Los papás y sus efectos

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Por Yasel Toledo Garnache | 10 septiembre, 2018 |
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¿Cuántos infantes en Cuba no conviven con su padre? ¿Cuán importante es la figura paterna en la formación de niños y adolescentes? ¿Cuánto los puede afectar la ausencia total de ese ser que, muchas veces, constituye símbolo de fortaleza, cariño y seguridad? ¿Cuáles son las características de los mejores papás?

Según el Atlas de la infancia y la adolescencia en el país, publicada en 2018,  existían en el momento del estudio dos millones 341 mil 649 niños y adolescentes, lo que representaba un 20.97 por ciento de la población.

Del total, 300 mil 310 residían sin la madre ni el padre; y 897 mil 667 lo hacían únicamente con uno de los dos, de ellos apenas el cinco por ciento radicaba en hogares paternos y el abrumador 95 por ciento estaba bajo el cuidado maternal.

La Habana y Cienfuegos eran las provincias con los valores porcentuales más elevados de infantes sin sus dos padres. La capital del archipiélago también se erigía como la primera en la cantidad de pequeños con solo uno de sus progenitores, seguida por Santiago de Cuba.

Un gráfico en esa publicación muestra que en Granma cerca del 10 por ciento vivían sin ninguno de sus padres y casi el 30 con uno de ellos.

Lo ideal sería que estén todos juntos, pero ya sabemos las sales, pimientas y cuán complicada es, en ocasiones, la convivencia y la vida de manera general. En estos párrafos no abundaremos en esos aspectos, sino en lo que puede suceder después.

Algunos hombres se desentienden un poco de sus retoños, confiados en la capacidad de las madres para educarlos y guiarlos por sendas de más brillo; sin embargo, esa actitud casi nunca resulta favorable.

Especialistas aseguran que la falta de la figura paterna puede provocar bajo rendimiento escolar, disminución de la autoestima y la concentración, miedo, frustración, trastornos en la identidad y los comportamientos sociales, depresión y poco dominio de ciertas habilidades, lo que suele repercutir en sus características como adultos.

Explican que lo más significativo es la imagen que tengan de ellos, o sea, tal vez el padre no está, pero sus hijos lo representan de una forma positiva, escuchan opiniones favorables, perciben su cariño mediante mensajes o visitas, y sienten amor y admiración hacia él, lo cual es para ellos como puente de luz en su formación.

Por todo eso, casualmente, uno que esté cerca puede tener efectos negativos, por ser alcohólico, golpear a otras personas, expresarse de modo inadecuado, ser pesimista…, mientras que otro desde la distancia constituye un ideal, buen ejemplo para quienes comienzan sus pasos por el empedrado camino de la existencia.

Las madres deben comprender que, aunque su relación amorosa termine con espinas, los lazos entre padres e hijos han de conservarse con armonía.

No existe una fórmula o molde para convertirse en el mejor papá. Tal vez, lo fundamental sea la responsabilidad, sentir y demostrarles amor durante cada instante, sin desterrar la exigencia, ser confidente y amigo. Para los hijos, un abrazo, un “te quiero”, un consejo, esa mirada de aprobación o regaño  y el estar en los minutos trascendentales, suelen ser los regalos más importantes.

Algunos de quienes todavía no lo somos soñamos con ese lapso del primer llanto del vástago, los juegos, las sonrisas y asombros, el acompañarlo en sus anhelos. Las visitas al parque, la playa o a un partido de los Alazanes.

El agradecimiento eterno a esos hombres, sonrientes o serios, incluido el mío, que abrazan a sus descendientes con la pasión de quien siente sus triunfos y tropiezos como propios, y desean acompañarlos en cada reto. Ojalá todos sean siempre así.