Los nervios y abrazos del regreso

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Por Osviel Castro Medel | 24 noviembre, 2018 |
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FOTO/ Cortesía de los entrevistados

En este instante, mientras los dos esperan por separado el vuelo que los traerá de vuelta, el estrés aumenta, los nervios se alborotan demasiado y los recuerdos saltan incontenibles.

A ellos les ha pasado como a otros casi 900 colaboradores de Granma que desde hace dos días regresan desde Brasil con numerosas historias, algunas no contadas antes para evitar alarmas en los seres amados.

“Casi no duermo, nunca sentí tanta tensión en mi vida”, comenta Liudys Miriela Sánchez Martínez, una doctora bayamesa que a sus 34 años vive su segunda experiencia internacionalista.

“Estoy ansioso, loco por abrazar ya a mis viejos”, dice por su parte Ivanniel Martínez Leyva, un galeno de Guisa, con tres décadas de vida.

En medio de ese estado de inquietud, ella compara épocas, porque también tuvo que retornar de Bolivia antes de lo previsto, pero aquella experiencia fue “menor” en nerviosismo y en sentimientos encontrados.

Entre los acontecimientos que vienen a su mente ahora están las escaladas a los hogares de sus pacientes en Campista,  un sitio agreste en el municipio Sao Bento do Sapucaí, en el estado de Sao Paulo.

“En ocasiones veíamos cobras, a las que les tengo terror. Una vez llegué a visitar una familia que tenía un lactante y en la misma entrada había una; me asusté muchísimo, creí que la iban a matar, pero no lo hicieron, miran de otra manera a los animales. Al final, tuve que pasar y ver al bebé”, rememora Liudys.

Ivanniel, en su relato, todavía se sorprende al recapitular que cuando pisó las tierras de Ipixuna do Pará (estado Pará) encontró personas ancianas que jamás en la vida habían visto un médico.

Y se le enfrió el alma al observar a un paciente, de 62 años perdiendo los miembros inferiores por la enfermedad de Hansen, conocida comúnmente como lepra.

“Ya era tarde cuando llegué hasta él. Sufrí mucho con esa escena”, expone este doctor que antes de la misión laboraba en el policlínico bayamés 13 de Marzo.

Tanto Liudys como Ivanniel arribaron a Brasil el 1 de junio de 2017 y coincidieron después en Pará. Ambos reconocen que la misión los llevó a enfrentar, en estos 17 meses, situaciones profesionales difíciles, pues debieron tratar enfermedades poco comunes en Cuba y  a constatar pobreza e insalubridad inimaginables.

“Cada día vivimos algo nuevo. Me llamó la atención que varios pacientes no me miraran a la cara a causa de que se sentían inferiores”, expresa ella, quien antes de la partida laborara en el policlínico Bayamo Oeste.

Los dos narraron que la despedida de sus pacientes, hace unos días, fue triste al extremo, porque hubo lágrimas que traspasaron el alma.

“Muchos lloraron, hermano”, escribe Ivanniel y en sus letras parece soltar un suspiro.

“En mi unidad de salud todos se quedaron desconsolados. Una señora, Érica,  se la ha pasado llorando desde que se lo dije la semana pasada, pero la que se sintió peor fui yo ese último día que trabajé. No hallaba cómo despedirme”, redacta Liudys.

Por suerte, esa amargura pronto será borrada cuando abrace muy fuerte a su niña de 13 años, Deborah Esther, quien muchas veces supo aguantar el llanto para que la madre internacionalista no se angustiara más en la lejanía.

Por suerte, Liudys, Ivanniel y todos los que vuelven jamás olvidarán cuánto ayudaron los pacientes, la lejanía y hasta las lágrimas, a soñar y a crecer.

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