La “juventud perdida”, cuento y reto

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Por Osviel Castro Medel | 11 febrero, 2020 |
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Hace algunos meses recordaba en estas páginas que Sócrates (470-399 a.C), uno de los genios griegos, sentenció que los jóvenes de su época eran unos tiranos porque contradecían a los padres, devoraban su comida y faltaban el respeto a los maestros.

Y que Platón (427-347 a.C), otra figura relevante de la vieja Grecia, llegó a expresar sin tapujos: “Nuestra juventud tiene un deseo insaciable de riqueza, y atroces costumbres en lo que respecta a sus ropas y su pelo”.

Es fácil inferir, entonces, que la “perdición” de los más verdes está sembrada en la mente de los mayores hace muchísimo tiempo.

De modo que pudiéramos seguir viviendo sin ponerle demasiada atención al asunto, que se ha tornado como el cuento de la buena pipa. Aunque también debe ser cierto que sin esas presiones de los de más edad probablemente miles de jóvenes no hubiesen pasado a las edades superiores con madurez y sabiduría.

Estas reflexiones retornan hoy, espoleadas por la cercanía de la asamblea XI Congreso de la Unión de Jóvenes Comunistas (UJC), días 22 y 23 de este mes, reunión que antecede a la llamada magna cita nacional, prevista para abril.

Por regla, cada vez que se celebra este tipo de encuentro se desmiente con ejemplos que la juventud esté perdida, pero a la vez se habla de eliminar vicios o antivalores presentes en porciones no despreciables de la nueva generación.

Nadie cuestionaría la importancia de esa y otras asambleas similares; mas, si algo nos ha faltado después de tanto tiempo de necesarios balances y recuentos, es medir a la postre, de manera científica, la efectividad real de los análisis.

Lo escribo porque en más de una ocasión, en los minutos posteriores a una “excelente reunión”, hemos comprobado que las discusiones se quedaron sin vida en otros espacios, esos donde no todos son de avanzada o tienen “conciencia del momento”, como se suele decir.

Un colega se ha preguntado varias veces, mitad en broma, mitad en serio, cuándo vamos a celebrar reuniones “con los malos”; es decir, con los más apáticos o menos activos, no solo para escucharlos, también para involucrarlos.

Y su propuesta tiene cierta lógica, porque “los buenos” no necesitan demasiado convencimiento sobre cómo actuar en esta o aquella circunstancia.

Es cierto que se han abierto múltiples canales -las llamadas conexiones necesarias- para saber cómo piensan y actúan miles de estudiantes y obreros sin membresía activa en la Juventud. Pero… ¿bastará con eso? ¿Encontraremos otros métodos que nos lleven al constante debate sobre los sueños, desacuerdos e inquietudes de todos los mozos, sin excepción?

Responder esas interrogantes tal vez nos conduzcan a entender que lo de la “juventud perdida” no solo es cuento, es, sobre todo, reto; porque implica el diario ejemplo personal de los mayores -muchas veces inexistente-, estudiar si nos hemos estancado o no en las miradas sobre los jóvenes, profundizar en la eficiencia o ineficiencia de nuestros mensajes, la búsqueda de caminos para una mayor inserción social de los nuevos en la Cuba de hoy, la “polémica” de ellos y con ellos.

Hace más de cinco décadas y media, Fidel expuso que sería nefasto para la nación tener una juventud que no pensara, dominada por inercias, idea que remachó en varias ocasiones hasta advertir, en junio de 2007, en un mensaje respuesta a la UJC, que si “los jóvenes fallan, todo fallará”.

Esos pensamientos, a medida que galopa el almanaque, se tornan más vigorosos y preclaros. Y nos advierten de peligros tremendos, a veces subestimados. Si bien no debemos razonar como Sócrates o Platón, tampoco podemos cerrar los ojos y creer que el fracaso es imposible. Existen miles de casos que nos demuestran precisamente nuestro fiasco.

Al final, el optimismo debe ir acompañado de hechos para impedir que un mal día nuestra juventud, de verdad, “se pierda en lo claro”, como suelen decir con tino los más veteranos.