En Manzanillo ocurrió el último disparo

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Por Osviel Castro Medel | 15 agosto, 2020 |
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FOTO/ Autor desconocido

Aunque muchas personas dan por sentado que en el combate naval de Santiago de Cuba se produjeron los últimos disparos de la guerra hispano-cubano-norteamericana, fue Manzanillo, en agosto de 1898, el último “testigo” de la contienda.

El 30 de junio de ese año uno de los que llegó a contarse entre las grandes personalidades de la ciudad, Epifanio Sánchez (Epi) tenía 12 años.  Estaba sentado en un pequeño montículo, divisando la costa, cuando, cerca de las 3:00 de la tarde, vio aparecer tres buques en el horizonte; de pronto sintió una extraña sensación de curiosidad y miedo.

Los barcos, con insignias estadounidenses, avanzaban a toda máquina y una muchedumbre poco común comenzó a encaramarse apresuradamente en azoteas y tejados de la urbe. Había una alarma generalizada. “Algo malo —se dijo— va a pasar”.

Y tenía razón. En breve, las portentosas naves que se acercaban, nombradas Wampatuk, Hornet y Hist, entrarían en desigual combate con seis cañoneros españoles que, como dijera el propio Epi, “parecían botes”. Pero lo peor fue que el duelo tuvo consecuencias para la población de esa ciudad. Sobre ella caerían más de 40 proyectiles.

Sobre Manzanillo llovió plomo otras tres veces posteriores al 30 de junio y algunos de estos «aguaceros» acontecieron días después de la célebre batalla naval en la bahía santiaguera (3 de julio de 1898), donde fue hundida de forma violenta y desastrosa la flota del Almirante español Pascual Cervera.

Según el historiador Guillermo Jiménez, el aparentemente insignificante puerto manzanillero comenzó a cobrar interés especial para los estadounidenses desde mediados de junio de 1898, cuando se descubre que por este punto, veleros españoles descargaban mercancías procedentes de Jamaica.

 El primer bombardeo duró unos 45 minutos. Dejó «todas las naves españolas en desperfecto» y gran número de establecimientos destruidos, entre ellos el Ayuntamiento municipal. El segundo inició a las 4:20 de la tarde del primero de julio de 1898 cuando dos buques abrieron fuego sobre la plaza y los disminuidos cañoneros españoles durante media hora.

Los dos restantes ataques se producen el 18 de julio (el más cruento) y el 12 de agosto. Todos propiciaron un panorama de desespero y extraordinaria incertidumbre en Manzanillo. El mencionado Epi Sánchez, convertido en escritor 50 años después, dejó este conmovedor relato: “Al retirarse los buques agresores, los muchachos correteábamos la ciudad y contemplábamos los destrozos causados por las bombas y, a veces, veíamos entre los escombros pedazos magullados de carne humana de las víctimas”.

Después del 30 de junio, dice este autor, una parte de la población “se trasladó de la ciudad. Mi familia se dirigió a un cayuco, a la desembocadura del río Yara. Allí conocí a los primeros mambises. (…) Pero a los pocos días, los mosquitos y aquella vida primitiva y azarosa fueron insoportables. Además, se temía mucho el asalto de las guerrillas. Y casi todos los manzanilleros regresamos a la población”.

Sin embargo, este no fue el único refugio. Ocurrieron importantes éxodos hacia los caseríos de Blanquizal y El Caño.

Pepe Prats, niño en aquella época, relató tiempo después: “Los pantanales que cruzamos hasta llegar al ingenio La Esperanza (El Caño) nos hicieron pasar momentos terribles, había que auxiliar a los más pequeños para que no se hundieran completamente en los fangales. Íbamos en fila, perdiendo en ocasiones el contacto con los que nos precedían (…) Ya en la casa de vivienda del ingenio observamos que no había espacio disponible para acampar ni para convivir con la suciedad que allí reinaba, pues los excrementos, el orine, y la basura que lanzaban desde el piso alto mantenían el terreno circundante convertido en un pantano infecto y peligroso”.

