El sol que encendió una nación

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Por Osviel Castro Medel | 12 enero, 2019 |
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Ya era suficientemente hermoso haber saltado de la almohada del lamento al monte anchísimo donde empezó a tejerse, entre sangre y abrojos, la nación.

Ya era notable haber tenido el valor de retar con espadas agrícolas y con el arrebato independentista los hierros impuestos por la metrópoli, más allá de su poder o sus símbolos.

Si  tales actos no bastaran, sobrevino la decisión de aquel enero de 1869, que convirtió una ciudad-país en un Sol, cuyos rayos espirituales nos queman todavía.

Es cierto que la combustión gloriosa devoró la papelería toda, los templos, las joyas, las mansiones, hasta las cocheras o las muñecas de las niñas… y que 50 años después Bayamo todavía se resentía en su anatomía las llamaradas del fuego colectivo.

Verdad, también, que en medio de la resolución tajante y patriótica, la tristeza se adueñó de la única ciudad cubana capaz de vivir 83 días con un Gobierno Revolucionario luego del canto, a garganta hirviendo, del Himno vitoreado y aclamado.

Sin embargo,  no debería mirarse con nostalgia el acto que levantó el humo gigantesco sobre las calles nuestras.  Ahora mismo tendríamos que inclinar la frente ante las mujeres que cargaron sus niños con lágrimas largas en el rostro e incendiaron sus pertenencias; ante los ancianos que olvidaron la gravedad de sus años; ante Perucho prendiéndole candela a su piano y a sus lujos; ante cada uno de los que se marcharon con muy poco a cuestas a vivir bajo los árboles, sin otra luz que la independencia.

Ahora mismo deberíamos entender que  la determinación ardiente de los bayameses que supieron sobrepasar ese gentilicio fue inmensamente superior a la flama colosal de una jornada.

Por ellos y el fuego de patriotismo que iniciaron habrá que levantar  en todo tiempo otras antorchas.

 

 

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