Reynaldo González, un personaje de la realidad

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Por Yasel Toledo Garnache | 7 diciembre, 2015 |
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Reynaldo González
Foto/ Rafael Martínez Arias.

Este hombre bajito, algo relleno y con poco pelo en la cabeza, podría pasar por su lado desapercibido, cual personaje aparentemente común, pero decisivo en la trama, portador del dato escondido o especie de símbolo en toda la narración, una de alta calidad literaria. 

Desde que conocí su presencia en Bayamo, le seguí la pista en busca del diálogo. Además de su prestigio como escritor, tiene fama de locuaz, valiente y polémico en sus enunciados.

Obtuvo el Premio Nacional de Literatura (2003), por la obra de la vida, y eso podría bastar, pero Reynaldo González es mucho más. Su propia vida es una especie de larga novela, con risas, lágrimas, prohibiciones y renacimientos.

El pequeño, nacido en un bohío de tablas, en Ciego de Ávila, el huérfano de padre desde lo dos meses antes de nacer y de madre a los 18 años de edad, el limpiador de pisos, el vendedor de aguacates… creció refugiado en historias de otros, tatuadas en papeles, y escaló hasta uno de los escalones más altos en la literatura nacional.

Entre sus resultados, se incluyen el Premio de Cuento Juan Rulfo, los de la Crítica Literaria en la categoría de Ensayo, en 1983, 1988 y 1989, y en novela (2001), por Al cielo sometidos, que también ganó el Italo Calvino (2000) y el de la Academia Cubana de la lengua (2005).

Algunos de sus títulos son Siempre la muerte su paso breve (Novela), La mujer impenetrable (Cuento), Contradanzas y latigazos (Ensayo), Lezama Lima, El ingenuo culpable (Ensayo) y Llorar es un placer (Ensayo). Es Miembro de Número la Academia Cubana de la Lengua

En el patio del Museo Casa Natal de Carlos Manuel de Céspedes, accedió con amabilidad. Su forma de hablar pausada simulaba una obra narrativa contada en primera persona. Allí estaba el niño, la vivienda natal, la madre amorosa…

“Mi infancia fue traumática, en una casa con tablas mal colocadas, y un sentido de provisionalidad que odiaba, como también al único padrastro, y en eso fui injusto.

“Por suerte, estaba mi madre, quien casi no leía ni escribía, pero comprendió que, en los libros, estaba mi posibilidad. Crecí jugando con palabras. Juntos, hicimos una gran colección. Yo anotaba las de significado desconocido para mí, y, en la noche, las buscábamos en el diccionario. Hice casi de todo para sobrevivir, pero nunca dejé de ir a la escuela.

“En algún momento tuve confusión con la pintura. Llegué a exponer, pero comprendí que no descubriría el Impresionismo, y me encasillé en la literatura, en parte, porque tenía muchas posibilidades de lectura, gracias a un primo que recibía buenos libros y me los prestaba”.

Uno de sus momentos más difíciles fue la muerte de su principal guía y sostén: “Fue el 26 de julio de 1958, durante un registro de la guardia rural. Imagínate…, ella solo tenía 42 años, aunque estaba malita”, dice y hace un leve silencio. Fue como un bombazo, del cual quizás no nos recuperamos todavía”.

Cinco meses después, en enero de 1959, llegó la esperanza, vestida de verde y con bigotes: “la realidad del país cambió”. Participó en la fundación de la Asociación de Jóvenes Rebeldes, escribió para el periódico Adelante, de Camagüey, se desempeñó al frente de la revista Polvo y Cultura, donde trabajaban gigantes de las letras cubanas como Onelio Jorge Cardoso y Félix Pita Rodríguez.

“Pensé que sería más difícil estar detrás del buró, pero ellos me adoptaron. Tuve mucha suerte”.

Esa última palabra la repite con frecuencia. Dice que el azar suele ser culpable también de lo bueno: “En ocasiones, ha sido mi amigo. Reconozco que tengo cierta capacidad de encantamiento primero, aunque después se dan cuenta de que soy un cabrón.”.

“Llegué al periódico Revolución –el más importante del país en aquel momento- gracias a que tomaba en un bar, donde estaban dos viejos. Les llamé la atención, porque permanecía solo y leyendo, nadie me saludaba.

“Me preguntaron quién era, y respondí que dirigía la revista antes mencionada. ‘Ni me digas’, expresaron y comenzaon a burlarse, pero siguieron de curiosos. Eran Enrique de la Osa, director de Revolución, y Fernando Campos Mora, otro largo periodista. Tres días después, ya estaba al frente de la página tres de esa publicación”.

Recuerda que solía mencionar refranes y otras expresiones poco habituales. Cuando llegó a La Habana, cambió en ese sentido, “para no resultar simpático ni curioso. Quería pasar inadvertido”.

El diálogo fluía con naturalidad. Solo era necesario mencionar algunas palabras y sus ideas salían con el orden hermoso de la coherencia. González también lleva el periodismo en la sangre:

“Sus retos se relacionan con los de la sociedad. Hemos vivido cincuenta años con una alineación que esfuerza demasiado el impulso personal.

