Registro de patentes, garantía para los creadores

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Por Agencia Cubana de Noticias (ACN) | 10 septiembre, 2015 |
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El  desarrollo de la Humanidad avanza hoy a ritmo tan acelerado, que resulta difícil seguir los constantes aportes de la ciencia y la técnica y retener los nombres de quienes logran, con su talento,  innovaciones o descubrimientos  saltos cualitativos en la sociedad.    Nuevos medicamentos, vacunas, tecnologías y hasta armas de  destrucción masiva nos sorprenden cada día con solo asomarnos a Internet, una de esas invenciones que más rápido se ha generalizado a nivel del planeta.

No obstante, la historia guardará siempre el nombre de aquellos que plantaron las primeras semillas de la investigación científica y legaron al mundo las bases para el desarrollo de la civilización.

Habrá que agradecer eternamente a Copérnico, Galileo, Einstein, Marie Curí, al descubridor del agente transmisor de la fiebre amarilla,  al de la penicilina y al de la pólvora, entre otros, que debieron sortear escabrosos caminos para  validar sus singulares teorías.

Sin embargo, la humanidad quizás no fuera lo que es, de no haber contado también con otros pequeños  innovadores empeñados en facilitar el quehacer diario de los ciudadanos.

De no ser por esa legión de inventores prácticos no tendríamos hoy la rueda,  el saca corchos,  el cepillo, la escoba  o la tasa sanitaria, entre otros muchos elementos, que por cotidianos, pasamos por alto sin pensar a quien se le ocurriría  la idea primaria.

Así ocurre con el abrelatas, ese sencillo instrumento manual, cuya paternidad es hoy indescifrable  entre el británico Robert Yates, en 1855, y el estadounidense Ezra Warnet, tres años más tarde, pero que facilitó la acción de abrir las latas en conserva,  ideadas por  Nicolás Apper  y patentadas por el inglés Peter Durand en 1810.

Otro tanto sucede con el detergente, tanto en polvo, como en tabletas o líquido, que en la actualidad resulta imprescindible en las tareas de limpieza y  cuyo descubrimiento tal cual lo conocemos, apenas rebasa una centuria.

Pancracio Celdrán, autor de \”El Gran Libro de la Historia de las Cosas\”, recuerda que muchos investigadores trabajaron  desde el siglo XIX en la búsqueda de una sustancia jabonosa, pero su obtención a escala comercial siempre resultaba muy cara.

Solo en 1916 vio la luz en Alemania el primer detergente sintético, cuyo origen se engloba dentro de las alarmantes necesidades que sufrió la población en el transcurso de la Primera Guerra Mundial; más no fue hasta  1945 que  la publicidad  dio a conocer el producto y extendió su uso a escala global.

Algo similar tuvo lugar con el refresco gaseado, ese que actualmente se consume  de todos los sabores, a todas las edades y en todos los países.
Pocos conocen que su primer uso  llegó por prescripción médica, según  describe el referido texto:
\”En 1807, el médico norteamericano, padre de la cirugía en su país, Philip Syng Physic, encargó a un químico amigo suyo la preparación de un agua carbónica para cierto paciente aquejado de dolencias estomacales. Para hacer más grato el preparado, disolvió en él un edulcorante de sabor agradable “.

El éxito del brebaje fue asombroso, pero lo difícil resultó convertir el experimento médico en un producto comercial, aunque no imposible.

Este paso  le correspondió a  John Mathew,  en 1832, con suficiente poder económico para  inventar  un sistema que  saturara el agua con gas carbónico.

A finales del siglo XIX la gaseosa se apoderó del mercado  y siguió paso a paso su evolución en sabores y marcas hasta nuestros días.

Como los ejemplos anteriores, otros muchos concebidos por la ingeniosidad humana nos hacen hoy mucho más asequibles las actividades domésticas y cotidianas.

Quizás  usted también tenga soluciones que aportar, pero sólo pasarán a la historia si logra inscribirlas en el registro de marcas y obtener una patente.

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