Paquito echa humo

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Por Luis Carlos Frómeta Agüero | 10 diciembre, 2020 |
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Hace muchos años el viejo Francisco perdió su nombre y hasta los apellidos, culpa atribuida a los muchachones del barrio, empecinados en cambiarle la identidad al popular chofer, conocido como Paquito echa humo.

Las indirectas lanzadas a su persona eran tantas que apenas le importaban, las asimilaba como algo normal, cotidiano en su actuar, no se inmutaba cuando alguien le gritaba el sobrenombre.

En honor a la verdad ese golpe de insistencia cotidiana, para hacerlo más pasajero, lo relacionaba con lo sucedido a Alonso Quijano, a quien llamaron Don Quijote, en aquel lugar de La Mancha.

Unos dicen que lo de Paquito echa humo lo originó el tabaco que nunca separó de sus labios, otros afirman que fue debido al fallo sistemático presentado en el motor de su camión, cuando trabajaba en la empresa, o tal vez, porque se ponía en llamas frente a cualquier comentario relacionado con su esposa Carmela.

Ya no manejaba, ni fumaba y mucho menos se encolerizaba ante los malos comentarios, sin embargo los vecinos, para mantenerlo como “material de estudio”, comenzaron a llamarlo “Paquito gallo gordo”, porque “los gallos gallos cantan y cacarean”,

Al fin dejó de comprar cigarros, ahora los pedía hábilmente a otros fumadores empedernidos, quienes al percatarse de lo sucedido, nadie más le ayudó a satisfacer el mal hábito, de manera que dispuso abandonarlo y solicitó ayuda:

-Amigo mío, si quieres dejar de fumar, tienes que comerte un huevo en ayunas, otro al mediodía y otro antes de acostarte.

-Disculpa… ¿no será mucho huevo?

-Bueno…es lo que necesitas para dejar de fumar.

Felizmente ya nadie recuerda aquellos amargos momentos de Paquito echa humo, distinguido chofer de un camión de carga, sin embargo, la vieja anécdota que un día le colmó de risas más allá de la indignación del acontecimiento, aún está latente.

Cuentan que llegó a la ciudad de Matanzas, con la misión de llevar para su municipio varias gomas destinadas al trabajo de equipos pesados.

Luego de vencer la travesía de ida y regreso, llevó las mercancías hasta el lugar indicado, localizó al almacenero, se presentó y entregó la factura correspondiente.

El receptor paseó la mirada una y otra vez por el documento extendido y con gesto desaprobatorio lo devolvió;

-Lo siento, amigo mío, pero no puedo recibir esa carga -dijo el responsable adoptando extraña posición.

-¿Por qué? -preguntó y prosiguió-todo está claro en la cuenta.

-¡Mire, Francisco Pérez! -precisó irónicamente, a mí nadie me confunde y no quiero problemas con los auditores. En ese documento dice bien claro 50 neumáticos y lo que necesitamos aquí, son gomas para tractores­ ,¿comprende?.

Y refieren que ese día Paquito durmió con absoluta tranquilidad, aquel ingenuo empleado, con su inesperada respuesta, le devolvía el apellido pronunciado, que muchos olvidaron durante tantísimos años.

 

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