Máximo Gómez: Entrega sin límites

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Por Gislania Tamayo Cedeño | 17 junio, 2019 |
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Nació el 18 de noviembre de 1836, en Baní, República Dominicana, en la época que la antigua colonia española de Santo Domingo era parte del Estado de Haití.
Los sucesos del destino llevaron a Cuba en el siglo XIX a Máximo Gómez Báez acompañado de sus dos hermanas y su madre. Fuerte fue su impacto al abandonar Santo Domingo y poner los pies sobre esta Isla.

Se establece en Manzanillo dedicándose a los negocios de madera, y años más tarde arrienda una pequeña estancia en El Dátil, poblado cercano a Bayamo, en la parte sur de este archipiélago.

Se incorporó a la causa independentista para pelear por la libertad del negro esclavo y el criollo explotado por el colonialismo español.

Le correspondió a Gómez guiar a los cubanos en la primera lección militar en la cual se aplicaron métodos del arte de la guerra que no se conocían.

Convertido en una figura de incuestionable capacidad y autoridad militar, Máximo Gómez dejó vibrando a los cubanos con su impresionante grito de: “Al Machete”.

Esta acción conocida como “La Primera Carga al Machete”, de la guerra de independencia cubana realizada frente a un batallón español dejó un saldo de más de 200 muertos.

Su presencia en las dos etapas de la lucha independentista (1868 -1895) del pueblo cubano fue vital para el triunfo sobre las armas españolas.

La mayor parte de las veces marchaba a la cabeza de los combates y machete en mano, fue ordenando un rosario de combates victoriosos donde hizo derroche de habilidad, constancia y decisión.

El 12 de marzo de 1899, la Asamblea del Cerro acordó la destitución de Máximo Gómez como General en Jefe del Ejército Libertador.

Ante tal situación el Generalísimo, mediante un manifiesto a la nación, expresó:
… Extranjero como soy, no he venido a servir a este pueblo, ayudándole a defender su causa de justicia, como un soldado mercenario; y por eso desde que el poder opresor abandonó esta tierra y dejó libre al cubano, volví la espada a la vaina, creyendo desde entonces terminada la misión que voluntariamente me impuse. Nada se me debe y me retiro contento y satisfecho de haber hecho cuanto he podido en beneficio de mis hermanos. Prometo a los cubanos que, donde quiera que plante mi tienda, siempre podrían contar con un amigo.

Fue un brillante orador como lo demuestra esta arenga pronunciada momentos antes de iniciar una de las últimas batallas de la guerra final: …Cubanos, se nos presenta otro momento difícil. La dificultad aviva nuestra energía. Bienvenido sea este momento.

Los españoles han perdido la guerra; pero quieren caer con honra. Ellos son nuestros padres; nos alegramos de su decisión. Si ellos buscan la honra en la derrota, nosotros queremos que el heroísmo acompañe nuestra victoria.

Se aproxima una dura campaña. Démosle la bienvenida. Haremos frente al enemigo y no saldremos de esta zona. Nuestro machete está ya inquieto en su funda. Los tiros españoles enardecen nuestros pechos. Estamos todos al servicio de la Patria tiene hoy todos nuestros afectos, nuestra pasión merecida.

Morir es una gloria, no un dolor. Los que mueran serán los mejores; ellos vivirán más en la memoria de todas las generaciones. Levantemos nuestros corazones. Preparémonos para esta nueva embestida, la ultima quizás. El enemigo no da cuartel. Paguémosle con la misma moneda. Soldados, el clarín tocará a degüello. Obedecer es la suprema Ley. El clarín es la voz de Cuba Libre.

Varón de carácter recto, intransigente, digno, cualidades que hicieron de él un hombre querido y respetados por todos.

Su casa era Santo Domingo, la que nunca olvidó y la que guardó en su recuerdo por siempre.

Murió en su hogar habanero el 17 de junio de 1905, hace justo 114 años, aquel dominicano que dedicó parte de su vida a la “querida y sufrida Cuba”.

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