Sin estrechez, la cubanía

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Por Osviel Castro Medel | 20 octubre, 2018 |
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Varias veces, en fechas como esta, recuerdo una película protagonizada por el puertorriqueño Elmer Figueroa, conocido en todo el mundo como Chayanne, quien en esa cinta hizo de “bailador santiaguero”

Tal danzarín, extraordinario en sus movimientos rítmicos, visitó Estados Unidos y en aquel país admiró a miles, que lo aplaudieron hasta el frenesí.

Durante años el filme ha permanecido en mi cerebro,  no por su trivial argumento o por las espectaculares evoluciones del boricua, sino por una escena intrascendente en apariencia: al encontrarse con un compatriota de Villa Clara -según el guión- el saludo fue un “¡Qué bola, asere”, que los abrazó con alegría.

Ese encuentro “insignificante” nos deja, sin embargo, un mensaje que deberíamos analizar, porque nos está diciendo que en incontables lugares del planeta -incluso en nuestro propio archipiélago – se ha llegado a identificar lo cubano solo con el lenguaje de barrio, la gestualidad desmedida, el desenfado y la jocosidad.

Aunque también con algunos símbolos implantados hace un tiempo: la mulata voluptuosa, el ron, el tabaco,  el campo, la guayabera y el sombrero de yarey.
De seguro nosotros mismos somos los primeros responsables de que nos vean -y veamos- así. Y es que poco a poco,  sin percatarnos tal vez, hemos ido estrechando nuestra cubanía.

Porque muchas veces hemos dado esa imagen de chachareadores irreverentes o mal hablados y ha existido una construcción del cubano llena de aseres, moninas y consortes, ambias y cúmbilas, puras, jevas, locotas, ocambos y hasta de “brother”.

Sabemos que nuestros bailes, cocina, el arte, la pelota… también forman parte de la cubanía; mas no debemos estrechar esta a lo uno a lo otro. La cubanía es un concepto moldeable, perfectible, sintetizado en un conjunto de rasgos identitarios, formados en un largo proceso histórico, expresados en disímiles campos de la vida.

¿Por qué obviar a los próceres o la bandera? ¿Por qué igualar ese concepto, como pasa con una frecuencia preocupante, con la vulgaridad callejera? ¿Cuál es la razón que lleva un mismísimo 20 de Octubre a poner a todo volumen, en un escenario público a Shakira o, incluso, a las peores creaciones de Bad Bunny?

Hace dos años un intelectual de la talla de Luis Toledo Sande nos alertaba en el propio Bayamo, durante las celebraciones por el Día de la cultura, que “así como el robo es objetivamente más contrarrevolucionario que una consigna contrarrevolucionaria escrita en una pared, la grosería es profundamente anticultural, contraria a la mejor cubanía, y no se debe seguir permitiendo que los cultores de lo grosero actúen a sus anchas para que no se revuelvan políticamente, porque su vulgaridad, como el robo, es contraria a la Revolución y a la convivencia bien educada que ella necesita anticultural, contraria a la mejor cubanía”.

La esencia no radica en renegar del “asere”, ya incrustado en nuestro día a día. Pero hay tantas y tantas cuestiones en lo cubano que es lastimoso que lo pintemos solo como baile, palabra de barrio, risa o “chivadera”.

Fernando Ortiz, el sabio cubano del siglo XX, decía que la cubanía resulta, en resumen, una voluntad espiritual, “sentir el misterio de la trinidad” de este país: misterio por amar y poseer esta tierra (no importa dónde estemos), misterio por venir de ella, misterio por darnos a ella.

Dichos misterios tendremos que cultivarlos cada día con inteligencia ahora que se recrudece la llamada guerra de símbolos. Tendremos que ensancharlos con acciones para que nuestros padres fundadores vuelvan a cantar desde la manigua, junto a nosotros, el Himno que estremece más allá de los poros de la piel.