El maternal regazo de Celia

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Por Yelandi Milanés Guardia | 9 mayo, 2021 |
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En la carretera de Bayamo a Manzanillo, un combatiente rebelde, colaborador cercano de Celia en la guerra, va escuchando la radio del carro cuando interrumpen el programa para leer una triste nota.

La sorpresa lo golpea como un puñetazo en pleno rostro. Al instante los ojos se le nublan, y acierta apenas a sacar el carro de la vía y detener la marcha entre la hierba. De bruces sobre el timón, llora por primera vez desde la muerte de su madre.

Como a ese cubano a muchos se les comprimió el corazón cuando conocieron la desaparición física de la heroína de la Sierra y el Llano, pues tanto era el amor cultivado en los habitantes de este archipiélago, que muchos la adoraban como a una progenitora.

A pesar de no ser privilegiada con un embarazo, siempre tuvo en demasía el cariño, amor y afecto propios de quienes engendran niños. Por eso no extraña que durante su estancia en Pilón se encargara de hacer feliz a muchos pequeños el día de los reyes magos.

Todo comenzaba con la realización de un censo de menores, desglosados por edades y sexos, y proseguía con varias acciones y actividades para gestionar fondos económicos. Este altruista empeño posibilitó que, durante muchos años, ningún imberbe de Pilón se quedara sin juguetes en tan memorable jornada.

Pero Celia Sánchez Manduley no solo adquiría dimensiones maternales en los más chicos, para los mayores, también era como el tierno regazo femenino al cual nos aferramos ante cualquier adversidad.

En fecha tan temprana como abril de 1957, Raúl Castro  le escribe un mensaje cuando estaba preparando en Manzanillo su segunda subida a la Sierra Maestra: ¨Tú te has convertido en nuestro paño de lágrimas más inmediato, y por eso todo recae sobre ti; te vamos a tener que nombrar madrina oficial del Destacamento¨.

En otro momento cuando la propaganda batistiana mentía sobre una supuesta captura de la hábil  luchadora, como era de esperar, el embuste causó gran preocupación en la tropa hasta que se supo por fuentes confiables que ella estaba segura y a salvo. Rápidamente Fidel le trasmite la alegría producida en el campamento guerrillero, a cuya misiva secundó una de Raúl Castro: ¨Ya te habrás imaginado el susto que pasamos con la falsa noticia de la captura, y a pesar de estar tan fuertes, ya nos sentíamos desamparados¨.

Ese cariño especial de las personas por Celia se reafirma durante su estancia en las montañas. No había problema social del que ella no estuviera al tanto y a cuya solución no contribuyera.

Aconsejaba a un matrimonio desavenido, servía de madrina en el bautizo de alguna criatura, resolvía una medicina para un enfermo, llamaba a capítulo a un hijo zoquete, escuchaba las penas de amor de una muchacha. Todos estos asuntos los atendía sacrificando el escaso tiempo que le dejaban sus responsabilidades en el Ejército Rebelde.

Particular atención ponía a los problemas de las mujeres, tanto de las campesinas como de las compañeras de lucha. En el caso de estas últimas estaba pendiente del más mínimo detalle, por eso todas ellas – sin excepción- aún conservan el recuerdo que se guarda de quien nos acoge nueve meses en su vientre.

Al triunfar la Revolución se le asignan tareas importantes como la de llevar a La Habana a estudiar a niños procedentes de la Sierra -hijos o familiares de mártires y colaboradores del Ejército Rebelde- a quienes los atendía directamente como una madre preocupada por todos sus problemas.

No porque hubiera crecido el número de infantes la atención de Celia fue menor. A pesar de sus muchas ocupaciones siempre encontraba el tiempo necesario para dedicar a esos muchachos, los cuales con el paso de los años, fueron encaminando sus vidas y convirtiéndose en hombres y mujeres. Muchos de ellos aún viven y guardan especialmente en su memoria la imagen de aquella segunda progenitora, a la cual quisieron como tal y a cuyo afecto ella correspondió.

Para Sánchez Manduley no había mayor regocijo que conversar con un niño o estar rodeada de ellos. En esos adorables encuentros se podía percibir el caudal de ternura y cariño prodigado, la curiosidad por conocer sus inquietudes y opiniones, el placer de comunicarse con ellos y de que estos percibieran la niña latente en su alma, atenuando así la natural inhibición con la que se enfrentaban a esta figura de proporciones épicas.

Pocas ocasiones eran para ella motivo de tanta emoción como los días de las madres o los de la mujer, cuando se presentaban en su casa un grupo de pioneros a llevarle un ramo de rosa. Era en parte una señal de agradecimiento no solo por todo el sentimiento vertido a los más chicos, sino por las obras recreativas que como el Palacio Central de Pioneros Ernesto Guevara, el Parque Lenin, el Zoológico Nacional, la Ciudad de los Pioneros José Martí en Tarará y otras, regaló a los infantes, para magnificar creadoramente la pasión por ellos.

Cuando hablaba con los que saben querer, mantenía en vilo a su infantil auditorio, y dejaba fluir toda la ternura albergada en su corazón, el cual jamás cuestionó las injusticias de la vida, pues sabía que los descendientes naturales que nunca tuvo, el destino – curiosamente- se los multiplicó en millones.

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