Mujeres en la UE intentan romper el maleficio

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Por Prensa Latina (PL) | 8 febrero, 2020 |
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FOTO/ Autor desconocido

La Habana, – Preteridas durante siglos, las mujeres van accediendo, poco a poco, a diferentes instancias de poder en una Unión Europea (UE) orgullosa de sus planes de igualdad de género, a pesar de las críticas públicas y de organizaciones feministas.

El último de estos triunfos fue la elección, el 22 de enero último, de la magistrada, Ekaterini Sakellaropoulou, de 63 años, como presidenta de la República Helénica, convirtiéndose en la primera mujer en la historia de Grecia en acceder a este cargo.

La abogada también fue la primera mujer en presidir el Consejo de Estado de su país, el máximo tribunal administrativo griego, y es reconocida por su defensa de los derechos de los refugiados, las minorías y las libertades civiles.

En 2019, el bloque rompió su techo de cristal con los nombramientos de la alemana Úrsula von der Leyen, la danesa Margrethe Vestager y la francesa Christine Lagarde, en tres de los más importantes puestos de la Comisión Europea, que entró en funciones el pasado 1 de diciembre.

La primera, como presidenta, guiará los designios de la UE durante los próximos cinco años y es hoy la cara visible del bloque con sus 60 años. Médica de profesión, es madre de siete hijos, fue ministra de Familia y de Defensa de Alemania.

En una de las vicepresidencias ejecutivas está Vestager, de 51 años, quien tiene a su cargo el manejo de los hilos de una Europa que fortalecerá sus políticas en pos de su completa inserción en la llamada Era Digital.

La política danesa fue comisaria de Competencia durante el anterior mandato del Ejecutivo europeo y ministra de Asuntos Económicos y del Interior de su país de 2011 a 2014.

Junto a ellas, en otro gran sillón del bloque, está Lagarde, de 64 años, quien dirige el Banco Central Europeo (BCE), el segundo del planeta tras la Reserva Federal estadounidense.

La abogada y economista francesa fue directora gerente del Fondo Monetario Internacional (FMI) desde el 2011 hasta julio del pasado año y mucho antes ministra de Finanzas de su país.

Otras 10 mujeres integran la nómina del grupo de comisarios que dirigen la Comisión Europea, una batalla en pos de la equidad de género que durante los últimos meses del pasado año lideró las negociaciones para la aprobación del nuevo Ejecutivo comunitario.

En esa lista de mujeres de éxito en la política no puede faltar la canciller federal alemana Angela Merkel quien dirige, desde 2005, la primera potencia económica del bloque comunitario y fuera reelecta para un cuarto mandato en marzo de 2018.

La física y política alemana, de 65 años, fue pionera en acceder a este cargo en su país y la revista Forbes la consideró en varias ocasiones como ‘la mujer más poderosa del mundo’.

En octubre pasado, Sophie Wilmes, de 44 años, fue nombrada primera ministra interina de Bélgica, única también en ocupar ese puesto, aunque su Gobierno se limita a gestionar los asuntos cotidianos ya que el país no cuenta con un Ejecutivo pleno desde diciembre de 2018.

Desde 2015, Kolinda Grabar Kitarovic, de 51 años, preside el Estado croata, puesto que cederá el 18 de febrero a Zoran Milanovic, que la derrotó en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales el 5 de enero.

Tras ganar las elecciones legislativas, Mette Frederiksen, a sus 41 años, se convirtió en junio pasado en la primera ministra más joven de la historia de Dinamarca.

Las palmas se las llevó Sanna Marin, de 34 años, elegida el 10 de diciembre por el parlamento de Finlandia como primera ministra de ese país, ganándose el título de jefa de Gobierno más joven del mundo.

Marin encabeza una coalición de centroizquierda integrada por cinco partidos, de los cuales cuatro son liderados por mujeres, tres de ellas menores de 35 años.

Estonia es otro de los países del bloque dirigido por una dama. En este caso Kersti Kaljulaid, de 50 años, exmiembro del Tribunal de Cuentas Europeo, es presidenta de ese país desde octubre de 2016, aunque el cargo es esencialmente honorario.

Investida en junio pasado, la abogada Zuzana Caputova, de 46 años, también aparece en la lista de primeras mujeres en conquistar la presidencia de un país, en este caso Eslovaquia. Nueva en la política, en marzo 2019 venció ampliamente al candidato del entonces partido oficialista.

Fuera del bloque comunitario, pero en la región, aparecen además las primeras ministras de Noruega, Erna Solberg; y de Islandia, Katrin Jakobsdottir; junto a las presidentas de Georgia, Salomé Zourabichvili; y de Serbia, Ana Brnabic.

DESPROVISTA DE MADRE EN LA CUNA

Tal realidad era imposible en la década de 1950, cuando nació la Comunidad Europea. No hubo madres fundadoras implicadas en su formación y las mujeres la vieron como un club de industriales blancos a quienes importaba poco su bienestar.

En 1957, Francia insistió en introducir en el tratado de Roma el artículo 119: igual salario por igual trabajo. Pero no porque respaldara el empoderamiento económico femenino, sino por temor a que su sector textil se enfrentara a la ‘competencia desleal’ de Bélgica, donde las mujeres eran pagadas mucho menos que los hombres.

