Pospongo los abrazos

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Por Osviel Castro Medel | 24 marzo, 2020 |
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Hace varios días conté en las redes sociales la escena de un hombre que se molestó al extremo cuando intentó saludar a una amiga en la entrada de una institución pública y esta le esquivó el beso diciéndole: “Recuerda el nuevo coronavirus”.

El sujetó la miró con la peor cara y hasta le respondió:  “¿Qué bobería es esa? Llevo días sin verte y mira con lo que te apareces”. Pero ella, al fin, fue más sabia pues sentenció: “En el futuro me lo agradecerás”.

Debo subrayar que desde aquel episodio he visto crecer los “saludos japoneses”, los toques de codo y otras formas de saludo a distancia. Sin embargo, también es cierto que pese a todas las explicaciones científicas u ordinarias y a las medidas extremas de los últimos tiempos, muchas otras personas siguen buscando el roce de caras y dedos o el apretón efusivo que solíamos darnos antes en cada fecha del calendario.

Esta propia semana, en un servicentro de Cupet, un amigo me tomó casi por la fuerza de la mano mientras trataba de esquivarlo y me soltó delante de todos: “Los hombres de verdad no creen en virus ni ocho cuartos”.

En todo caso sería lo contrario: los virus no creen en supuestas hombrías, en edades o sexos, ni en cuentos de camino.

Al repasar sus palabras me cuestionaba si todos los ciudadanos entenderán que no resulta un extremismo acatar las orientaciones de los especialistas, quienes exhortan a mantener las distancias prudentes, hablar poco o no hablar, prescindir del toque de ojos, boca y nariz, evitar las aglomeraciones y lavarnos las manos con la frecuencia y el rigor que antaño no teníamos.

Bien sabemos que aunque se han hecho advertencias del riesgo potencial en que vivimos, hay cientos de individuos que siguen viendo como “exageraciones” varias de las medidas profilácticas para sujetar el SARS CoV-2.

Ese es uno de los mayores desafíos de esta era: formar una conciencia general que conduzca a eliminar prácticas sembradas con los años o con las tradiciones y a asumir otras nuevas vinculadas con la salud personal y grupal.

Una probabilidad se nos hace certeza mientras galopa el reloj: tendremos en el futuro otras enfermedades  similares a esta, por lo que nunca deberíamos actuar como hicieron algunos cuando una década atrás nos azotó la Influenza A (H1N1).

Hubo entonces ciudadanos que llegaron a mofarse de disposiciones puestas en práctica en lugares públicos y tal despreocupación acrecentó el peligro. Al respecto, recuerdo un cartel colocado en cierta unidad de Cimex: “No se moleste, pero en este local no se permiten besos, abrazos, saludos con las manos o cualquier otro acto que pueda transmitir la Influenza”.

Hoy  valdría la pena colocarlo -y mejor aún ponerlo en práctica- en muchísimos lugares, como modesto grano de arena en la batalla contra esta nueva afección que puede ser letal.

Por desdicha, el nuevo coronavirus – declarado como pandemia por la Organización Mundial de la Salud- es mucho más agresivo que otras enfermedades recientes. Eso debería conducirnos a tomar más precauciones y a elevar la famosa percepción de riesgo.

En cuanto a mí, he pospuesto, con cierto dolor pero con la conciencia tranquila, los saludos cercanos hasta con mis tres hijos y mi madre. Ya tendremos oportunidad, como nos decía nuestro presidente,  Miguel Díaz-Canel, de abrazarnos y besarnos cuando hayamos vencido en esta complicadísima batalla.

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