Un sistema que nos enseñó a prevenir

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Por Yelandi Milanés Guardia | 11 julio, 2020 |
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Los desastres, a nivel mundial, son responsables cada año de la muerte de cientos de miles de personas, al tiempo que producen daños a las economías nacionales por miles de millones de dólares.

En nuestro país, los más frecuentes son los de origen natural (huracanes, inundaciones, sequías, incendios y tornados) y en menor cuantía, los tecnológicos (contaminación por escapes en industrias o derrame de químicos) y los sanitarios (epidemias, enfermedades de plantas, animales y plagas cuarentenarias).

Por tal motivo, el 11 de julio de 1966 se crea en Cuba el Consejo Nacional de la Defensa Civil, cuyo principal objetivo era coordinar la concurrencia de los organismos del Estado, políticos y de masas, para ejecutar las tareas de la defensa civil en caso de guerra o catástrofes.

Con la fundación de esta institución, la Mayor de las Antillas daba pasos sólidos para establecer una estructura que tuviera influencia en todos los niveles, de modo, que el país estuviera preparado para dar respuesta eficaz y efectiva a cualquier contingencia.

Gracias a la prioridad brindada a la defensa civil y a la experiencia acumulada ante adversidades, los cubanos contamos con un sistema que se ha ido perfeccionando en la protección de la población.

Pero no solo eso es meritorio, pues los hijos de este archipiélago también podemos enorgullecernos de nuestra cultura sobre qué hacer y cómo actuar ante cualquier fenómeno, una capacidad desarrollada por nuestro Estado, el cual sin despojarse de responsabilidades, nos ha hecho partícipes, también, de la preservación de vidas y recursos.

Es imposible hablar de los resultados de Cuba en este aspecto, sin mencionar la contribución y solidaridad entre los nativos para reducir el impacto de desastres, pues todos unidos nos volcamos a adoptar medidas para minimizar los daños, y hasta damos cobijo en nuestras casas a quienes están en desventaja para enfrentar una contingencia natural.

El sistema de defensa civil es capaz de detectar los peligros, las vulnerabilidades y riesgos en asentamientos urbanos y rurales; prever, divulgar las informaciones y hacer cumplir las disposiciones gubernamentales antes, durante y después de la ocurrencia de eventos de cualquier naturaleza, para reducir los riegos y pérdidas.

No obstante, conocemos el compromiso individual en cuanto a la protección de los recursos personales y del Estado, aspecto esencial y que constituye uno de nuestros mayores aciertos.

En este tiempo, no solo se ha informado y educado al pueblo, sino que se ha trabajado para lograr una mayor capacidad al enfrentar una situación de desastres y reponernos rápidamente.

Otro asunto importante son los ciclos de reducción de desastres, los cuales están compuestos por cuatro etapas: prevención, preparativos, respuesta y recuperación.

Una máxima esencial aprendida con el decursar de los años, es que lo construido o planificado no puede ser un riesgo futuro, sino un modificador del mismo. A la cual podemos sumar el sapientísimo consejo martiano que muy bien se aviene al tema: “En prever está todo el arte de salvar”.

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