Perucho, en el crisol de la Patria

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Por Redacción La Demajagua | 17 agosto, 2020 |
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La segunda mitad del siglo XIX en Cuba estuvo caracterizada por el creciente fervor  revolucionario, fundamentalmente en el Oriente de la isla, donde ocurrieron acontecimientos trascendentales que, en 1868, darían inicio a la lucha de los cubanos para
alcanzar la independencia de la Patria.

En la jurisdicción de Bayamo, nació, el 18 de febrero de 1818, Pedro Figueredo Cisneros (Perucho), quien integró las filas de quienes iniciaron la lucha por la independencia. Su familia, de buena posición económica, le propició los primeros estudios en su
ciudad natal y luego, en La Habana, donde alcanzó el bachiller en Filosofía.Sus condiscípulos, por el carácter y valentía, lo llamaron el Gallito bayamés.

Se tituló en Derecho, recorrió varios países europeos. Regresa a Cuba, se desempeña con notables resultados en los procesos judiciales, es un hombre culto con conocimientos musicales y predilección por el piano.

También ejerció el periodismo. La situación que sufría la Mayor de las Antillas lo llevó a incorporarse al grupo de bayameses que iniciarían los procesos conspirativos para cambiar el orden imperante en la colonia.

En su hogar, aledaño a las plazas de Armas y de la Parroquial Mayor, se reunieron Perucho Figueredo, Francisco Vicente Aguilera y Tamayo, y Francisco Maceo Osorio, el 13 de agosto de 1867, con el objetivo de concretar ideas y objetivos para organizar la dirección de la lucha armada, por lo que acordaron convocar para el día siguiente una reunión con otros patriotas bayameses y constituir un Comité Revolucionario, terminada esta, antes de despedirse, Maceo Osorio le expresó a Figueredo:

“Se puede decir que ya estamos reunidos en Comité de Guerra. Pues bien; ahora te toca a ti, que eres músico, componer nuestra Marsellesa”. Esa madrugada del 14 de agosto de 1867, sentado al piano, Perucho creó la música de lo que sería el Himno de Bayamo.

El 11 de junio de 1868, en las festividades del Corpus Christie, en la Parroquial Mayor de Bayamo, la melodía con su orquestación, realizada por el Maestro de Capilla y director de
orquesta, Manuel Muñoz Cedeño, se escuchó con todo su vibrante mensaje
en el templo, agolpado por los bayameses, entre estos una buena representación de los conspiradores y del alto mando español, encabezado por
el gobernador Julián Udaeta. A partir de ese momento la Revolución contaba con su Himno.

Continuaron las labores conspirativas en diferentes localidades del Oriente, que tendrían su instante definitivo el 10 de octubre de 1868, cuando el bayamés Carlos Manuel de
Céspedes y del Castillo se alzara en armas, en su ingenio Demajagua, en la jurisdicción de Manzanillo, iniciando las luchas por la independencia. La noticia se extendió rápidamente y las principales figuras implicadas en la conspiración procedieron a salir de Bayamo hacia lugares seguros.

Figueredo marchó a su ingenio Las Mangas, allí llegarían, el día 13, los tres comisionados por las autoridades españolas de la ciudad, con la propuesta de mediación y seguridad
de libertad a los involucrados. Perucho escuchó las argumentaciones y respondió tajante y decidido: “Yo me uniré a Céspedes y con él marcharé a la gloria o al cadalso”, sus palabras
serían premonitorias.

La lucha se incrementó, comenzó el asedio insurgente a Bayamo el día 17, después de cruentos combates la ciudad fue tomada el 20 de octubre, en medio del júbilo imperante, el pueblo, que colmaba los alrededores de la Plaza de Armas y la Parroquial Mayor,
entre los vítores triunfantes, pidió a Perucho, que integraba la caballería
mambisa, la letra de la música ya conocida por muchos.

Allí se unirían la letra y la música del Himno, que convocaba al combate
por la independencia de la patria. Ese día, los hombres y mujeres en la ciudad liberada elevaron sus voces en un canto sublime a la libertad.

El movimiento revolucionario toma auge, la ciudad vive una creciente actividad y el gobierno patriótico toma significativas decisiones y adopta medidas a favor de los cubanos, los españoles organizan importantes fuerzas militares al mando de Blas Villate,
Conde de Valmaseda, con el objetivo de derrotar la insurrección y retomar a Bayamo.

Tal ofensiva, conocida como la Creciente de Valmaseda, caracterizada por su crueldad y ensañamiento con la población civil, llevó al asedio de Bayamo, es cuando las fuerzas patrióticas y una gran parte de la población determinaron, ante la imposibilidad de su defensa, quemarla. El 12 de enero de 1869, las familias, entre estas la de Perucho,
iniciaron el éxodo hacia los montes y montañas, para escapar del terror desatado por las fuerzas españolas contra los pobladores de la ciudad y del campo.

Continuaron las acciones militares por ambos bandos y el 10 de abril de 1869 se inicia la Asamblea de Guáimaro. En esta es designado Subsecretario de la Guerra de la República en Armas, renuncia ante la destitución de Manuel de Quesada, General en Jefe del Ejército
Libertador, Céspedes no la acepta.

En agosto de 1870 aumentan las acciones españolas contra las fuerzas cubanas. La familia de Figueredo se refugia en los esteros de Jobabo.

En aquel sitio, establecieron rancheríos ocultos, fueron atacados y dispersados, a Perucho le llegó la noticia y se dirigió a su búsqueda, estaba enfermo de tifus y con los pies ulcerados de las difíciles caminatas. La delación de Luis Tamayo, antiguo soldado a sus
órdenes, propició su captura. Se defendió tenazmente, incluso intentó quitarse la vida para no caer prisionero, pero sus mermadas fuerzas impidieron ese propósito.

Lo trasladaron por barco, primero a Manzanillo, y luego a Santiago de Cuba, donde llegó el 15 de agosto junto a Rodrigo e Ignacio Tamayo, quienes también habían sido apresados.

Al otro día, los sometieron a Consejo de guerra verbal, y Figueredo manifestó a los jueces: “Soy abogado y como tal conozco las leyes y sé la pena que me corresponde. La de muerte.
Pero no por eso crean ustedes que triunfan, pues la Isla está perdida para España; el derramamiento de sangre que hacen ustedes es inútil y ya es hora de que reconozcan su error. Con mi muerte nada se pierde, pues estoy seguro de que a esta fecha mi puesto
estará ocupado por otra persona de más capacidad”.

Cumplieron la sentencia en la mañana del 17 de agosto de 1870, le pidieron a Figueredo que se pusiera de rodillas, pero se mantuvo en pie, firme y retador ante la muerte, lo fusilaron contra los muros del Matadero municipal.

Afirman que sus labios entonaron la estrofa sublime de “morir por la patria es vivir”. Así ofrendó su vida este insigne patriota, que todo lo entregó para lograr la independencia de
Cuba. Este ejemplo, a 150 años de su sacrificio, sirva de guía y paradigma a las actuales y futuras generaciones de cubanos.

Por CARLOS E. RODRÍGUEZ LORA, especialista Centro provincial de Patrimonio Cultural

Fuentes
1.- El Himno. Libro Bayamo. José
Maceo Verdecia. Proyecto Memoria,
Ed. Bayamo 2009, p.42.
2.- Ibidem. Los tres comisionados. p.62.
3.- Ibidem. Figueredo. p.140.

 

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