Mano dura y pecho abierto

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Por Osviel Castro Medel | 6 abril, 2020 |
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No ocurrió en Granma, sino en predios espirituanos, pero el suceso nos deja  lecciones generales en los complejos tiempos de COVID-19.

Cuando leímos que seis pacientes internados en un centro de aislamiento habían burlado las medidas restrictivas hasta lograr una irresponsable escapada, volvimos a corroborar una verdad lamentable: todavía hay personas que no se quieren la vida, ni quieren la de los demás.

El episodio, por “lejano” que pueda parecer,  se emparenta con algunas escenas observadas en nuestras calles: algún grupo ingeriendo bebidas a pico de botella, ciudadanos noctámbulos que pasean sin rumbo fijo; hombres reunidos, sin nasobucos, en una esquina… adolescentes que juegan en el barrio a la pelota-virus gracias a la complicidad de sus padres.

Tanto la imprudente “huida” de Sancti Spíritus como los citados ejemplos domésticos–que aparentan una disminución- infectan letalmente la disciplina social, esa que debería estar en los niveles más altos en una etapa de infinitos riesgos.

En aquel escenario, como en el más cercano, se requiere de la tan mencionada mano dura, aunque muchas veces hemos antepuesto la conocida persuasión.

Por suerte, los seis referidos trasgresores

fueron retornados al lugar de la cuarentena y cuando esta concluya serán procesados judicialmente.

Aunque la gravedad del primer hecho tal vez -solo tal vez- resulte incomparable con los casos locales, no dejamos de preguntarnos si será con medidas mucho más radicales que eliminaremos las indisciplinas y las insensateces de ciertos coterráneos.

Ya se ha repetido que el Código Penal cubano establece en su artículo 187 que quien “infrinja las medidas o disposiciones dictadas por las autoridades sanitarias competentes para la prevención y control de las enfermedades trasmisibles (…) incurre en sanción de privación de libertad de tres meses a un año o multa de cien a trescientas cuotas o ambas”.

Incluso, también contempla sanción de privación de libertad de tres a ocho años para “el que maliciosamente propague o facilite la propagación de una enfermedad”.

Ningún charlatán de ocasión, que se crea inmune al patógeno o a las legislaciones, podrá hacernos olvidar que vivimos una etapa crucial e inédita, en la cual la desobediencia a las leyes, la tolerancia excesiva y la indulgencia pública se convierten en rocas que terminarían aplastándonos.

Pero más allá de la necesaria aplicación de los decretos, vale preguntarse cómo es posible que a estas alturas algunos se sigan dando el triste lujo de autoinfectar su corazón, no digo el músculo cardíaco, sino el invisible árbol que habita en el centro del pecho y del que fructifican los sentimientos.

Aunque desplegemos más fuerzas policiales y sancionemos con mayor severidad a los infractores, si no cultivamos la sensibilidad, la cordura, el amor y el respeto por el circundante, será imposible derrotar ciertos virus. Probablemente con mano dura, la aplicación de la ciencia y el aislamiento social logremos dominar al SARS CoV-2, pero eso no basta para ganarles a la insensatez y al egoísmo.