguntó el Pacificador?”

– No, nos entendemos, respondió el ilustre cubano.

Aún así el jefe español trató de retardar el comienzo de la guerra. Pero el Titán le replicó que ellos sólo necesitaban ocho días para irse a las armas.

“¡Muchachos, el 23 se rompe el corojo!”, se escuchó decir en la voz de uno de los mambises. Y el grito se volvió eco entre la oficialidad insurgente.

Y así fue: el 23 de marzo de 1878 volvieron a romperse las hostilidades, con el honor del Ejército Libertador bien salvado.

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