Los muertos de mi felicidad

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Por Gisel García Gonzalez | 29 enero, 2019 |
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Atónitos, mirábamos enternecidos cómo de aquel cuerpecito menudo de azul pañoleta al cuello, se alzaba una voz clara para cantar Hombre que vas creciendo/ en el camino ha quedado/ sangre que fue cimiento/ cimiento de lo logrado.

Evoqué de inmediato mis años de primaria y recordé ser intérprete de esos mismos versos y otros: Si deshecha en menudos pedazos/ llega a ser mi bandera algún día/ nuestros muertos alzando los brazos/ la sabrán defender todavía.

Algunos hablaron de la complejidad de la canción para tan corta edad, otros refirieron la fértil memoria de la pequeña ante el tema de Pablo Milanés, elogiaron la belleza, la inteligencia; yo pensaba en los muertos.

Será que mi memoria no abarca solo mis 30 años de paso por esta vida, acaso alberga en lecturas, conversaciones y anécdotas, recuerdos de otros tiempos, incluso otras tierras, será que la historia patria y por fortuna mi oficio tocan con frecuencia la puerta de la oficina para que nunca olvide: cuánta vida preciosa/ cuántas generaciones/ qué juventud deseosa/ como tú, se perdió.

Quizás me he asomado demasiado a los ojos verdes de mi abuela, miembro del Movimiento 26 de Julio, miliciana, alfabetizadora, en los que a veces hay un brillo que humedece y nombra a los ausentes.

Tal vez de niña, cuando los apagones obligaban a otros abuelos a contar historias para reemplazar la hora de los “muñequitos”, escuché hablar de hombres y mujeres que eran gigantes, lo dieron todo, hasta la vida, para espantarle a un pueblo las pesadillas, el hambre, la enfermedad sin hospital, el desalojo, la ignorancia sin escuelas.

Algo tenían en común tales relatos, los protagonistas no vivían para contar sus hazañas, pero su final era el comienzo para tantos, la soberanía al fin, un futuro.

Doblé las rodillas ante la pionera, ¿sabes qué significa lo que acabas de cantar? Y en sus palabras había una obra, que se llama Revolución, que es una sola, y héroes: un Guerrillero, un Señor de gran sombrero, del que también se sabe unos versos, y un Maestro, que quería que todos los niños fueran felices.

Pensé para mis adentros, con dispensa de Silvio Rodríguez en Pequeña serenata diurna, soy una mujer feliz, y quiero que me perdonen, por este día, los muertos de mi felicidad.