Responsabilidad compartida

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Por Yelandi Milanés Guardia | 5 septiembre, 2019 |
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En estos días de inicio de clases es imposible evitar recordar a quienes con gran esfuerzo y sapiencia contribuyeron decisivamente en nuestra formación integral, los cuales en muchos casos dejaron una huella imborrable en nuestra mente y corazón.

Pero aquellos seres, afortunadamente no estaban solos en su incesante anhelo de convertir a sus pupilos en personas instruidas y de bien, algo que lamentablemente hoy no es muy común, porque muy pocas familias apoyan su labor formativa y no se preocupan por el comportamiento de los estudiantes.

He visto y oído a muchos padres o tutores legales expresar que quienes deben preocuparse porque los menores aprendan, se eduquen y comporten bien son los maestros, despojándose fríamente de esa gran responsabilidad.

Recientemente escuché a una persona decir que las vacaciones debían durar 15 días, no por los deseos de trabajar, sino para que los infantes permanecieran menos tiempos en la casa, porque según su criterio no es fácil aguantar dos meses a los muchachos.

Entonces me pregunto si será sencillo para un educador permanecer 10 meses y alrededor de 8 horas diarias frente a esos noveles que algunos no toleran en su hogar y que ellos con tanto amor tratan de conducir por el buen camino.

¿Debe ser solo interés de los maestros su comportamiento actual y futuro, o justificable la actitud violenta y desafiante de algunos progenitores ante la llamada de atención a su niño por un mal proceder?

Por supuesto que no, porque la educación debe ser una labor compartida entre la escuela y el hogar, y si se debe sobrecargar una de las partes con esa importante tarea, considero- sin ánimo de sentar cátedra en el tema ni arrojarme el derecho de la razón- que sea el ámbito familiar.

Creo que nos hizo mucho daño delegar la mayor parte de la formación en los profesores y despojar a los padres de esa responsabilidad, porque de nada vale que en las aulas se vele constantemente por sus hijos y que cuando estos lleguen a casa, papá y mamá le permitan hacer lo que les venga en gana.

Aún recuerdo como en otros tiempos fui criticado y regañado por mi madre después que en mi centro escolar le daban una queja. El día que incurría en una indisciplina prefería la reprimenda del profe antes que la de mi madre, pues siempre era mayor, y aunque no soy perfecto, ni lo intento ser, hoy entiendo que debo agradecer a esos castigos el no haber equivocado mi rumbo en la vida.

Cuántos noveles malcriados y defendidos sin razón, hoy son personas que generan serios dolores de cabeza a sus progenitores y son la deshonra de la familia, simplemente por no corregir a tiempo su mal comportamiento.

Sin dudas, educar no es un trabajo simple pero cuando padres y maestros llevan de la mano a los estudiantes, el resultado siempre será positivo.

Realmente no soy un especialista en pedagogía, ni tengo la verdad absoluta de cómo deben formarse a las nuevas generaciones, pero considero que cuando se fusionan hogar y escuela el saldo, indudablemente, será beneficioso.

Para aquellos que se desentienden de sus hijos cuando van a su centro escolar, quisiera recordarles que como bien reza una frase martiana “la educación comienza en la cuna y termina en la tumba”, y obviamente, esos dos lugares están muy distantes de las aulas.

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