Las abogadas defensoras de los derechos de las mujeres tardaron casi 20 años en obtener fallos judiciales que hicieran vinculante el artículo 119 en todos los Estados miembros, lo cual proporcionó la base para nuevas directivas, programas de acción y, al final, cambios en los tratados.

En la primera cumbre europea Mujeres en el Poder, celebrada en Atenas, el 3 de noviembre de 1992, se reconoció que las preocupaciones de las mujeres debieron incorporarse desde el principio, cuando se estableció la estructura de la Comunidad.

La cumbre proclamó la necesidad de alcanzar un reparto equilibrado de los poderes públicos y políticos entre mujeres y hombres y reivindicó la igualdad de participación en la toma de decisiones.

Ya a mediados de la década de 1990, los especialistas en cuestiones de género elogiaron a la UE y la consideraron como la institución más orientada a la igualdad en el mundo.

Hace apenas dos décadas, la UE aprobó la ‘integración de la perspectiva de género’ como su planteamiento político oficial para la igualdad de género.

Entonces la iniciativa se consideró una perspectiva revolucionaria de acelerar el progreso y lograr importantes conquistas en ese ámbito, en un continente donde las decisiones políticas, económicas y sociales siempre fueron ‘cosas de hombres’.

POLÍTICAS DE GÉNERO EN LA UE

La integración de la perspectiva de género se estableció a nivel internacional como la principal estrategia global para la igualdad de género a partir de la Cuarta Conferencia Mundial de las Naciones Unidas sobre la Mujer, celebrada en Beijing en 1995.

La iniciativa pasó a ser el enfoque político oficial de la UE y sus Estados miembros en su base jurídica, el Tratado de Ámsterdam (1997), que se compromete a eliminar las desigualdades entre el hombre y la mujer y promover la igualdad en todas las acciones.

Con sus Programas de Acción Comunitaria, se incrementaron las políticas de género, desde las de igualdad de oportunidades, pasando por la acción positiva, hasta las políticas transversales y de paridad.

Sin embargo, las medidas tomadas no bastan y los problemas de género sobreviven en no pocos países del bloque, donde más se escuchan los discursos sobre igualdad en el mundo, pero al interior de sus naciones los ciudadanos critican la poca aplicación directa de las normas favorables al género, empezando por la igualdad de salario.

Como promedio, las europeas ganan 16,2 por ciento menos que los hombres, según datos de 2016 de la Oficina Europea de Estadística (Eurostat).

En declaraciones recientes, la presidenta del Ejecutivo europeo, Úrsula von der Leyen, se comprometió a atajar la brecha salarial en el marco de la estrategia por la igualdad de género.

Lamentablemente, las directivas de la UE establecen normas mínimas y objetivos comunes, pero las decisiones sobre cómo aplicar sus numerosas políticas de inclusión social y de lucha contra la discriminación dependen de los gobiernos de los Estados miembros.

A menudo las maniobras y las argucias nacionales pueden retrasar, diluir o bloquear por completo las políticas con perspectiva de género. De ahí que a los Estados más rezagados se les exigen generar bases de datos desagregadas por sexo, presentar informes nacionales y someterse a los veredictos de los tribunales supranacionales.

Sin la fuerza de los reglamentos comunitarios, muchos Estados miembros seguirían negándose a aprobar leyes firmes contra la discriminación laboral, el acoso sexual y la violencia doméstica.

La estrategia Europa 2020 pretende aumentar hasta un 75 por ciento la participación femenina en el mercado laboral, pero eso sólo garantizará una mayor independencia económica si pueden trabajar a tiempo completo; son demasiadas las mujeres atrapadas en empleos mal pagados, parciales o precarios del sector de los servicios.

También la ampliación de las definiciones de los derechos de las mujeres se han venido incorporando a los tratados de la legislación europea, jurídicamente vinculantes para todos los Estados miembros.

El artículo 13 del Tratado de Amsterdam, por ejemplo, prohíbe la discriminación por motivos de sexo, origen racial o étnico, religión o creencia, discapacidad y edad, así como por orientación sexual.

La UE redujo los obstáculos a la autonomía económica de las mujeres, originados por la segregación profesional y la falta de representación femenina en los órganos consultivos, en las estructuras de gestión e incluso en los consejos de administración de las empresas.

En busca de fortalecer los roles de género y las responsabilidades familiares de los hombres, en los últimos años fueron extendidas también las políticas de permisos de paternidad remunerados.

Sin duda, aunque a ritmo lento y no con pocos lunares aún, la UE marcha a la vanguardia global en la promoción de políticas en favor de la equidad de género, más ahora cuando no pocas mujeres dirigen los designios del Viejo Continente.

Ellas serán las encargadas de romper el maleficio. Como reconoció en 2008 la comisaria europea Margot Wallstrom, la gobernanza comunitaria ha sido un ‘reino de hombres viejos… que traman a puerta cerrada’, lo que permite que ‘los hombres viejos elijan a hombres viejos, como siempre’.

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