El Prado, más que una leyenda habanera

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Por Prensa Latina (PL) | 9 noviembre, 2019 |
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La Habana  – Luego del primer sitio de esparcimiento y recreo dentro del sector amurallado de La Habana, la Alameda de Paula, el crecimiento de la villa hizo que en 1772 se inaugurara un espacio similar extramuros: el Paseo del Prado.

Se le denominó así por su semejanza con la arteria madrileña de igual nombre; no obstante, luego también se le llamó Paseo de Extramuros, Alameda de Isabel II, Paseo del Conde de Casa Moré y con el advenimiento del siglo XX, Paseo de Martí, aunque para el habanero común es sencilla y llanamente: El Prado.

Similar a como lo es hoy, en sus inicios se extendía desde la explanada del Castillo de la Punta ?a la entrada de la bahía? hasta la puerta del teatro Tacón, hoy nombrado Gran Teatro de la Habana Alicia Alonso.

Posteriormente, aunque con diseño diferente, se extendió su delineado hasta la Plaza de Marte, actual Parque de la Fraternidad.

Desde sus inicios tuvo la peculiar estructura que ha conservado a través del tiempo: ancho espacio peatonal y para carruajes al centro (inicialmente de tierra) y frondosos árboles en sus bordes.

Su apariencia actual, con bancos de piedra y mármol a los lados, peculiares farolas, copas y laureles, la adquirió en una remodelación concluida en homenaje al 10 de octubre de 1928.

Los emblemáticos leones, ocho en total, observan inmóviles a los habaneros desde enero de 1929 y fueron fundidos con material de los cañones que en la época colonial defendieron la ciudad de los ataques de corsarios y piratas.

Desde su inauguración el lugar se convirtió en sitio favorito de recreo para los habaneros de entonces, tal y como lo refleja una crónica de 1841: ‘el paseo por esa alameda empezaba a competir, y acaso a sustituir al de la Plaza de Armas, por su mayor extensión y amplitud, más adecuadas a la importancia y población que iba adquiriendo la ciudad’.

La prensa de la época también describe que era posible escuchar hasta cinco bandas de música a lo largo del recorrido y que durante las fiestas de carnavales era el punto culminante de los populares ‘paseos’, un espectáculo desbordante de color y alegría que con el tiempo dio renombre a La Habana.

CON HISTORIA Y PERSONALIDAD PROPIA

Una vez iniciado el derribo de las murallas, en 1863, comenzó la urbanización del entorno del Prado, el cual se convirtió en zona aristocrática de la ciudad toda vez que se erigieron a ambos lados del Paseo las más suntuosas y elegantes mansiones de la clase adinerada.

Junto con las edificaciones se conformaron sus esquinas, ‘cada una con historia y personalidad propias’, asegura el historiador y periodista Eduardo Robreño Deupy en su libro Cualquier tiempo pasado fue?

El autor describe cómo en la esquina de Malecón y Prado existía desde fines del siglo XIX una glorieta que era popular por las retretas ofrecidas cada tarde por la Banda del Estado Mayor del Ejército, sitio de reunión para los bailadores de la época y donde se efectuaron además algunas peleas de boxeo y las primeras transmisiones radiales en Cuba.

Por su parte, en la intersección de la calle San Lázaro se levantó a finales del siglo XIX el café El Tiburón, famoso entonces por sus ofertas de bebidas europeas, básicamente ginebra.

La esquina de Prado y Cárcel debe su nombre a que allí se erigió el macizo y tétrico edificio que durante años sirvió de prisión y donde sufrieron martirio muchos patriotas habaneros por ansiar la libertad de Cuba.

Ya en el siglo XIX, una vez derribado el penal, se levantó allí un hotel en cuya planta baja se estableció la agencia de ventas de los entonces muy modernos automóviles norteamericanos Packard y Cunninghan.

Un siglo después, gracias a la restauración, se encuentra en ese sitio el flamante hotel Packard, el cual muestra, en armonía con una sobria modernidad, su fachada original.

Mientras tanto, en la de la calle Genios, llamada así por la fuente de igual nombre que estuvo enclavada durante años en esa intersección, había un espacioso caserón de tres pisos donde funcionaron durante décadas los juzgados de Instrucción y Primera Instancia de La Habana.

En la esquina de Refugio -de acuerdo con Robreño- edificó una mansión Frank Steinhart, un simple sargento de las tropas norteamericanas que escamotearon la independencia de Cuba en 1898 y que, fruto de una amañada concesión, a los pocos años ya era zar del transporte en la ciudad.

Más adelante está la bulliciosa intersección de Prado y Colón, donde aún hoy se levanta el cine Fausto, que en sus inicios fue un animado recinto de madera, sitio preferido de los primeros habaneros amantes del séptimo arte.

Justo en la esquina de Trocadero, el general José Miguel Gómez, -presidente de la República entre 1909 y 1913 que el pueblo cubano bautizó como ‘tiburón’ por aquello de ‘se baña? pero salpica’-, se construyó una fastuosa residencia, la cual la suspicacia popular asoció a fondos provenientes de la lotería nacional.

La siguiente calle es Ánimas, que merece detenerse un instante e inclinar la frente, porque allí permanece desde mediados del siglo XIX ?hoy con renovada belleza y sobresaliente restauración? el colegio del señor Mendive, donde se fraguaron el alma sublime y el temple patriota del más eminente de sus alumnos: el Apóstol de la independencia cubana, José Martí.

Fue en Prado y Virtudes, donde originalmente radicó el café El Pueblo y a inicios del siglo XX se levantaron los inmuebles de los periódicos La Noche y La Nación.

Diagonal al Parque Central, en Prado y Neptuno, se encontraba en la época colonial el Bodegón de Alonso, una especie de taberna de la que eran dueños dos ricos españoles, padre y tío de Alonso Álvarez de la Campa, uno de los ocho estudiantes de medicina injustamente fusilados por el gobierno español el 27 de noviembre de 1871.

Posteriormente, en ese mismo lugar se erigió el café Las Columnas, en alusión a la forma de sus portales y en cuya planta alta se estableció un salón de bailes donde, años después, el maestro Enrique Jorrín compuso su eterno cha cha chá La Engañadora.

Luego del Parque Central está la esquina de San José, en la que se erige el teatro Payret, convertido en cine, y en la acera de enfrente se impone majestuoso y recién restaurado, el Capitolio Nacional, símbolo de la ingeniería civil cubana.

Así, a cada paso, se siente que el Prado habanero conserva, de conjunto con la imprescindible modernidad, el sortilegio de su entorno, la hidalguía de su pasado y el encanto de su presente.

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