Sin miedo a los retos

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Por Diana Iglesias Aguilar | 16 noviembre, 2018 |
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FOTO Diana Iglesias Aguilar

El 2009 fue un año que marcó la vida de Madelaine Liranzo y Michel Heredia, un matrimonio de origen campesino con experiencia en la crianza doméstica de cerdos, pues decidieron dar un giro de 180 grados a sus vidas.

Con resultados alentadores en la comercialización de los cerdos,  en la modalidad de contrato de ceba con la Empresa Porcina, se decidieron a criar de manera intensiva y obtuvieron tierras en usufructo.

Hoy son ejemplo de innovación tecnológica, por el desarrollo económico, social y familiar logrado, con la implementación de la ciencia y la técnica en función no solo de la crianza porcina, sino además de la producción de cultivos varios, frutales, hortalizas y más recientemente café y árboles maderables.

Un entorno completamente distinto al encontrado por Madelaine y Michel se vive en la finca El Progreso, un nombre muy bien puesto, pues por todos lados  la disciplina sostenida da a luz nuevos avances.

El marabú reinaba en las 20.26 hectáreas, ahora parceladas para áreas señalizadas de cría, además de cerdos, aves, ovinos, vacuno solo para uso doméstico y caballar.  En las de siembra destacan las dedicadas a los granos, las viandas, principal sostén para la alimentación animal, los cítricos, guayaba, aguacate, mangos, plátano  y de las rastreras calabaza, melón, y oleaginosas como el maní.

Sacrificio que da frutos, trabajo constante sin descanso, ni los domingos, dice Madelaine  cuando se le pregunta por los momentos vividos. También Michel cuenta con orgullo de los primeros años, cuando nada era como ahora, donde se ven los potreros bien cercados y delimitados, todo limpio de malas hierbas y marabú.

Han sido merecedores de numerosos reconocimientos, de referencia municipal y provincial, y ostentan la condición de doble Excelencia Nacional,  pero para ellos lo más importante es que han dado empleo a los habitantes de la comunidad de Santa Rita, poblado del municipio Jiguaní donde está ubicada la finca, que devengan salarios decorosos y reciben estimulación, además de tener derecho a vacaciones y estipendio por certificados médicos, alimentación, entre otros beneficios.

La producción se ha diversificado tanto que apenas es necesario comprar tres productos básicos: arroz, sal y azúcar. Al respecto escuché decir a un visitante asiduo a la finca, conocedor de la capacidad de trabajo y de lo emprendedores que son los dueños, que si tuvieran más  agua sembraban arroz, si pudieran tener un pequeño central producirían azúcar y si hubiese otro método de obtener sal que no fuera cerca del mar, lo pondrían en práctica.

A medida que mejoran los resultados financieros se incrementan las posibilidades productivas. Madelaine aspira a llegar a criar mil cerdos en cada convenio, duplicando la capacidad actual.

Acerca del secreto de la cría, Michel refiere que les ha ido bien con la fabricación de yogurt de yuca, para el que emplean el clon Y-4, el que produce ejemplares grandes, gruesos y jugosos que ayuda al proceso de fermentación, además de ser beneficioso para la masticación de los animales que solo reciben el yogurt el primer mes.

Los convenios tienen un tiempo límite de seis meses, pero ya a los cuatro y medio comienzan a entregar carne a la empresa porcina, que les vende una parte del alimento para los animales.

En cuanto al manejo de los residuales, esta crianza catalogada como altamente contaminante, construyeron un biodigestor que se quedará pequeño cuando se multiplique la producción porcina, por lo que ya acopian recursos para la construcción de otro de mayor capacidad.

Catalogada la finca como sistema de producción agropecuario integrado, el manejo de los residuos de cosecha y otros animales se aprovecha ciento por ciento para abonar o alimentar, nada se pierde en la cadena productiva.

Si bien hoy la familia Heredia Liranzo tiene una vida mucho más holgada que sus semejantes en los alrededores y que ellos mismos hace más de diez años, no es producto de la magia ni de la suerte, sino de mucho empeño y sacrificio, de no tener miedos a los retos que en la vida se van trazando siempre crecientes.

Uno de ellos resulta la actual pasión de Michel, dos hectáreas sembradas de café robusta, nada más y nada menos que contrariando los libros y las experiencias que hablan de este cultivo como idóneo para zonas montañosas. Pues las miles de plantas de café que tanto quiere Michel ya empiezan a regalar sus frutos, que aromatizarán cada mañana de la casa, construida también con recursos locales y sus propios esfuerzos.

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