En la mañana del 12 de agosto de 1898 la armada norteamericana se preparó para el asalto final a las posiciones españolas en Manzanillo. Su barco insignia, Newark, potente crucero blindado, y otras cinco naves comenzaron a preparar las piezas de artillería. Pero antes de abalanzarse sobre el puerto, los norteños pidieron a las autoridades hispanas la entrega incondicional de la plaza y sus dependencias «en nombre de los Estados Unidos».

En los nueve puntos del armisticio exigían el control de todo, excepto de la iglesia católica. No se mencionaba para nada a los cubanos, quienes por vía terrestre habían hostigado a las tropas de la metrópoli.

El jefe de la plaza, coronel José Sánchez, herido en su orgullo, no aceptó ninguno de los acápites del documento. Así se circuló un aviso a la población para que abandonara la ciudad antes de las 3 y 35 de la tarde, hora fijada para el ataque.

El bombardeo comenzó puntualmente, sin demoras. A las seis (una hora después de que el general cubano Salvador Hernández atacara a los españoles por una de sus líneas principales), cesó el cañoneo nutrido. Había dejado cuantiosos inmuebles destruidos, varios heridos y muertos.

Nadie durmió aquella noche: cada 15 minutos se escuchaba un estruendoso disparo del Newark. Así, bajo esa “singular campana”, en la madrugada del día 13 de agosto, a través de la oficina del Cable Inglés en Manzanillo, atendida por la familia Hogge, se recibió un mensaje del mayor general en jefe norteamericano Willian R. Shafter, en el cual se notificaba el cese de las hostilidades.

Sucede que el día 12, en Washington, se había firmado el protocolo de paz; pero en los momentos en que llega la noticia todavía la ciudad portuaria estaba recibiendo el fuego esporádico del buque yanqui. Y lo más dramático: aquel 13 de agosto, a las siete de la mañana, iba a reanudarse el bombardeo desde todas las embarcaciones.

Como si fuese una novela, Mary Hogge, operadora telegrafista de la oficina del Cable Inglés, estaba sola en su trabajo cuando en medio de la inmensidad de la noche se enteró de la buena nueva. Su esposo, enfermo, y cuatro hijas habían “emigrado” a un lugar más seguro. Pero la dama, en acto temerario, fue hasta el balcón y tras larga espera consiguió mandar el telegrama con un soldado al jefe de la plaza. Este inmediatamente envió al comandante de marina Joaquín Gómez y al alférez Miguel Morales (intérprete) hacia el Newark, quienes llegaron minutos antes de las siete de la mañana, luego de haber surcado una mar neblinosa en extremo. Al conocer el texto del cable, el jefe de la escuadra agresora, Goodrich, ordenó el cese del fuego.

Tiempo después Mary Hogge recibió una condecoración de los reyes de España “por haber salvado a Manzanillo de la devastación total”.

Con el paso de los días, los estadounidenses pisaron el asentamiento costero. Pero los manzanilleros no menguaron su tradicional patriotismo, como relató Epifanio Sánchez: “Los establecimientos se apresuraron a cambiar sus nombres por otros de significación mambisa. La bandera cubana se exhibía con profusión, el himno bayamés (hoy Himno Nacional) se escuchaba de continuo en órganos y fonógrafos. Todo el mundo alardeaba de haber prestado servicios a la revolución. Y aun aquellos cubanos que notoriamente habían prestado servicios al régimen colonial se esforzaban en demostrar que habían sido perfectos espías al servicio independentista.”

Este cuadro refleja el estado anímico de toda una ciudad, la misma que 30 años antes había visto, orgullosa, levantarse en armas a Carlos Manuel de Céspedes y otros valerosos patricios. Manzanillo fue la cuna del primer disparo y del último en las luchas de los mambises por la independencia, aunque tuvieron pasar 61 años para que ese anhelo se convirtiera en realidad.

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