El obstinado vuelo de palomas

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Por Anaisis Hidalgo Rodríguez | 13 enero, 2020 |
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La madrugada del 12 de enero de 1869 las palomas que anidaban en los tejares bayameses no presagiaron la tragedia que se avecinaba sobre aquella tranquila mañana de cielo azul y platinado sol.

El río exuberante no pudo cerrar con sus aguas el paso al Conde de Valmaseda como tampoco la destreza de Máximo Gómez  pudo parar la afrenta de las tropas españolas. Era evidente que los españoles  caerían sobre Bayamo con mano de hierro.

La indignación de los bayameses corría viral de casa en casa, desde las familias más acaudaladas hasta las menos favorecidas económicamente. Todos abrazaron la misma decisión: ¡Prenderle fuego a Bayamo!

Recoge la historia que Pedro Maceo Chamorro fue el primero en iniciar la tea de la ciudad al prenderle fuego a su propia casa. Iniciaba la catástrofe y con ella la rebeldía agigantada de un pueblo que no se quería subyugar.

El fuego fue implacable. Devoró viviendas. Consumió fotos familiares, el juguete amado de cada niño; la levita añorada  del abuelo y los borradores de uno que otro escritor en ciernes. Vidas enteras fueron reducidas que el viento transportó de un lugar a otro como una simple peregrinación de partículas, sin importar cuánto llevó construirlos.

Atrás quedaban  los sacrificios cotidianos de cada familia, los sueños de cada esposa, las aspiraciones de toda joven y las travesuras de cada niño. Los recuerdos de los abuelos serían añoranzas que arrancarían día a día un pedazo del alma enterrada en aquel Bayamo intrépido y natural.

De la primera capital de Cuba libre sólo quedó cenizas y escombros. El siniestro sólo perdonó la capilla de Nuestra Señora  de los Dolores, fundada en 1740.

La Bayamesa de Luz Vázquez y Moreno tuvo otro destino que fue más allá de la endecha amorosa: Al calor de los maderos crujientes, los bayameses entonaban aquella letra guerrera que versa: “Te quemaron tus hijos;  no hay queja/ Que  más vale morir con honor/Que servir al tirano opresor/Que el derecho nos quiere usurpar…”

Consecuencia de aquel heroico hecho,  los bayameses se esparcieron por otros montes y comarcas, estableciéndose en distintos puntos de la isla; otros volvieron a levantar sus hogares destruidos.

Un revoloteo incesante de palomas se apoderó de Bayamo. Las aves, obstinadas e insistentes, volvían una y otra vez sobre los tejares de la decrépita ciudad con la esperanza de recuperar algunos de sus pichones.

Hoy, a 151 años de aquel devastador y heroico hecho, las palomas siguen enamorando a esta heroica ciudad, coquetean con sus hijos. Estos, no menos recíprocos, las miman y alimentan  sin sospechar siquiera el precio que pagaron un día por habitar bajo este cielo intrépido y natural.

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