Manos francas: Abrazos que estremecen (+ video)

Aplausos que estremecen, es el segundo capítulo de la serie Manos francas, a propósito de la batalla que libran los profesionales de la Salud de Granma contra la Covid-19...descubre aquí la historia y sus protagonistas.
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Por Geidis Arias Peña | 21 julio, 2020 |
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FOTO/ Luis Carlos Palacios

Exploró en el ámbito militar, pero su estatura se quedaba por debajo de las exigencias verde olivo; probó entonces impartir Justicia y tras aprobar el examen de actitud para la carrera de Derecho, desistió de que esa fuera su primera opción; una fuerza mayor le convidaba a tomar otro rumbo.

Fui así, seis años después de saltarse aquel crucigrama, cuando logró su título en Medicina (2006), que Obilagilio Mendoza descubrió la verdadera grandeza de un hombre: el de ser útil a los demás.


“Tener la oportunidad de salvar vidas, de saber que curaste a una persona, de contribuir al mejoramiento del estado de salud de equis cantidad de pacientes, es algo que llena a uno de un sano orgullo; en definitiva, uno no trabaja por obtener méritos sino por lograr resultados en los pacientes que atiende”, dice en su tono bajo y pausado.

Quizás, sin sospecharlo la nobleza inculcada por su padre, quien cubrió las demandas de una crianza en solitario, moldeaban en el diarismo al héroe que erupcionó de aplausos a Andorra e hinchó de orgullo a sus humildes raíces en Papi Lastre, Cauto Cristo y su actual barrida bayamesa, Siboney.

“Sencillamente hacemos lo que nos corresponde. Creo que en algún momento todos podemos ser héroes, valientes. Cada uno en la función que le corresponde es ese héroe oculto que puede ser.

“Yo estaba previsto irme de misión en estos meses, pero ni con el riesgo ni con la expresión de lo que significa la Covid-19.

“Cuando llegamos a Andorra la incidencia de la enfermedad (Covid-19) era muy alta, al ser un país con muy poca población, proporcionalmente la tasa de un enfermo por cada mil habitantes era representativa en ese momento.

“Nos integramos al sistema de salud de Andorra, comenzamos a ejercer nuestro trabajo. Poco a poco fue disminuyendo el número de contagiados, se fueron recuperando muchos pacientes tanto de la sala de Terapia Intensiva como de Medicina Interna.

“La población asumió la responsabilidad que le correspondía, fue muy disciplinada, prácticamente en la calle no había nadie; era un país como que estaba desolado, esto fue lo que más ayudó a disminuir la incidencia de la enfermedad considerablemente.

“Me impactó mucho lo agradecida que estaba la población cuando nosotros llegamos. La emoción que sintieron los pacientes cuando supieron que había una brigada médica allí. También nos marcó que pudimos mostrarnos más como país, porque muchas personas, incluyendo a los profesionales de la Salud, tenían una visión un poco errada de nosotros como nación y sistema”.

Y tal vez en la simplicidad de su testimonio no se descubra la esperanza tiñendo de colores a la muerte para cobrar vida, o el dolor de la nostalgia punzando dentro.

“Estos meses me parecían eternos”, recalca. Ahora dejaba en un impase la tarea más importante de su vida, ser padre, Yaniuvis, de 15 años y Hadassa de un mes, al cuidado de Rosy, “la heroína de toda esta historia”, destaca mientras seca sus lágrimas que acentúa la alegría de estar junto a sus tres mujeres y mirarlas descubriendo novedades cotidianas.

“La familia creo que es la responsable de todas las decisiones tanto buenas o malas que uno pueda tomar en la vida. La familia me ha hecho ser mejor persona”, acentúa mientras está pendiente a la más pequeña de casa, quien matizó el diálogo con gorjeos y sonrisas.

Pero en los antecedentes de este periplo de solidaridad del único granmense en tierras andorreñas, le va toda una vida de desafíos constantes.

La prematura muerte de su madre quien apenas le dejó con solo nueve años de edad, y hace dos años la de su padre; los viajes incontables donde su progenitor apostaba de un lugar a otra buscando estadía que le costó dar la secundaria en tres escuelas, o su estreno temprano como padre mientras cursaba el tercer año de la carrera de Medicina, o el derrumbe ante la negativa del ingreso al pre militar, Los Camilitos.

Aun cuando no pareciera asombrar al mundo, porque estas hazañas que se libran en la cotidianidad tiene muchos héroes anónimos, Obilagilio Mendoza, el médico de la sala 4-H del Hospital Carlos Manuel de Céspedes, ofrece la mejor de las curas para todos: levantar el ánimo y anidar otra vez los sueños.

“Yo digo, Dios en el cielo y los médicos en la tierra”, acentúa con la veracidad misma que la ciencia aún no logra desvestir a los milagros de la vida.

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