De pelotero y tornero a “repartidor” de justicia

Share Button
Por Osviel Castro Medel | 14 septiembre, 2020 |
0
Orlando Camps durante un desafío del campeonato de las Pequeñas Ligas, concluido en febrero de este año. FOTO/Ibrahín Sánchez

Tal vez pocos sepan que en una época conectaba batazos, jugaba la primera base y, a su paso por la Eide santiaguera Orestes Acosta,  soñaba con brillar en series nacionales.

Quizás no muchos conozcan que estuvo más de 40 años trabajando como tornero, un oficio que abrazó con una pasión inmensa, casi tan grande como la del béisbol.

“Yo soy un pelotero frustrado”, admite Orlando Camps Góngora, un hombre de referencia obligada en el arbitraje y que dialogó con La Demajagua durante más de una hora sobre su historia y varios temas del mundo deportivo.

Camps, a sus 68 años, merecedor del premio por la obra de toda la vida, otorgado por el Inder, habla con una sinceridad meridiana, cuenta anécdotas que reflejan enseñanzas, reconoce errores y comenta sobre los dilemas constantes de los árbitros.

“Si yo hubiera tenido la voluntad de ahora, a lo mejor hubiera brillado en la pelota; era vago y así no podía progresar”, reconoce.

“Participé en los séptimos Juegos escolares, pero no pasé de ahí. Coincidí con jugadores como el guantanamero Wilfredo Hernández  o las granmenses Ramiro Tamayo y Juan Aleaga, ellos llegaron a jugar nuestros clásicos, yo tuve que retornar a Bayamo porque el rendimiento no era el deseado”, dice este ser humano, que también ostenta la medalla Mártires de Barbados.

– ¿Y cómo llegó al arbitraje, una profesión que rara vez queda bien con el público, los peloteros o los directores de equipo?

– Amo al béisbol y quería seguir ligado a él de alguna manera. En 1969, a los 17, después de salir de la Eide, fui invitado a un curso de árbitros de la región oriental, impartido por Francisco Fernández Cortón (Panchito), Marío Cossío, Raúl y Manuel Hernández. Me quedé a un punto de aprobarlo, a partir de entonces comencé a trabajar como árbitro en la segunda categoría. Un año después pasé otro curso, pero este fue para todas las provincias del país. Fui el octavo expediente y en enero de 1971 llego como suplente a las series nacionales.

– No olvida su debut como “regular”

– Jamás, ocurrió en el Latinoamericano, en 1979 y nada menos que con transmisión de la televisión en una subserie entre La Habana e Industriales. Me dieron la responsabilidad de ser el principal en el segundo juego y por suerte me salieron bien las cosas. Franciso Belén Pacheco, el jefe de grupo, me felicitó y me dijo: “Hoy te graduaste de árbitro”.

– Pero esa graduación trajo después momentos amargos.

-Sí, varios. En cierta ocasión suspendieron a mi grupo porque aplicamos mal la regla respecto a un lanzador en un partido entre Industriales y Villa Clara. Y otra vez nos separaron varias subseries porque el árbitro de home y el de tercera no actuaron con un criterio de unidad después que uno decretó que un batazo era bola buena y el otro que era foul. Esos días fueron muy tristes y nunca los olvido.

“Aunque tal vez lo más amargo vino después: solicité unos meses para resolver problemas personales de una de mis hijas y cuando quise incorporarme me dijeron que había otro en mi lugar. Entonces estuve alejado del arbitraje como dos años hasta que Pedro García Lupiáñez, a quien le debo mucho, me convenció para que trabajara en la Liga de Desarrollo. Sin embargo, tuve que pasar otro curso para poder integrarme  otra vez a las series nacionales. Eso ocurrió en el año 2000”.

¿Qué se necesita para ser un buen árbitro?

-No basta con tener conocimiento de las reglas o de la mecánica del movimiento en un juego. Se necesita valor porque es preciso imponer la autoridad sobre la base del respeto. Además, si no existe el estudio diario y el aprendizaje de los que van delante, no podrás llegar a mucho.

-Recuerdo que antes cuando el público se metía con los “ampayas” les decía cuchilleros o “no trajiste los espejuelos”, pero hoy las ofensas son terribles.

