Los desencantos y la vida

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Por Yasel Toledo Garnache | 27 agosto, 2018 |
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Los hay de diferentes tipos. A veces uno recibe golpes tremendos, noticias como puñetazos al alma, a la sensibilidad, de esos que no hacen salir la sangre ni tumban como a boxeador noqueado, pero motivan lágrimas, deseos de aislarse durante varios minutos, repensamientos, nuevas decisiones…

En ocasiones, uno intenta comprender las causas, pero en la vida no todo funciona como ecuaciones. Lo bueno y lo malo suelen alternarse o llegar de un solo bando como avalancha, por eso hay etapas en las cuales la lluvia de tristezas no cesa, y otras en las que las sonrisas y éxitos elevan los ánimos y la esperanza.

Alguien me hablaba hace poco de sus “dolores” con la voz entrecortada. Pasaba un dedo por los párpados de forma suave, y continuaba con los ejemplos de su mala fortuna.

Innegablemente, las preocupaciones y problemas más personales pueden mezclarse con desencantos profesionales, amorosos, deportivos y de otro tipo.

Es duro cuando en medio de todo, ni siquiera se desea llegar a su puesto laboral o a la casa, donde antes encontraba sosiego y solía beber del cariño, cual  manantial de energía e ímpetus  para seguir.

Otra persona me comentaba también de lo inútil de ciertos esfuerzos, porque no siempre quienes más aportan reciben lo que otros. Durante esos momentos, ella intenta coger bocanadas de aire y dar pasos por ese camino a veces empedrado que es la existencia.

A veces, las noticias del fallecimiento de un ser querido o el estado grave de alguno son como disparos al alma. También lastima ese “no” rotundo de la persona amada, el “hasta aquí” punzante o el “jamás podrá ser”, a pesar de los poemas y el arsenal de formas de conquista, desde los versos, serenatas y corazones con flechas hasta las maneras más contemporáneas, aunque todas fallidas.

Especialistas explican que el descontento, la decepción… se nutren de un subconjunto de emociones como enojo, dolor, tristeza y otras demasiado sutiles para ser identificadas. Sugieren que se debe tener la fuerza suficiente para no permitir que las desilusiones de hoy pongan una sombra en los sueños del mañana.

Ante las dificultades y esas sensaciones desgarradoras, la solución jamás será cruzar los brazos, sentarse a llorar (aunque por momentos sea inevitable) o sentirse el ser humano con menos suerte del mundo. Seguramente, algunos escritores y artistas se desahogarían en canciones, pinturas, obras literarias…

Resulta esencial pensar en lo positivo, y continuar, conscientes de que, luego de cada tempestad, sale el sol. Debemos hacer el bien, ser lo más útiles posible sin esperar nada a cambio y aportar a favor de nosotros y los demás.

Los colectivos laborales, las familias, los amigos… deben estar conscientes de que sus acciones en ocasiones pueden provocar sufrimiento. Hay momentos, en los cuales un abrazo, una palmadita en el hombro u otro gesto de solidaridad y apoyo constituyen las mejores medicinas.

Resulta casi imposible lograr  lo anhelado con la facilidad de un chasquido de dedos, leer algunos versos, regalar una flor o dar tres salticos. Tal vez, lo mejor, lo más duradero y firme, es aquello que resulta difícil de alcanzar.

A pesar de los instantes de congojas, lo fundamental es seguir con dignidad, dedicación y capacidad para dar y recibir amor, porque en definitiva la luz siempre estará más adelante.