Los sueños de Albert

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Por Yasel Toledo Garnache | 14 marzo, 2018 |
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Lázaro Alberto Millán Aguilera/ FOTO Rafael Martínez Arias

Soñó con ser cantante o ciclista y a su manera lo ha logrado: interpreta temas musicales en actividades de familiares y amigos, y siempre anda rápido en su “faster” por las calles de Bayamo.

Sonriente comenta que un vecino hasta lo llama El Ciclón, por desplazarse con velocidad considerable sobre su bici, lo cual ya es una cuestión de costumbre, aunque siempre tiene mucho cuidado y cumple con las reglas del tránsito.

Nunca ha conseguido subirse a un escenario de los grandes para expandir su voz, aunque formó parte de un grupo de artistas aficionados durante una escuela en el campo, y ponía a “gozar” a los demás.

Lázaro Alberto Millán Aguilera, ganador de una mención en el Concurso nacional Juan Gualberto Gómez por la obra durante el año 2017, en la categoría de prensa gráfica, fue dependiente y custodio en el mercado Luis Ramírez López, más conocido como La Abusadora; ayudante de construcción, albañil B, linotipista B y luego A, y realizador de prensa hasta convertirse en diseñador del periódico La Demajagua, especie de segunda casa, donde aporta sus deseos y buen hacer desde hace 30 años.

Su vida no ha sido un paseo por las riveras ni sonrisas constantes, aunque mantiene la alegría. “Soy un eterno luchador, nunca me rindo”, asegura este muchachón, de 53 años de edad, que comenzó como diseñador empírico, “a golpe de sacrificio”, pero siempre trata de superarse y, poco a poco, lo ha conseguido.

Albert, como lo llaman cariñosamente casi todos, refiere que jamás ha pensado en premios ni galardones, pero valora mucho esta mención del Juan Gualberto, uno de los reconocimientos más importantes entregados por la Unión de Periodistas y Escritores de Cuba en el país, al igual que el premio Bartolomé Martí Pons, el más sobresaliente concedido por esa organización en Granma.

Narra que estaba sentado en su casa, junto al fotorreportero Luis Carlos Palacios, cuando recibió la agradable noticia por teléfono. Del otro lado, estaba el periodista Leonardo Leyva Paneque, uno de sus compañeros de trabajo, quien lo felicitó, y él agradeció con entusiasmo.

Explicó que la muestra de su obra entregada al jurado consistió en los diseños de varias portadas de La Demajagua, suplementos realizados por la amenaza del huracán Irma, el éxito de los Alazanes de Granma en la Serie nacional de béisbol y las publicaciones territoriales Vértice, dedicada al arte, y Montañas, para pobladores de la serranía.

Nacido en el municipio holguinero de Banes y huérfano de padre cuando apenas tenía dos años, él habla de su madre, Buena Ventura (Beni), como de un sol, fuente de cariño y confianza, por eso va todos los días a su vivienda e intenta retribuirle el amor.

“Ella se esforzó mucho conmigo y mi hermano. Es inmensa, buena. Siempre estoy pendiente de su salud. Para mí es todo, cualquiera de sus padecimientos me duele a mí también”, expresa, y no puede evitar las lágrimas.

Padre de dos hermosas jóvenes (Adriana y Madeley), Albert también tiene cinco nietos, uno de los cuales vive junto a él y constantemente le dice: “Abuelo, yo te amo”. El pequeño en ocasiones lo interrumpe y le pide que lo ayude con algún dibujo. Ambos se sumergen entonces en fantasías de papeles y colores, como dos infantes.

“Sin todo eso no podría vivir”, agrega, y menciona también a su esposa, Inés Arias Rodríguez, con quien comparte sus anhelos y angustias desde hace 21 años, a su hermano Chino y otros familiares.

Albert es un excelente comunicador, gracias al tono de sus palabras, los gestos y a la emoción que provoca leves silencios, resulta fácil ver al niño holguinero, al adolescente y al joven de Bayamo que jugaba con los trompos, con el tirapiedras y a la pelota, y al que un día se puso triste cuando otros traviesos del barrio le rompieron la bicicleta, obsequiada por su madre.

Juntos, percibimos al muchacho en el mercado y en el Poligráfico de Granma, enfrascado en alcanzar los mejores resultados posibles con los linotipos, luego aprendiendo a emplear las computadoras y aprovechando diversos cursos, incluido uno en La Habana.

Con brillo especial en los ojos, expresa que recuerda con nostalgia aquella etapa de romanticismo, cuando sentía el olor de la tinta y el plomo, y, entre todos, lograban el nacimiento de una edición diferente del periódico cada día, casi siempre en horas de la madrugada.

Menciona a compañeros de antes y ahora, de buenos momentos y otros que no lo fueron tanto, de la necesidad de continuar la modernización de ese medio de prensa e incluir en el equipo a un ilustrador y a un caricaturista.

Casi al final del diálogo, resalta que a partir de ahora se esforzará más en su labor, a favor, sobre todo, de La Demajagua, donde estará hasta que no pueda más, porque su apego hacia ese hijo de papel y plataformas digitales es inmenso.

Después conversamos sobre otros temas, compartimos un café, y él sale en su bicicleta, con ritmo creciente de los pies sobre los pedales. Tal vez para ver a su madre, a uno de los nietos o para seguir creando en la pantalla de una computadora.

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