Todos debemos ser gestores del cambio

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Por Sara Sariol Sosa | 6 junio, 2017 |
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Basta de soñar señores, esta provincia no es un arcoíris de colores, y mientras todo no cambie, no se puede pensar en verdadero turismo.

Más o menos así, se resume el comentario hecho por un internauta al artículo publicado recientemente en La Demajagua Digital, y luego en nuestro semanario, sobre el desarrollo turístico de Granma.

Su opinión nos hizo pensar una vez más, y detenidamente, en cuánta apertura de pensamiento nos falta para entender que, en cualquier entorno o realidad, la mejor forma de facilitar el cambio es desarrollar en las personas el sentido de ser dueño del propio proceso de cambio.

Es muy difícil que las estrategias de transformación de Granma, como de cualquier provincia del país, fructifiquen, si no se involucran todos los entes sociales que cohabitan en la demarcación, si no se logra esa unidad indisoluble entre ambos, y tenemos clara la necesidad de accionar, de propiciar su vínculo efectivo en todos los procesos.

Se requiere desarrollar en la población una cultura que sirva de premisa para lograr los objetivos y metas del desarrollo, pues los instrumentos normativos y económicos diseñados no son suficientes por si solos.

El desarrollo comunitario debe tener como eje el desempeño del hombre, la toma de conciencia de este como miembro de la comunidad, además de sus relaciones emocionales positivas, el reconocimiento de una identidad, y el potenciamiento de capacidades individuales y colectivas para reconocer, asumir y solucionar problemas.

Tales elementos implican, como punto cimero, el desarrollo de hábitos y habilidades participativas, pieza cardinal en el propósito de que las personas y la propia comunidad resulten las protagonistas de su desenvolvimiento.

Sabemos que el mayor peso en las transformaciones, transita por decisiones e intervenciones estatales, pero estas se complementan con acciones de apoyo popular múltiples, que incluyen el compromiso personal con el encargo laboral, modos de actuación de los individuos, el aporte novedoso en la ambientación del barrio, diseño de servicios atractivos en el sector de contribuyentes, mantenimiento y cuidado de las inversiones de beneficio colectivo…

La participación es un elemento indispensable que hace posible poner a prueba y desarrollar las capacidades humanas para producir cultura, como elemento favorecedor de un verdadero desarrollo endógeno en tanto proceso de cambio y transformación.

Las carencias en ese sentido, constituyen un problema actual, que también necesita cambios.  Basta con ver, por ejemplo, algunos puestos de cuentapropistas, desaliñados, faltos de calidad en el servicio, alejados de los intereses y necesidades de su gente, porque solo los mueve el interés monetario particular.

Las personas que desean mejoras, deben involucrarse en estas, con iniciativa, creatividad y entregas individuales que favorezcan incluso su autorrealización y contribuyan a potenciar el desarrollo cultural de la ciudad donde viven, partiendo de la concepción de que ellos son objeto y sujeto de su propia transformación. Sobre esa base, es posible soñar.