Los principios revolucionarios no se traicionan

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Por Gislania Tamayo Cedeño | 30 abril, 2020 |
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FOTO/ Autor desconocido

En la finca Palmarito del Cauto, municipio  Mella, en la provincia de Santiago de Cuba, nació el 30 de abril de 1928 Oscar Lucero Moya, quien desde muy joven se convirtió en organizador de la lucha clandestina en la zona oriental de Cuba y en La Habana.

Sus padres de procedencia humilde se habían asentado en el batey del antiguo central Miranda y allí formaron una familia de once hijos, seis varones y cinco hembras.

Oscar con tres años de edad y sus hermanos quedaron huérfanos de padre en un tiempo donde reinaba la miseria económica, la politiquería, y las injusticias sociales.

Años más tarde la familia se traslada al Cristo y allí conoce a Frank País García, con quien inicia una sólida amistad que la gana por ser un muchacho de carácter taciturno, tranquilo y meditativo, con una mirada clara y serena. Juntos laboran en el movimiento juvenil de la iglesia Bautista.

Comienza a estudiar Derecho en la Universidad de Oriente, función que alterna con el trabajo de pesador en el central Miranda.

El proceso rebelde que se gesta en Cuba hace que abandone los estudios universitarios y escoja el camino de hacer Revolución.

El golpe de estado del 10 de marzo de 1952,  el asalto a los cuarteles Guillermón Moncada, en Santiago de Cuba  y Carlos Manuel de Céspedes, en Bayamo lo incitan a integrar las filas de la  juventud ortodoxa.

Asume el cargo de coordinador principal del movimiento 26 de julio en la zona oriental después de los acontecimientos del levantamiento del 30 de noviembre, en Santiago de Cuba  y el fracaso de la expedición militar del Corinthya. Dentro de sus principales misiones estuvo la de apoderarse de las armas en el Cuartel de Miranda en la apertura de un II Frente Guerrillero en 1957 y la del ajusticiamiento  del coronel Fermín Cowley Gallegos, ejecutor principal de las tristes Pascuas Sangrientas, que enlutan a varios hogares de la ciudad de Holguin.

Una vez logrados estos objetivos y ante la necesidad de fortalecer la lucha en el país, Oscar es trasladado a La Habana donde se incorpora como colaborador de Marcelo Salado, quien asumía el frente de acción tras la caída en combate de los revolucionarios Sergio González López (El Curita) y Arístides Viera González.

Por otra parte encabezó el comando que secuestró al As del volante Juan Manuel Fangio y organizó la huelga revolucionaria del 9 de abril.

Muchos fueron sus aportes y contribuciones  a la causa revolucionaria por lo que tuvo que adoptar diferentes nombres y apellidos de guerra como Omar Sánchez, Narciso Montejo, Héctor García o Noel González.

La combatiente de la clandestinidad, escritora y poetisa holguinera Lalita Curbelo Barberán, recogería en su libro El tiempo y el recuerdo, que el día en que conoció a Oscar sintió «algo cálido y humano y la confianza en que aquel joven daría las órdenes, con dulzura, con afecto y que le obedeceríamos».

Funda la organización Acción Libertadora y más tarde, junto a Frank País García, Pepito Tey y otros revolucionarios, integra la membresía de Acción Revolucionaria Oriental

La lucha clandestina continuaría incrementándose, al mismo tiempo que la represión de la tiranía se tornaba cada vez más violenta y deseosa de sangre y Oscar era un perseguido con saña bajo las órdenes de Fulgencio Batista.

Un toque en la puerta del apartamento de los bajos del edificio sito en la calle 13, cerca de Paseo, donde residía Oscar Lucero no lo advierte del peligro. Un traidor al Movimiento 26 de julio, ahora uniformado y con los grados de teniente, había llevado hasta allí a la soldadesca batistiana. Justo es el día de su cumpleaños número 30.

En ese instante llega la combatiente Emma Montenegro. Los dos revolucionarios son conducidos al Buró de Investigaciones.

Meses después, sobre estos mismos acontecimientos, Emma Montenegro relataría en la Revista Bohemia:

“Íbamos los dos para el Buró de Investigaciones —él, sin dudas lo sabía, hacia la muerte—, y me daba palmaditas para animarme, tan cálido y dulce, con sus hermosos ojos llenos de tristeza, como el que conoce su destino y lo acepta orgullosamente”.

Durante veinte duros días fue torturado y asesinado cruelmente. Pero su silencio y firmeza no defraudaron el movimiento revolucionario.

De su boca no salió una sola palabra que comprometiera al movimiento o la vida de algún compañero, pese a que él era precisamente uno de los revolucionarios que mejor conocía las actividades, sitios y nombre de los militantes.

Pasó a formar parte de la historia el 18 de mayo de 1958, en la celda marcada con el número 6, donde lo asesinaron con saña.  Después del triunfo revolucionario del primero de enero de 1959 en una de sus paredes se encontró escrito con sangre…“18 de mayo de 1958 aún vivo Oscar.”

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