Como prioridad la vida humana

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Por María Valerino San Pedro | 1 junio, 2020 |
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Desazón e impotencia, así puedo definir mis sentimientos desde hace más de 35 días, cuando supe que una persona apreciada, enfermó de Covid-19.

Está muy lejos de Cuba, en Estados Unidos, y allí ha tenido que enfrentar, en su casa, sin los medicamentos adecuados y al lado de sus familiares, con el sobresalto de contagiarlos, los terribles síntomas de una enfermedad letal que ha cobrado la vida de más de 5,9 millones de personas en el mundo.

Siempre que la pienso vienen a mi mente los casos relacionados con Granma que padecieron el nuevo coronavirus, incluidos dos niños, y que luego de hospitalización, atención esmerada, cuidados extremos, ingresos domiciliarios y seguimiento por el médico y la enfermera de la familia, ya están de alta epidemiológica, recuperados totalmente.

También ocupan mis pensamientos entonces la manera en que la población nos hemos visto precisada a actuar, de acuerdo con las medidas adoptadas, y todo para estar bien de salud.

Mi amiga ya está mejor, al menos sin peligro para la vida, pero no rebasa síntomas que a todas luces son el resultado de complicaciones mal manejadas propias de la enfermedad.

A ella nunca los estudiantes de Medicina le tocaron a la puerta para conocer su estado de salud con relación a las Infecciones Respiratorias Agudas, o su médico le hizo terreno diario para observarla, ni recibió dosis alguna del Interferón Alfa 2b Humano Recombinante, o de la Biomodulina T, ni ninguno de los restantes 22 medicamentos de primera línea para combatir la Covid-19 en Cuba.

Según me dice vía internet, debo sumarle a lo ya referido, “la incertidumbre, el miedo, la falta de transparencia, el no saber captar señales de que el sistema médico podía colapsar y no se preparó porque priman la individualidad, el egoísmo y las apariencias”.

El día 11 de marzo fue impactante para los cubanos, se detectó la entrada al país del SARS-Cov-2, que de a poco fue ganado en número de casos, de pacientes graves, críticos y hasta de fallecidos, amén de los ingentes esfuerzos que en las salas de terapia intensiva se realizaba y aún se hace.

La Covid-19 llegó hasta la “pequeña” isla del Caribe, quizás con el propósito de ensañarse como lo había hecho en grandes y desarrolladas naciones, pero no contó con que debía enfrentar aquí una barrera difícil de franquear: la fortaleza del sistema de salud cubano.

La respuesta de la Mayor de las Antillas se aprecia hoy, cuando el país muestra descensos en el número de nuevos casos, contagios e incremento de las altas médicas, lo cual es el resultado del protocolo empleado concienzudamente desde el inicio.

La estrategia seguida, sin aplicar el confinamiento obligatorio, cercó el virus y su cadena de trasmisión y elevó la respuesta inmunológica de sospechosos y pacientes, incluso antes de ser detectada la enfermedad.

Podemos señalar también, con orgullo, que al cesar las actividades escolares y eventos culturales, deportivos, recreativos y el transporte público; cerrar fronteras y aeropuertos excepto los casos precisos, se aislaron entonces los portadores potenciales.

Fueron decretadas cuarentenas en barrios con eventos de trasmisión local y fortalecido el sistema de pesquisas activas, las prioridades entonces se concentraron en el cuidado epidemiológico para la localización de los enfermos, sospechosos y personas cercanas a estos para su asilamiento en centros estatales diseñados al efecto, o en hogares si eras segundos contactos.

En fin, Cuba ha demostrado, con su Presidente y las máximas autoridades de Salud Pública al frente, cuánto puede hacerse cuando hay profesionalidad, organización y se tiene como prioridad la vida humana.