Huellas de ética

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Por Yasel Toledo Garnache | 3 julio, 2016 |
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Hablaré de ética. Esa palabra me acompaña desde mis años infantiles. Siempre la creí importante. En discusiones adolescentes, hasta teoricé sobre su significado, con inocencia. La mencioné y escuché tantas veces…

En la universidad, los análisis en el aula, que a veces se convirtieron en “broncas dialógicas”, con ejemplos de la cotidianidad, me motivaron a presionar el teclado. Ahora vuelvo a la aventura porque, cada vez que percibo un acto de irrespeto, desconsideración o algo más, el dolor lacera mis entrañas.

Cada uno de nosotros debiera llevarla dentro, como modo de conducta orientado al bien y permanente búsqueda de la belleza, entendida como bondad y sinergia colectiva, para caminar hacia el mejoramiento humano personal y grupal. La realidad es demasiado compleja como para también vocearnos, empujar, colarnos en las colas y “joder” a otros.

No piense que soy excesivamente moralista ni que ando con un termómetro imaginario para medir temperaturas de dignidad.

La ética no se enseña con tizas y pizarras, ni con definiciones teóricas, que algunos, incluidos Aristóteles y Jean Paul Sartre, esbozan desde la antigüedad. En papeles de antes y ahora, se lee: “Disciplina filosófica que estudia el bien y el mal y sus relaciones con la moral y la actuación humana” o “costumbres y normas dirigentes y valorativas del proceder en una comunidad”. Las clasifican en social, profesional… y establecen rasgos y otros elementos.

Como escribió el investigador Vicente Manuel Prieto, “hay reglas escritas y legisladas, otras se relacionan con la autorresponsabilidad. Le agrego que también con la enseñanza recibida, el medio donde se desarrolla el individuo, el ejemplo de los adultos… Incluye honestidad, buena fe, solidaridad, empatía… Uno tiene paradigmas en ese sentido.

A veces, ante determinadas circunstancias, me pregunto qué haría mi abuelo. Yo adoraba los apagones durante las noches, a pesar de mosquitos y el calor, porque él contaba sus inicios de niño del campo, que trabajó desde los nueve años de edad y picaba caña junto a su padre. Hablaba de la vida en las lomas y de cuánto se esforzó por ser mejor cada día, con respeto y humildad.

Según el estudioso Antonio García, la ética requiere observación interior. No se trata de llorar después de los errores. ¿Quién no se ha equivocado alguna vez? Sin embargo, resulta esencial reflexionar sobre lo ocurrido y cambiar en lo adelante.

En ocasiones, existen dudas ante ciertas decisiones, pero cuando uno la lleva en la marea de sus venas es consecuente con ella, aunque los pasos duelan, porque al final queda la satisfacción de no fallarle a uno mismo.

Tenemos gran responsabilidad en la constante construcción de nuestra sociedad. Comencemos por ser mejores en lo individual, para incidir luego en los demás. Todos lo merecemos.