Para los niños un corazón gigante

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Por Andy Zamora Zamora | 1 junio, 2018 |
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FOTO Rafael Martínez Arias

Muchas veces Reinier se distrae mientras en la calle aparece un niño jugando con una pelota o esperando a su padre que llegará cansado de su trabajo. Su mamá echa un vistazo de vez en cuando y evita que vayan muy lejos. Seguramente está también preparando las especias para una rica comida criolla. Por eso el joven, pone pocos pretextos para atender a los pequeños, pues disfruta compartir con ellos.

En ese afán de velar siempre por la sonrisa de quienes por lo general anhelan ocupar a los mayores en sus travesuras, aprovecha las ocasiones para enseñar a sus amigos algo nuevo.

Los ojos de los chiquillos resultan indiscretos. En su inocencia comunican estados de ánimo, placer o necesidad. Reinier agarra la pelota o les toma fotos. Les pregunta cómo se portan y unos culpan a otros de alguna picardía. Dialoga un poco con ellos y se marcha. Otros le esperan más adelante.

Con el muchacho, muchos han aprendido a ser responsables en la tarea de educar, principalmente porque la protección es uno de los derechos establecidos para el adecuado crecimiento de los menores en Cuba.

A algunos les parecerá imprudente escuchar a Delenis, una princesita de apenas cinco años, decirle papá a Reinier, porque no lo es. Su apelativo refiere carisma y entrega diaria. La nobleza de sus intenciones siempre es bienvenida.

Estas calles de Cauto Cristo, colmadas de libertad, suelen ser más atractivas cuando los chicos corren sobre ellas sin percibir algún peligro y un “buen samaritano” les cuida.

En José Martí está el ejemplo. Me detengo en la última carta dedicada a María Mantilla, de la selección de Cintio Vitier en el Cuaderno martiano II: “Yo amo a mi hijita. Quien no la ame así, no la ama. Amor es delicadeza, esperanza fina, merecimiento, y respeto…”

En ese modo tan explícito de enseñar, es preciso detenernos y meditar. Cuanta más comprensión, dedicación y valores sembremos, tanto más germinará en los descendientes el carácter, el respeto y el deseo por ser ese hombre o mujer de bien que necesitan el presente y el futuro.

Mientras se forjan los sueños de quienes por su edad son incapaces de manejar conflictos, a su alrededor deberán estar los que les brindan seguridad, bienestar y las herramientas para ser útiles.

Las formas para garantizar la obediencia a los mayores se logran desde la cuna, cuando se es capaz de mostrar el orden, la higiene, el afecto y todos los factores influyentes en la asimilación.

Los hijos se parecen más a los tiempos que a sus padres, repiten muchos para justificar los resultados de una instrucción desacertada. Las épocas no definen. Asumir ante la vida una determinada conducta no implica someterse a criterios ajenos por la voluntad de los demás.

El orgullo de contar con miembros de la familia renombrados por sus buenas actuaciones, puede ser un mérito colectivo.

La sociedad cubana está formada con un tratamiento específico para los pioneros, una vasta amalgama de normas jurídicas para la protección de los infantes y las condiciones necesarias para su plena madurez.

Admiro esas mujeres que asumen la responsabilidad de hacer crecer a su lado a un imberbe, porque su vientre fue infértil, pero su corazón es gigante.

Muchas veces, por infortunios, el hombre toma las riendas y lo deja casi todo por mantener la esperanza de quienes quedaron huérfanos. Y el Estado tiene el mayor lauro en su función de preservar entre sus prioridades la atención infantil.

Seamos todos parte de ese equipo que juega a la pelota en las calles con los niños, no dejemos sus demandas para después, amemos sus intereses con el debido respeto y ayudémosles a crecer.

 

 

 

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