Retrato en palabras de un querido amigo

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Por Yelandi Milanés Guardia | 25 noviembre, 2021 |
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FOTO/ Autor desconocido

Hablar sobre Fidel es una tarea compleja y fascinante, porque pocos seres humanos han logrado como él, reunir en su personalidad tantas virtudes deslumbrantes

Solo los que han tenido el privilegio de disfrutar de su amistad, pueden definirlo en su justa medida. Entre sus más cercanos e íntimos resalta el escritor colombiano Gabriel García Márquez, quien describió magistralmente en un escrito titulado El Fidel Castro que yo conozco”, al líder que marcó para siempre el corazón de Cuba. Algunos fragmentos de este texto inigualable, los reproducimos como un hermoso retrato construido con el verbo elocuente del Gabo.

“Va a buscar los problemas donde estén. Los ímpetus de la inspiración son propios de su estilo (…) Dejó de fumar para tener la autoridad moral para combatir el tabaquismo. Le gusta preparar las recetas de cocina con una especie de fervor científico. Paciencia invencible. Disciplina férrea. La fuerza de la imaginación lo arrastra a los imprevistos.

“Fatigado de conversar, descansa conversando. Escribe bien y le gusta hacerlo. El mayor estímulo de su vida es la emoción al riesgo. La tribuna de improvisador parece ser su medio ecológico perfecto. Empieza siempre con voz casi inaudible, con un rumbo incierto, pero aprovecha cualquier destello para ir ganando terreno, palmo a palmo, hasta que da una especie de gran zarpazo y se apodera de la audiencia.

“La esencia de su propio pensamiento podría estar en la certidumbre de que hacer trabajo de masas es fundamentalmente ocuparse de los individuos. Esto podría explicar su confianza absoluta en el contacto directo. Tiene un idioma para cada ocasión y un modo distinto de persuasión según los distintos interlocutores. Sabe situarse en el nivel de cada uno y dispone de una información vasta y variada que le permite moverse con facilidad en cualquier medio”.

El premio nobel de literatura en su esbozo con palabras refiere que nadie puede ser más obsesivo que él cuando se ha propuesto llegar a fondo a cualquier cosa. No hay un proyecto colosal o milimétrico, en el que no se empeñe con una pasión encarnizada (…) Su más rara virtud de político es esa facultad de vislumbrar la evolución de un hecho hasta sus consecuencias remotas… pero esa facultad no la ejerce por iluminación, sino como resultado de un raciocinio arduo y tenaz.

“Su auxiliar supremo es la memoria y la usa hasta el abuso para sustentar discursos o charlas privadas con raciocinios abrumadores y operaciones aritméticas de una rapidez increíble”.

El amigo colombiano destaca que en su caso las respuestas tienen que ser exactas, pues es capaz de descubrir la mínima contradicción de una frase casual. Otra fuente de vital información son los libros. Es un lector voraz. Nadie se explica cómo le alcanza el tiempo ni de qué método se sirve para leer tanto y con tanta rapidez.

“Tiene la costumbre de los interrogatorios rápidos. Preguntas sucesivas que él hace en ráfagas instantáneas hasta descubrir el por qué del por qué del por qué final (…) Su táctica maestra es preguntar sobre cosas que sabe, para confirmar sus datos. Y en algunos casos para medir el calibre de su interlocutor, y tratarlo en consecuencia”.

A quienes le escamoteaban la verdad García Márquez cuenta que les decía: “Me ocultan verdades por no inquietarme, pero cuando por fin las descubra me moriré por la impresión de enfrentarme a tantas verdades que han dejado de decirme.

“Cuando habla con la gente de la calle, la conversación recobra la expresividad y la franqueza cruda de los afectos reales. Lo llaman: Fidel. Lo rodean sin riesgos, lo tutean, le discuten, lo contradicen, le reclaman, con un canal de trasmisión inmediata por donde circula la verdad a borbotones.

“Es entonces que se descubre al ser humano insólito, que el resplandor de su propia imagen no deja ver. Este es el Fidel Castro que creo conocer: Un hombre de costumbres austeras e ilusiones insaciables, con una educación formal a la antigua, de palabras cautelosas y modales tenues e incapaz de concebir ninguna idea que no sea descomunal.

“Lo he oído en sus escasas horas de añoranza a la vida, evocar las cosas que hubiera podido hacer de otro modo para ganarle más tiempo a la vida”.

En su descripción el autor de Cien años de Soledad atestigua que una cosa se sabe con seguridad: “Esté donde esté, como esté y con quien esté, Fidel Castro está allí para ganar”.

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