Libros asesinados

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Por Osviel Castro Medel | 12 septiembre, 2017 |
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Ocurrió en la época que llamamos “pleno verano”, cuando agosto nos recuerda con más fuerza la verdad del cambio climático y cuando tratamos de engañar nuestras anatomías con algún rato de ocio.

El chofer del ómnibus tomó la Carretera Central y antes de llegar al antes célebre merendero de Cautillo -en el municipio de Jiguaní-, dobló a la izquierda y enfiló rumbo al barrio de Cupeycito.

Iba cumpliendo, al parecer, una operación secreta, pues siguió por un camino poco transitado para una “guagua común”. Así, llegó hasta el vertedero, lugar de la escena del “crimen”.

Cientos de libros, de distintos tamaños y contenidos, fueron lanzados desde el aparato con ruedas a la  basura, ante el asombro de dos o tres curiosos del barrio, extrañados por aquel vuelo masivo y no literario en medio del monte.

Entre los títulos arrojados a la probable muerte se encontraban varios empleados en la Enseñanza Técnica: Electrónica fundamental, Fundamentos de hornos y combustibles, Controles industriales, Temas de informática básicaMetalografía, pero también otros: La Ilíada de Homero, Los niños del infortunio, El grito del Moncada, Educación estética y musical, Literatura Universal IHistoria de Cuba….

Suerte que, regada la voz del suceso entre la vecindad, varias personas acudieron al vertedero y se apropiaron de decenas de libros, aunque de seguro algunos no leerán ni una sola letra y los emplearán en otros asuntos.

Al final, la guagua, con sus misioneros encima, se marchó del sitio a toda velocidad, con una legión de polvo tras sus gomas traseras. Se retiraba “invicta” porque nadie atinó a copiar su matrícula ni a fijar en la mente la silueta del conductor.

Sin un ABC de detective, no resulta difícil inferir que los textos salieron probablemente de una escuela, donde alguien creyó, de manera infeliz, no necesitar esos ejemplares y decidió la hoguera; es decir, enviarlos a una montaña de escombros ordinarios.

De cualquier modo, la anécdota asusta, entristece, duele y nos descarga varias interrogantes, hoy más grandes cuando acaba de comenzar el curso escolar: ¿A qué institución de Cuba le sobran los libros como para mandarlos a un basurero? ¿Si alguna entidad los tuviera “en exceso”, no sería mejor enviarlos a bibliotecas o, incluso, repartirlos en la comunidad? ¿Los ejecutantes de ese doble atentado a la lectura y a la cultura tendrán idea de la gravedad de su acto?

Es muy posible que los autores del disparate -no inocente, por supuesto-, sean incapaces de entender que los libros sobrepasan la dimensión de objetos y que son imprescindibles en cualquier circunstancia, incluso en la modernidad, sobresaturada de nuevas tecnologías.

Sin embargo, no se trata de un simple ejercicio de comprensión o de catalogar un hecho así de simple o extraordinario. Botar textos en masa es un asesinato intelectual, cultural y físico, y requiere enfrentamiento, condena.

A estas alturas, cuando ya han pasado varios años de aquel hermoso anhelo de conseguir una educación integral para un país completo, no podemos callarnos monstruosidades como esta, que laceran sueños, desdicen de una obra edificada durante décadas y van en contra del espléndido torbellino de conocimientos, pupitres, pizarras y emociones que comienzan cada septiembre en nuestras aulas.