“Ahora, en medio de tantas dificultades, en un período un poco gelatinoso, tiene que ser muy real y abandonar la reiteración triunfalista, que puede conducir a la autocomplacencia e inacción.

“Debe ser más activo, analizar fenómenos de la realidad, por qué, en ciertos aspectos, tenemos más muñones que manos. A mi edad, quizá no lo puedo hacer y no por falta de deseo, a mí las dificultades no me atemorizan. Pienso en los jóvenes y tengo envidia. Deseo verlos expectantes y, sobre todo, participando.”.
Aprovecho expresiones y gestos suyos, para hilvanar campos. ¿Qué pasa con quiénes comienzan en la literatura? ¿Cuáles son sus realidades, áreas de participación y posibilidades de avanzar?

“Hay algo muy serio y malo: Se leen mucho entre ustedes mismos, y eso dificulta que aparezcan elementos nuevos, cambiantes, detonadores de pensamientos. Eso propicia un andar sin andar, sin avanzar, caminar en el mismo sitio.

“Un círculo vicioso solo produce la misma manera, las mismas ideas y prácticas, las reproduce. Hacen falta elementos de preocupación. Es preciso leer como escritor: no solo lo contado, sino cómo. Por ejemplo, Borges tiene una frase antológica: “Aquel hombre tenía la espalda historiada de cicatrices”. Con eso te dijo que era un matón y, en ese ‘oficio’, también fue golpeado. La capacidad de sugerencia es maravillosa.

“Se debe negar todo aquel dedo que señale la literatura buena es esta, el gran escritor este. Es preciso leer bastante y de todo, sin conducción, gastar el tiempo en eso, para tener una visión de conjunto y riqueza en el lenguaje, para moverte con ligereza y frescura entre las palabras, ser su amigo y no víctima de la improvisación.

“Cuando te dicen ‘escoge a un maestro y síguelo’, te conducen a un error. Lo he discutido con muchos que intentan enseñar literatura”.

– ¿Entre ellos se incluye Eduardo Heras León? – Impulsor del Centro Nacional de Formación Literaria y especie de profe y amigo de sus alumnos.

– Heras es un maestro, pero en los temas que ha tratado. No sé si en ese mecanismo de producción, duramente no de escritura sino de producción, entra la novedad, lo inesperado, lo absurdo, la imaginación.

“León es un hombre de una honestidad a prueba de balas y una bondad de persona, pero es hiperrealista o más que eso. Entonces, ¿qué pasa si a mí me gusta escribir de fantasmas o una literatura evasiva?, que también es necesaria, porque constituye como un respiro en el pensamiento diario. Puede ser que esté encasillando algunas cuestiones del conocimiento. Hay que aprender de Eduardo y, luego, olvidarlo. Es un hombre y un creador muy respetable”.

Sentados bajo la sombra en aquel lugar de tanta historia y por la fluidez del diálogo, el tiempo real se mezclaba con el de la ficción, y me hacían señas, para que apresurara el final, algo que en literatura es nefasto, por eso fingí despiste y mi entrevistado no protestó

– Usted y Heras tienen puntos en común, aunque no en el estilo literario.

“Es verdad, los dos sufrimos y resistimos el Quinquenio Gris. Me prohibieron publicar durante diez años. Recuerdo aquel período de una manera amarga y triste, injusta, pero no tanto como para hacerme desertar de mis principios y la Revolución.

“Los de mi generación han pasado momentos muy difíciles en la vida personal. Quienes permanecemos debemos ser atendidos”.

-En el 2003, llega la noticia del Premio Nacional, una especie de recompensa, que incluye, además, la publicación de toda la obra…:

-“Estaba entre los postulados, y eso andaba en el ambiente hasta que ya: explotó la bomba de que era para mí. ¿Haz leído el discurso de aceptación?

-Por supuesto, uno muy emotivo. Menciona a su madre y a los inicios, a la infancia, al camino hasta ese momento, su título me parecería bueno para esta entrevista, envuelve su historia y la meta de muchos: Hay que hacerse gente.

Sonríe y mueve la cabeza en señal de aprobación, sin embargo añade: ¨pero serías repetitivo”. Y, por supuesto, tenía razón. Luego, continúo:

-Cada texto tiene su propia historia. ¿Por qué tantos cambios en Siempre la muerte su paso breve?

-“Tuve que cortarle muchas páginas para presentarla al concurso Casa de las Américas, en 1968. Le quité todo lo de un personaje gay. Eran otros tiempos, lo sacrifiqué a pesar de que, en la versión original, él es quien hace justicia.

“Con el tiempo Julio Cortázar me asesoró. En la segunda edición, incorporé algunas cuestiones, pero ahora fue que salió completa. Tenía guardado todo aquello en un sobre amarillo y lo incorporé, el gay triunfa y mata al policía”.

Nos estrechamos las manos, y agregó: “Me defino como un hombre sensible. Lo único que soy es escritor”.

-Esa última expresión también es buena para un título, señalo. Entre risas, me dice: “Escoge”.

Me invita a la presentación de la revista Siempreviva, el próximo día, y se va junto a otras personas. Apago la grabadora y camino en otra dirección.

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