Robert, el primer lector

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Por Diana Iglesias Aguilar | 8 marzo, 2018 |
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Ana Lidia, hija de Robert, y al lado derecho Lucía Muñoz/ FOTO Diana Iglesias

Robert fue el primer lector de las poesías de una espigada adolescente. Es la menor de una numerosa prole descendiente del patriota y músico Manuel Muñoz Cedeño, educada entre libros y valores. Un día el padre le dijo: recoge esos poemas que escribes que esta tarde vamos a casa de Robert.

Lucía Esther Muñoz Maceo, reconocida poetisa bayamesa, tuvo como primigenio receptor de su lírica a Roberto Arnaldo Paneque Soa, amigo íntimo de la familia y además periodista activo colaborador de la radio y la prensa plana local.

En unas hojas blancas transcribió a mano sus versos, y decidida entró en la barbería ubicada en la calle Juan Clemente Zenea del barrio El Cristo. El señor alto de ojos verdosos y rasgados y frente ancha, la miró con ternura y le aseguró no ser ducho en poesía, pero si había descubierto en la muchacha un don.

Aconsejó leer, estudiar y seguir escribiendo. Le prestó un ejemplar de la revista Orto, del grupo literario homólogo de  Manzanillo, una edición del año 1920 donde aparecen los poemas de Liana de Lux, la poetisa bayamesa María Luisa Milanés que trasgredió con su encendida prosa y versos a su tiempo.

De este hombre que encendía pasiones por la literatura, como la propulsó en Lucía, se habló este martes en Bayamo, justo en las actividades por la Jornada de la Prensa en Granma.  En la Casa de la Unión de Periodistas de Cuba (UPEC) compartieron amigos, compañeros de lucha, vecinos y familiares de Robert.

Como un gran lector lo reconocieron sus vecinos. Barbero de profesión a salón lleno casi todo el día, era muy difícil para él dedicar las horas que hubiese querido a la lectura. Entonces robaba tiempo al sueño y a las cinco de la mañana se sentaba en el sillón de barbero a leer los diarios de la jornada.

Esta costumbre casi le cuesta la vida. Un connotado esbirro Albérico Torres, vigilaba constantemente a Robert por su actividad revolucionaria y planificó un atentado a la hora  en que el líder del movimiento 26 de julio, tesorero fundador, tomaba en sus manos la prensa. Quizo el destino, la suerte o Dios que el pequeño Robertico, hijo de Robert estaba con fiebre ese día, y las balas solo causaron algunos destrozos.

Su vecina Vivina pudo dar fe de la pasión de Robert por los libros. Ya ella no está entre nosotros pero la hija Isabel Labrada Villavicencio, profesora, historiadora y biógrafa de Robert guarda con ternura y celo los libros que él le regalara a su madre. Asimismo intercambiaban periódicos y revistas.

Robert fue de formación autodidacta, su origen humilde y pobre no le permitió llegar más que al octavo grado en época donde las escuelas públicas carecían de maestros, libros, pupitres y hasta alumnos. A fuerza de sudor se hizo aprendiz de barbero y devoraba cuanta letra caía en sus manos.

Esa misma devoción por aprender la encontró en Vivina, una campesina que fue a vivir al lado de su casa en 1953  y que con el tiempo se harían familia por el afecto cotidiano.  El deseo de superarse y cultivarse irradió también a Isabel, a quién llamaban Nenita, destacada pedagoga y defensora de la historia local, de hechos y personajes que conoció de la mano de Robert.

En el archivo de Robert, que custodia su hija Ana Lidia Paneque Fonseca, se juntan cientos de libros y más de tres mil bohemias. También se recordaron en la jornada los periódicos locales Atalaya bayamesa y El gallo bayamés donde Robert dejó su impronta de sagaz reportero y crítico de la sociedad.

 

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