Regazo de madre

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Por Osviel Castro Medel | 13 mayo, 2018 |
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FOTO/ Rafael Martínez Arias

Resulta difícil que alguien haya dejado de zambullirse en su regazo, porque ella en todo tiempo supo curar los ataques de nostalgia, la sal de una lágrima o el cansancio de un viaje a lo imposible.

Cuando la duda apretó sus tuercas dentro de la mente, cuando surgió el secreto por un paso con la izquierda, cuando nuestras rodillas temblaron por culpa o emoción… ahí estuvo ella.

Cuando brotó la noticia tremenda por un triunfo escolar o un acontecimiento que sacudió a la familia, cuando parecía que íbamos a precipitarnos a la derrota dolorosa… ahí estuvo ella.

Estuvo con su voz, que es como un otoño sanador de todo, con su regaño reparador de yerros, con el ovillo de su hilo para no salirnos de la ruta complicada de la vida.

Qué criatura para hacer menos abrupta una beca, más glorioso un simple arroz blanco, más emblemática una flor temblorosa en una mano.

Qué criatura para velarnos el sueño, incluso después que nuestras anatomías fueron montañas; para bajarnos una fiebre elevada con un leve rocío; para quebrarnos la garganta cuando tuvimos que despedirnos desde una ventanilla.

Qué mujer para hacernos amontonar recuerdos cuando el almanaque o el azar la hizo partir, para mojarnos la mirada cuando vimos su foto colgada cada día en la pared del corazón; para calentarnos el alma cuando acudimos a la morada desde la cual nos habla, estremecedoramente, en silencio.

¿Alguien será capaz de contar la probidad que habita más allá de su historia o de sus actos? ¿Alguien se atreverá a constreñirla en un poema o en el gesto de un domingo de mayo?

Una madre no cabe ni siquiera en una estrella. Es el soplo que tiene de eternidad y encanto, el refugio al que volveremos una y otra vez… ¡siempre!

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