Rosa Castellanos, La Bayamesa que asombró en la manigua

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Por Osviel Castro Medel | 23 septiembre, 2021 |
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De las patriotas extraordinarias de Cuba no puede faltar, en el recuento, Rosa Castellanos Castellanos, la capitana insurrecta que asombró a toda la manigua levantada contra el poder colonial español.

Ella, que pasó a la posteridad con el epíteto de Rosa La Bayamesa, merece un lugar especial por haber sido la enfermera de numerosos integrantes del Ejército Libertador y por empuñar su fusil sin complejos en aras de la independencia nacional.

Máximo Gómez Báez, hombre recto y sincero, quiso conocerla por toda la fama acumulada gracias a su gallardía. Y se fue hasta el hospital de San Diego del Chorrillo, en territorio del actual Camagüey, para verla.

“Yo he venido con mis ayudantes expresamente para conocerte; de nombre ya no hay quien no te conozca por tus nobles acciones y los servicios que le prestas a la patria”, le dijo El Generalísimo.

A lo que ella contestó humildemente: “No general, yo hago bien poca cosa por la patria. ¿Cómo no voy a cuidar de mis hermanos que pelean?, ¡pobrecitos! Ahí vienen luego que da grima verlos, con cada herida y con cada llaga, ¡y con más hambre General!; yo cumplo con mi deber  y de aquí no me saca nadie porque yo aquí no tengo a ningún majá; ¡el que se cura se va a su batalla y andandito”.

En esta anécdota, varias veces contada, se resumen algunas de las cualidades de esa mujer, nacida en un barracón de esclavos en El Dátil, precisamente la localidad bayamesa donde se asentó por un buen tiempo el dominicano ilustre.

Hija de Matías Castellanos y Francisca Antonia Castellanos, vio la luz en 1834 y dejó de ser esclava gracias al estallido de la guerra independentista de 1868.

En las montañas de la Sierra Maestra curó heridos, confeccionó ropa para los combatientes y sirvió de enlace entre los mambises. Sus amplios conocimientos sobre las plantas medicinales ayudaron a salvar a muchos de la muerte.

A inicios de la batalla contra la metrópoli española se unió con otro antiguo esclavo, José Florentino Varona, con quien compartió la lucha durante toda la Guerra Grande (1868-1878).

Tuvo que trasladarse a las montañas de Najasa, en el sureste de Camagüey, a raíz de la feroz ofensiva desplegada por los soldados españoles en el Oriente cubano.

En aquellas tierras no solo curó heridos, hizo gala de su puntería para defender a los independentistas bajo su custodia. Es por eso que Gómez se trasladó al hospital a concerla.

Se enroló en la contienda de 1895 con ¡61 años! Y con esa edad siguió asombrando a los suyos. Por eso no resultó casual que en noviembre de 1896 el presidente de la República en Armas, Salvador Cisneros Betancourt, le confiriera, a propuesta de Gómez, el grado de Capitana del Ejército Libertador.

La argumentación de tal reconocimiento exponía: “Esta mujer abnegada prestó excelentes servicios a la Guerra de los Diez Años y en la revolución actual, desde sus comienzos ha permanecido al frente de un hospital en el cual cumple sus deberes de cubana con ejemplar patriotismo. La Patria agradecida le da este reconocimiento por su lucha, por salvar vidas en una lucha donde se pierden tantas”.

En esta última contienda quedó a cargo de un nuevo hospital de sangre, remendó y zurció ropas, veló por la seguridad de los heridos, se convirtió en la enfermera excepcional de los cubanos

Después de la instauración de la llamada “República” permaneció viviendo en Camagüey, en una total pobreza hasta que falleció por un padecimiento cardíaco, el 25 de septiembre de 1907, a los 73 años.

Su muerte produjo consternación en Cuba y fue velada por más de 30 horas con honores militares.  Pero antes de aquel último suspiro ya había entrado a las páginas gloriosas de Bayamo, Camagüey y del resto de  la nación.

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