Siempre Lucía

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Por Vivian Armesto Hechavarria | 1 noviembre, 2018 |
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Eslinda Núñez y Adela Legrá, las Lucías de Humberto Solás/ FOTO Luis Carlos Palacios

Cuba es la isla del Habano, de la Cecilia Valdés de Cirilo Villaverde, la Nubia de Martí, la Guantanamera de Joseíto Fernández. Pero también es la Cuba de Humberto Solás, contada desde las historias de vida de su gente.

Con solo 26 años, este cineasta develó parte de las memorias como Nación, en forma de tríptico, a partir de las vivencias de tres mujeres llamadas como la Santa guardiana de la visión: Lucía.

No por casualidad este largometraje de ficción (Lucía), producido por el Icaic en 1968, se ha convertido en una de las diez películas más importantes de la historia del cine iberoamericano.

La dirección atinada de Solás, la colaboración como guionista de Julio García, el minucioso trabajo de edición de Nelson Rodríguez y la musicalización a cargo de Leo Brouwer se conjugaron para entregar al espectador una obra que supo revelar la esencia del cubano en su tiempo.

Las tres Lucías

Las tres Lucías se desdoblaron en una porción de la Cuba que les correspondió interpretar. En el primer cuento, Raquel Revuelta refleja el drama de la Guerra de Independencia, en 1895: familias separadas por la gesta, concepciones de soberanía, la traición a la Patria.

La segunda historia transcurre en 1932, durante la tiranía machadista. Eslinda Núñez, cuenta a La Demajagua que su personaje era “una muchacha de 16 años de la pequeña burguesía que a través del amor descubre un mundo desconocido hasta ese momento”.

Lucía 1932, narra al público su transformación hasta convertirse en una obrera tabacalera, embarazada de un revolucionario asesinado en una revuelta.

“Es un personaje que requirió de mí mucha entereza. Humberto me exigía más, mucho más. Decía que en mí había un extra que tenía que sacar”, agregó Núñez mientras conversábamos en un pequeño salón del cine Céspedes, en la capital provincial.

Eslinda, con poca experiencia en la gran pantalla, pudo dominar la transición de su personaje, ese germinar de la conciencia política, moldeado por el amor a Aldo.

Si bien las dos primeras historias tienen una fuerte carga dramática –propio del contexto-, la tercera relata los primeros años de la Revolución, época de significativas transformaciones sociales.

Adela Legrá (Lucía, década 1960), da vida a una campesina analfabeta y amante del trabajo en la granja, casada con Tomás, quien es extremadamente machista.

“El problema mío es que yo no era actriz, le robaba los quilos a los santos para ir al cine pero no tenía la menor idea de eso. Cuando Humberto me descubre para hacer el mediometraje Manuela, descubre también lo que a mí en realidad me gustaba, pero me doy cuenta de eso en Lucía”, comenta Legrá.

Eslinda, que escucha a su amiga, la interrumpe: “Él lo descubrió en ella [la vocación actoral], pero ella tenía el talento y la pasión que Humberto quería”.

Solás: Cuba a través de las mujeres

“Humberto era un artista en su plena forma, todos esos sueños que tenía en la cabeza trataba de transformarlos en la pantalla”, recuerda Eslinda.

Adela coincide que era un excelente director, “si él no lograba con el actor lo que necesitaba, no lo lograba otro”.

“Solás te decía: mañana toca tal secuencia, pero cuando llegaba el día, olvídate de eso que ya no va”, continúa Legrá mientras sonríe.

Eslinda reconoce que los ayudó mucho como actores. “Trabajar con Humberto, Adela lo sabe, es darle importancia a cada escena y era un momento de tensión, temor y disfrute. A veces, las escenas más simples se vuelven complejas”.

Adela evoca a la joven rebelde que era durante el rodaje de Lucía: “Lo más triste del caso es que yo era difícil, burra. Solás era tres años menor; ¿cómo va a venir un niño a gobernarme a mí, a mandarme?”.

Legrá, a sus 79 años, transforma su mirada respecto al cineasta: “Lo que Humberto quería, lo lograba, es lo que me ayudó a quererlo, admirarlo y respetarlo”.

“Yo siempre he dicho y diré que soy quien soy porque existió un Humberto Solás con aquella paciencia… -suspira-. La prueba está en la mirada de la película, era para el actor, pero iba dirigida a Humberto”.

Historias tras Lucía

Uno de los fotogramas más representativos de Lucía, quizás el más icónico, es el de Adela con el sombrero de yarey. Su magnificencia radica en la mirada irascible de Lucía a Tomás (Adolfo Llauradó); pero la historia, de acuerdo a su protagonista, es otra.

“El día anterior a la secuencia en la salina el pobre Adolfo viene como a las tres de la mañana tocando la puerta para que lo dejáramos pasar a dormir -el único ventilador lo tenían las mujeres-, pero no lo dejé. Esa noche nadie durmió”.

“Al otro día, Humberto me pide que corra para que luzca fatigada y yo lo único que quería era tirarme a dormir. Me quité las botas de agua que traía y empecé a correr hasta desmayarme con los pies para lo seco y la cabeza para el agua”.

“Cuando siempre se armaba todo aquello filmando, Humberto me pedía disculpas, pero aquel día él me daba vueltas hasta que notara en mi semblante que estaba relajada. Quería comérmelo vivo, de ahí la mirada en la película”, concluye Adela, considerada el rostro rebelde del cine cubano.

Por otra parte, Eslinda reconoce que lo más difícil de la película era trabajar con un director como Solás, pero era lo que todos querían porque confiaban en él plenamente.

La segunda Lucía todavía recuerda los versos de Martí, declamados por ella y Aldo en la azotea: “A Humberto no le gustaba como escribió la escena, se fue a fumar y regresó pidiéndonos que declamáramos Cuanto, señora, daría. Al final, le doy un besito a Aldo en el hombro, y eso tan simple, dio la pureza de alma que él quería”.

A 50 años del estreno de la película, Eslinda Núñez y Adela Legrá llegan hasta la Ciudad Monumento para presentar la copia remasterizada de la cinta.

Adela, emocionada por recordar tantos momentos como la campesina rebelde, confiesa: “No he logrado verla restaurada y no sé si me atrevería”.

Lucía es referente obligado en la cinematografía iberoamericana, bastan los 160 minutos del filme para comprenderlo. Todavía en Cuba hay Lucías con otros nombres, mujeres que continúan narrando la historia de la Nación.

 

 

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