– No solo a los ampayas son agredidos verbalmente, los peloteros y los directores también. Yo escucho las barbaridades que algunos le dicen a un hombre de tanto prestigio y tanta historia como Carlos Martí, que se ha desvivido para pelota, y me da una pena tremenda. Hemos ido en constante retroceso en los modales y en la educación.  Muchos no se dan cuenta de algo elemental: los que están en el terreno son personas de carne y hueso, que comenten errores y sufren cuando se equivocan.

– ¿En cuáles estadios se hace más difícil trabajar para los imparciales?

Antes era muy difícil trabajar en Camagüey, también en la Isla de la Juventud porque la afición está bien cerca del terreno. Pero hoy debo decirte con pesar que es en el país completo. Como decía, se han ido perdiendo los valores. A veces son unos pocos, pero cuando surge un coro enorme con ofensas que escucha todo el mundo no podemos decir que son cuatro gatos

– ¿Hay directores incómodos?

Sí. Víctor Mesa, por ejemplo, era muy complicado. Otro: Rey Vicente Anglanda. Pero cuando un árbitro se impone, cuando hace su trabajo bien la afición se da cuenta de quién es el problemático.

– ¿Por cuáles directores y peloteros ha sentido mayor admiración?

– De los mentores pudiera mencionar a Jorge Fuentes, que para mí es un referente siempre. También están los casos de José Manuel Pineda y Eduardo Martín. Entre los peloteros hubo muchos, aunque los que más me impresionaron por su caballerosidad y porque rara vez discutieron con los árbitros fueron Antonio Muñoz, Fernando Hernández, Omar Linares y Antonio Pacheco.

-Estuvo en varios eventos internacionales en Cuba, como los Juegos Centroamericanos de 1982, los Panamericanos de 1991 o el campeonato mundial de 1984. Sin embargo, apenas viajó al exterior.

Será que no tuve suerte (hace una pausa y sonríe). Me dijeron que iba a impartir un curso en El Salvador y se cayó el viaje, luego que iría a Panamá y tampoco. Mi único evento internacional en el exterior fue el Mundial de Cadetes de China Taipei, celebrado en 2009.

– Casi inmediatamente después se retiró de nuestras campañas, por qué?

– Sentí un mareo en un partido en Ciego de Ávila, vinieron varios chequeos médicos. Todo estaba OK, tal vez fue el sol, que castiga fuertemente a los árbitros. La verdad es que en el año 2010 decidí terminar. Pero seguí en las series provinciales. Tengo el orgullo de haber trabajado en 40. Y no te creas, el año pasado tuve que participar en el campeonato  de las Pequeñas Ligas.

– ¿Cómo es la historia de la tornería?

– Luego de terminar en la Eide estudié esa especialidad en la Escuela Técnica (Se refiere a la Escuela Politécnica Industrial General Milanés). Alternaba la tornería con el arbitraje, sobre todo en los meses en los que no había serie nacional. Trabajé en la fábrica de implementos agrícolas 26 de julio. Allí me jubilé después de 44 años de trabajo.

– Lo hemos visto correr muchas veces por las calles de su natal Bayamo

– Ya no corro, ahora troto. Lo hago desde hace 30 años, primero eran 10 kilómetros todos los días, ahora son siete tres veces a la semana. La idea me la inculcó Vicky Montero, ya desaparecido. Siempre recuerdo sus consejos. De todos modos me ejercito de lunes a domingo.

¿Cuánto sufren, critican o sugieren los familiares?

– Ni te lo imaginas. Mi familia nunca fue a un juego de béisbol porque no quise que sintieran la presión del público. Mi madre, Adis, y mi padre, Orlando, quienes ya no están en este mundo, me criticaban cuando me equivocaba. Le debo muchísimo a Mercedes Guerra, con la que llevo 43 años de casado, tengo dos hijas  (Kenia y Adis Lidia) y tres nietos. Ellos  me dan toda la energía para seguir luchando, porque todavía trabajo voluntariamente, como asesor de reglas y arbitraje en la comisión provincial. Me siento útil y continuaré hasta que me queden fuerzas.

Orlando Camps durante un desafío del campeonato de las pequeñas ligas. FOTO/Ibrahín Sánchez

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *