Mensajes para crecer por dentro

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Por Anaisis Hidalgo Rodríguez | 10 enero, 2020 |
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Acercarse a la vida de José Martí 167 años después de su natalicio, no es fácil. Hay, tras ese cúmulo de años, mucha historia que desempolvar, muchas proezas que abrazar, mucha letra que escudriñar, desentrañar y de las cuales aprender.

Hoy solo me acercaré al Maestro desde la ventana de algunas de sus cartas a María Mantilla, porque para serles franca, encontré en ellas, a pesar de sus enmarañadas hipérboles, un mensaje para trazar el rumbo de mi vida, un consejo para el momento difícil, un aliento cuando las fuerzas fallaron o cuando la autoestima tocaba fondo en los años difíciles de la adolescencia.

Nacen estas cartas al calor del cariño a María Mantilla, hija de Carmen Miyares de Mantilla, propietaria de una pensión en Nueva York en la que se alojó el prócer independentista cubano.

“Yo amo a mi hijita. Quién no la ame así, no la ama. Amor es delicadeza, esperanza fina, merecimiento, y respeto. ¿En qué piensa mi hijita? ¿Piensa en mí?”

Con infinita ternura se dirigió Martí a su María, a quien llamaba cariñosamente “hijita querida”. Sus epístolas tejen una sabiduría que puede abrigarnos  durante toda la vida. En ellas, habla de lo importante de hacer sentir a nuestras madres el calor de nuestros brazos, de mimarlas y cuidarlas; habla de buscar el respeto en el decoro  y el estudio.

“Haz algo bueno cada día en nombre mío.  Ama en este mundo solo aquello que merezca amor; consérvate generosa y sencilla; ten un amigo que te iguale en mérito y pureza.”

Cuando se sentía olvidado reclamaba a su “Maricusa”  por entusiasmarse con los héroes de colorín del teatro, y olvidarse de ellos, “los héroes verdaderos de la vida, los que padecemos por los demás, y queremos que los hombres sean mejores de lo que son.”

Martí hablaba de la importancia de pensar en la verdad del mundo, en saber, en querer, -en saber para poder querer, -querer con la voluntad, y querer con el cariño.

Martí abogaba porque la mujer se preparara para la vida, para el trabajo virtuoso que la hace a una independiente, y libra del engaño de unas cuantas palabras simpáticas de hombres mal intencionados, que pretenden comprar con vestuarios y dineros, a las mujeres ignorantes.

“Solo el trabajo puede dar libertad al corazón”, decía,  y una debe elevarse pensando y trabajando”, acotaba Martí.

No faltaron los consejos martianos sobre la verdadera elegancia: “La elegancia, está en el buen gusto, y no en el costo. La elegancia del vestido, -la grande y verdadera, -está en la altivez y fortaleza del alma. Un alma honrada, inteligente y libre, da al cuerpo más elegancia, y más poderío a la mujer, que las modas más ricas de las tiendas. Mucha tienda, poca alma. Quien tiene mucho adentro, necesita poco afuera. Quien lleva mucho afuera, tiene poco adentro, y quiere disimular lo poco.”

Martí defendía la idea de que quien siente su belleza, la belleza interior, no busca afuera belleza prestada: se sabe hermosa, y la belleza echa luz.

En su tierna carta a María Mantilla, finalmente Martí le expresa otro principio esencial a tener en cuenta por ella para llevar adelante su vida en forma virtuosa.

Le sugiere: “Pasa, callada, por entre la gente vanidosa. Tu alma es tu seda.”

Como queriendo llegar con sus palabras al corazón de María Mantilla, que en esencia es el corazón de toda joven,  José Martí le indica: “Que cuando mires dentro de ti, y de lo que haces, te encuentres como la tierra por la mañana, bañada de luz. Siéntete limpia y ligera, como la luz. Deja a otras el mundo frívolo: tú vales más. Sonríe, y pasa.”

Grande es la sabiduría de Martí en estas epístolas cargadas de sentimiento, pero José Martí es más que versos sencillos, cartas a María Mantilla, Amistad Funesta y Patria. Es la  aguja imantada que gira libremente sobre su pensamiento para señalarnos el norte y encontrar nuestro camino, sea cual sea nuestro punto en el horizonte. Es la brújula toda y el diccionario de vida que siempre tiene algo nuevo que enseñar.

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