Telarañas blancas hasta el más allá

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Por Osviel Castro Medel | 31 mayo, 2018 |
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Érase un hombre que tenía fastidiado con su tabaco a un compañero ubicado a su diestra. El “tipo” fumaba y fumaba a su antojo hasta que el otro, en riposta, se cortó una uña del pie y la arrojó  dentro del único vaso de la mesa que compartían.

A la sazón, el fumador puso una cara de repugnancia y de asombro, y comprendió quizás que el acto indecente de su circundante había nacido como respuesta a un agravio suyo. Al final, terminó apagando su chimenea bucal.

La escena aparecía hace años en la televisión, pero resulta lamentable que se haya perdido o borrado. Nos enviaba  un mensaje excelente sobre la coexistencia humana, no muy entendida por cientos de fumadores empeñados, consciente o inocentemente, en llenar de nicotina los pulmones de sus semejantes.

El tema ha empapado tanto los medios de comunicación -sobre todo cuando se acerca el 31 de mayo, Día mundial sin tabaco – que ya a veces se mira como “bla bla bla”.  Acaso por eso, una gran parte de los lanzadores de “ceniza y colilla” haya dejado de ejercitar el principio básico de no perturbar a los demás y las medidas institucionales sigan siendo muy insuficientes.

En guaguas atestadas, gradas de cualquier estadio,  oficinas herméticas, en concentraciones populares… continuamos viendo a personas que se deleitan con sus cigarrillos o puros mientras otras  se mortifican con las nubes de humos dejadas en el aire.

Digo más: el cartelito de “No fumar”, representado de distintas maneras, en muchos escenarios parece significar todo lo contrario. Tal vez en el futuro deberíamos cambiarlo por uno que consigne: “Fume, que eso es sabroso para los demás” o por este: “Goce y haga gozar con su fumigación”.

Incluso, hay quienes se sulfuran cuando alguien les demanda irse fuera del “área de impacto” de su telaraña blanca.

Bromas aparte, el llamado “tabaquismo pasivo” merece una mirada más abarcadora y juiciosa, aun cuando muchas instituciones médicas lo hayan catalogado como “uno de los grandes problemas de la salud actual”.

Varias publicaciones científicas indican que solo el 15 por ciento del humo resulta inhalado por el fumador, mientras que el 85 por ciento restante  va la atmósfera. Este posee hasta tres veces más nicotina y alquitrán, y cinco veces más monóxido de carbono, sustancias tóxicas, que junto a la nitrosamina y el benzopireno  tienen repercusión negativa en el organismo.

De tal manera,  los no fumadores expuestos durante una hora a las exhalaciones de otros aspiran una cantidad equivalente a tres cigarrillos. Y ese hecho aumenta a un 30 por ciento el riesgo de sufrir una enfermedad coronaria o pulmonar. Además, supone mayores peligros para los pacientes “con problemas respiratorios y cardiacos” y empeora “patologías preexistentes como el asma y la bronquitis crónica”.

No basta, entonces, con campañas “sensibilizadoras”. Necesitamos –y volvemos con el “teque”- la aplicación de normas que impongan, prohíban y, sobre todo, eduquen. A fin de cuentas, las reglas de convivencia no siempre surgen espontáneas, aunque lo mejor es que lleguen como procesos naturales y no por decretos.

Por eso, a cinco fechas del 31 de mayo, me atrevo a sugerirles a los amantes de las cajetillas que si desean continuar con su “pasatiempo de relajación”, al menos construyan su nube nicótica en solitario y la vean alejarse entre tinieblas… hasta el más allá.