Retrato de Bayamo

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Por Osviel Castro Medel | 4 noviembre, 2020 |
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FOTO/ Armando Yero La O

A esta hora, cuando ella se retoca el rostro —no para fiestas, pues hay circunstancias que las impiden— le sigo mirando la piel; la sigo besando y admirando. No lo hago solo por el cumpleaños —el 507—, sino, sobre todo, como miles de sus hijos, porque el halo de la celebración impulsa al gesto y a zambullirnos en sus leyendas ciertas.

Leyendas de libertadores a lomo de caballo,  leyendas de una obra literaria que habla de espejos y sublevaciones;  de luces que proyecta Hatuey en su rebeldía desde Yara, donde primero se asentó la villa.

En cada noviembre volvemos a ver los fuegos de Bayamo; no solo los de la quema gloriosa y asombrosa que la redujo a vigas llameantes e hizo decir a los españoles: “¡están locos!”, también los de la primera canción trovadoresca y romántica, los del primer Himno, los del primer Gobierno Revolucionario, los de la primera Plaza de la Revolución, los de la primera ciudad libre…

Volvemos a los poemas de Zenea, fusilado y nunca bien estudiado; o a los versos de José Joaquín Palma, reclutador de Máximo Gómez en El Dátil. Vemos el piano de Perucho incinerado por él mismo en ese incendio de enero y entonces repetimos: Qué grandeza de aquella generación, que de los espacios señoriales se fue a vivir debajo de las palmas y a cocinar entre sonidos de grillos y sinsontes por aspirar a la libertad.

Miramos el 5 de noviembre —día fundacional— a los que tienen pocas estatuas aquí y nunca deberían ser estatuas sino seres vivos: Maceo Osorio, Aguilera, Rosa La Bayamesa, Adriana del Castillo, Luz Vázquez… el mismísimo Carlos Manuel, padre, patricio y primogénito.

Pero nos convencemos de que este pedazo sagrado de Cuba no solo es pretérito; es también campanada actual para otras ciudades que se quedaron en almohadas; es imperfección de calles en Manopla, «Jabaquito» o «Cajiga», que acentúa lo mucho que le falta todavía por crecer; es el paseo de General García abarrotado o en calma, y la cera hecha vida y personaje en un museo único de la nación.

Bayamo es el ajedrez en los corredores, es el parque museo antes cuartel, el helado cremoso aunque con inconstancias, la rosquita y el casabe ocasional, el piano bar, los coches superados ahora por las cativanas, la Plaza llamada parque, los personajes “costumbristas”…

Es la voz inconfundible del desparecido pero todavía presente Víctor Montero, profesor de tantos;  el sonido de un tren que atraviesa la ciudad; el crecimiento de edificios hasta los rincones habitados antaño por el marabú, el pregón de los productos impensados, los carnavales gloriosos y “amanecidos” que un buen día retornarán.

Es un poema de Lucía Muñoz hablando de un ovillo, la banda de conciertos un domingo de paz, un chapuzón distinto aunque le cambiemos el nombre, las bicicletas hechas mar cada día por la mañana.

Es la nacionalidad verdadera, un altar, el mestizaje en varias expresiones, un coro que se ufana de su profesión;  la catedral con sus tañidos, la cuna de juglares, es el símbolo que se lleva en la garganta, la mujer más bella con sus vaivenes, es la gente deseosa del abrazo, la gente hecha orgullo sano, humildad, palabra campesina y amor.

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