Morir por la patria es vivir

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Por Yelandi Milanés Guardia | 17 agosto, 2017 |
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Hay hombres que por su obra marcan indeleblemente la historia, como si acuñaran con fuego su impronta y su huella imborrable sobre la tierra.

Uno de esos casos que será eternizado en las narraciones del pasado es Pedro Figueredo Cisneros (Perucho), quien tuvo el honroso privilegio de musicalizar con anterioridad y componer, posteriormente sobre su caballo, las notas del Himno de Bayamo, creación que lo inmortaliza cuando cada cubano entona las notas de la marcha guerrera.

En días como hoy se le recuerda porque fue asesinado, el 17 de agosto de 1870, en Santiago de Cuba, efeméride que no pasa desapercibida porque es   uno de los hijos más notorios de Bayamo, Monumento Nacional.

Además de un hombre de grandes ideas libertarias se preocupó junto a otros por el desarrollo económico, social y cultural de esta ciudad, por eso participa en la fundación de la Sociedad Filarmónica; construye el ingenio Las Mangas, el primero movido por máquina de vapor en la ciudad, publica ensayos, obras de teatro y su nombre aparece en varios periódicos.

Su consagración a la lucha y la lealtad al Padre de la Patria, a quien había jurado seguir “a la gloria o al cadalso”, lo hacen merecedor del cargo de jefe del Estado Mayor del Gobierno provisional de la segunda villa.

El 6 de noviembre de 1868 publicó en el periódico El Cubano Libre, un artículo en el cual se calificaba de conspirador privado y público contra el colonialismo español.

Luego, en la Asamblea de Guáimaro, es designado subsecretario de la Guerra del primer Gobierno de la República en Armas, con grado de mayor general.

Después del incendio de Bayamo marcha a la manigua para vivir y pelear, pero en esas condiciones complejas contrae tifus y le salen úlceras en los pies.

Casi indefenso es capturado por los españoles y cae prisionero en el campamento de Santa Rosa, Cabaiguán, Las Tunas, el 12 de agosto de 1870.

Posteriormente, es trasladado a la cárcel de Santiago de Cuba y condenado a muerte por un tribunal militar. Montado en un burro, porque su estado de salud no le permitía tenerse en pie y sus victimarios consideraban que era “demasiada honra para un jefe insurrecto ir en coche”, fue conducido ante el pelotón de fusilamiento el 17 de agosto de 1870.

El ejemplo de Perucho, a 147 años de su asesinato, todavía inflama los ánimos de quienes entonan su a Himno de combate y corean al viento: “Morir por la Patria es vivir”.

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