El radio o la yegua

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Por Luis Carlos Frómeta Agüero | 9 enero, 2021 |
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Cari8catura JUAN RODRÍGUEZ LICEA

Nicolás Ramos era un tipo estelar, cubano al ciento por ciento: dicharachero, ocurrente, bailador, tocador de órgano, humorista por excelencia, buscavidas y creador de tantísimos cuentos y anécdotas populares, cuyas salidas ingeniosas encontraron siempre el reservorio ideal para fomentar la memoria cultural de su pueblo.

Sin embargo, su nombre oficial poco trascendió desde que alguien lo bautizó con el seudónimo de Manchiny; así quedó plasmado para siempre en el libro de los inmortales este hombre que supo espantar los malos tiempos y alegrar la vida con la botija costumbrista de su imaginación.

Muchas son las anécdotas atribuidas a este Lazarillo de Tormes cubanizado, que durante años mantuvo la diaria preocupación de cómo alimentarse o timar al más avispado de los vecinos.

Por eso hoy, con el permiso de quienes conocieron de cerca las venturas y sinsabores de este clásico juglar niquereño, que supo explicar hasta lo irracional, ofrezco mi versión de uno de sus más connotados pasajes picarescos, recreado con la misma dinámica de su oralidad.

Una tarde cuando los rayos del sol apenas se proyectaban sobre los tejados del barrio, Manchiny, con algunas copas de más, escuchaba las noticias en su radio portátil, amigo inseparable y fiel compañero;

-Dime, Manchi, ¿cómo está la cosa?, decían los vecinos al pasar, hasta que una señora clavó la mirada en aquel aparatico difusor de música e informaciones, que el referido susodicho sujetaba con cuidado sobre sus piernas.

La propuesta no se hizo esperar:

-Mire, amigo, estoy interesada en su radio. Se lo compro-dijo ella..

-Señora, ¿quién le dijo que el Manchi vende lo que con tanto sacrificio conquistó? Este radiecito VEF es mi vida-precisó él.

Por un instante ella se quedó sin palabras, pensó en el rotundo fracaso de la propuesta; pero al fin, no vencida, volvió a la carga. -Está bien, le propongo otro trato.

-Bueno…, usted dirá, yo la escucho-dijo Manchiny un tanto despreocupado.

-Tengo una yegua que es divina, inteligentísima, y, por cierto, muy obediente, cumple cualquier orden al pie de la letra y no falla. –puntualizó la señora.

-¿Y…?-preguntó el Manchi.

-Que si usted se lo propone, le puede sacar un buen provecho a la bestia.

El Manchi quedó absorto por un instante. Pensó en la yegua, lanzó una mirada a su radio de pilas y con la marcada tendencia a economizar palabras le respondió:

-Bueno, señora…está bien, si su yegua canta mejicano y da noticias como Radio Reloj… entonces hacemos el trato y no hay más que hablar.

 

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